Diari Més

Música

La Gioconda, a remolque del reparto

El Gran Teatre del Liceu programa la ópera de Amilcare Ponchielli con un elenco notable que sostiene una partitura irregular y un libreto poco consistente

La Gioconda (E. Semenchuk), la Cieca (V. Urmana), Barnaba (À. Òdena) y Alvise (A. Köpeczi), con el Cor del Liceu.

La Gioconda (E. Semenchuk), la Cieca (V. Urmana), Barnaba (À. Òdena) y Alvise (A. Köpeczi), con el Cor del Liceu.David Ruano / Gran Teatre del Liceu

Joan Lizano Rué

Creado:

Actualizado:

La Gioconda, en cartel estos días en el Gran Teatre del Liceu —y vista el sábado en la función que nos ocupa— es una ópera que exige mucho más de lo que ofrece. El libreto de Arrigo Boito, basado en Victor Hugo, es retórico y poco consistente dramáticamente, y la partitura de Amilcare Ponchielli alterna momentos de efecto con largas fases sin tensión ni rumbo. Hay chispazos —algunos solos, pasajes corales, la popular Danza de las horas— pero el conjunto se estira durante tres dilatadas horas sin columna vertebral. Todo ello deja la sensación de una obra que únicamente es defendible si las voces sostienen el edificio.

La Gioconda (Ekaterina Semenchuk) estuvo a la altura del reto: delicadeza en el fraseo, potencia cuando era necesario y unos agudos muy notables. ¡Suicidio! fue su gran momento, sostenido con seguridad técnica y una emoción bien dosificada, dando espesor dramático a una escena que necesita convicción para funcionar. El Enzo Grimaldo (Martin Muehle) mostró buena proyección y dicción, pero con una emisión casi siempre en forte y una voz más bien fina, con poca gradación dinámica; Cielo e mar! resultó efectivo, aunque sin demasiado matiz. La Laura Adorno (Varduhi Abrahamyan) cumplió con solvencia y buena proyección, y el Alvise Badoero (Alexander Köpeczi) se impuso con una voz con cuerpo, amplia y bien utilizada. La Cieca (Violeta Urmana) ofreció buen fraseo y agudos seguros, pese a unos graves poco consistentes.

En este contexto, el barítono tarraconense Àngel Òdena destacó con claridad. Su Barnaba tuvo presencia, proyección y una dicción ejemplar. O monumento! sonó expansivo y sólido, con una línea de canto bien sostenida y una interpretación escénica intensa, sin caer en el exceso. Quizá algún agudo se tensó levemente, pero siempre con control y proyección intacta. Construyó un personaje creíble e incómodo, con la maldad justa y un compromiso evidente. No fue el único que brilló, pero sí uno de los pilares de la función.

Desde el foso, Daniel Oren dirigió con oficio, manteniendo la tensión y dando espacio a las voces. No hubo grandes lecturas ni revelaciones, pero sí una conducción segura. La orquesta del coliseo condal respondió con calidad —y cuando lució, lo hizo por mérito propio—, especialmente en una Danza de las horas muy bien resuelta, con un cuerpo de baile en plena forma. El Cor del Liceu y el Cor Infantil estuvieron solventes y compactos, contribuyendo a dar espesor y vida a los grandes momentos colectivos.

La producción de Romain Gilbert ofrece alguna imagen potente, sobre todo en los actos centrales, con el vistoso vestuario de Christian Lacroix. La escenografía funciona en determinados cuadros, pero en otros se sostiene por los pelos y no acaba de apoyar la acción con solidez. La dirección de actores es pobre y la definición de personajes, mínima, lo que acentúa la sensación de vacío dramático. Y mientras el sábado, en platea, parecía organizarse un discreto concurso de tos —con algún espectador entrando casi a tempo—, quedaba claro que la función se sostenía por la profesionalidad de cantantes, coro y orquesta más que por la obra en sí.

Si alguien quiere saber de qué es capaz esta partitura, que escuche la grabación de 1958 dirigida por Antonino Votto con Maria Callas y Fedora Barbieri (Orchestra Sinfonica di Torino della RAI y Coro Cetra): allí hay fuego de verdad; lo demás son intenciones.

tracking