Diari Més

«La muerte es necesaria, si supiéramos que somos eternos no evolucionaríamos»

Las autopsias y el contacto con los cadáveres es sólo la punta del iceberg de la tarea de forense, básica a la hora de informar a jueces y fiscales

Aina Estarellas es una profesional de la medicina forense que tiene tres décadas de experiencia en su profesión.

«La muerte es necesaria, si supiéramos que somos eternos no evolucionaríamos»Cristina Aguilar

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La gruesa puerta metálica de una de las salas del Instituto Anatómico Forense de Cataluña se abren provocando un ruido similar a las del metro. Una chica con bata verde empuja una camilla con ruedas que chirrían. Sobre esta, una enorme bolsa blanca. La forense y su ayudante abren el envoltorio y colocan el cuerpo sobre la mesa de autopsias metálica con una habilidad adquirida a lo largo de los años. Vale más maña que fuerza, pienso. Me han hecho poner una bata en aquel sótano de l'Hospitalet de Llobregat. La máscara sobre la cara no sirve para apaciguar el olor, pero tiene un curioso efecto placebo. Alguien me dice que me ponga Vips Vaporup en la nariz. Entro y miro a los ojos azules de aquel hombre, el muerto. Me quito la bata como si quemara y salgo disparado hacia casa. Debo sentir una cobarde empatía. Creo que no podría ser forense.

Por eso que explico, sólo conocer a la médico forense Aina Estarellas me mueve un sentimiento de admiración. Antes de conocerla era un reconocimiento a su labor. Ahora, que la conozco personalmente, se añade mi loa a su calidad personal.

—Cómo fueron sus inicios?

—Yo era una chica de 28 años de Mallorca que se enamoró de la medicina forense. Después de aprobar unas duras oposiciones, que incluían un examen oral ante un tribunal formado por «cinco magníficos» me trasladaron en Vitoria.

—llegó a hacer alguna autopsia de alguna víctima del terrorismo?

—No, no hice ninguna. Sin embargo, eran tiempos duros, los años 80, años de ETA, de policías sin uniformes, de coches camuflados y de apellidos impronunciables. Nadie me reconocía como una forense. Era una chica joven con ulleretes, y alguna vez la policía me había frenado cuando iba a la escena del crimen. Ahora, que ya pinto canas, ya tengo más apariencia de una doctora. Mi vida profesional ha pasado por Mataró, Arenales, Tarragona –dónde estuve 18 años–, Palma de Mallorca y finalmente Reus, donde me encuentro muy bien.

—La molesta que la gente conozca a los forenses exclusivamente como el médico de los muertos?

La gente nos identifica con las autopsias y cree que es la parte más dura de nuestro trabajo. Pero no es así, realmente es lo que menos hacemos. Para mí, la parte más complicada es ir a juicio. La sensación que tenía cuándo empezaba –ahora ya lo sé hacer, ríe– era de estar ante un examen. Aunque tienes un informe nunca sabes lo que te pueden preguntar. Recuerdo que, incluso, tartamudeaba los primeros juicios. Nosotros hacemos una labor más importante «con los vivos», especialmente las periciales psicológicas, pero también las valoraciones de lesiones o informar al juez cuando una persona se tiene que incapacitar por una demencia senil.

— Qué es la muerte para alguien que está cada día en contacto con ella?

—tuve que enfrentarme con la muerte al principio de trabajar con eso. Es un proceso que tuve que hacer: enfrentarme a ella, porque si cada semana haces cinco o seis autopsias son cinco o seis veces que ves la muerte. Llegué a una conclusión, al punto de darme cuenta de que, a la vida, sólo hay dos verdades: una que naces y el otro que te tienes que morir. Tenemos que tener claro que puedes morir mañana. Prefieres la vida. Sobre todo disfruto más. ¡Yo siempre vivo como si me tuviera que morir mañana, pero sin ansiedades, eh! Aprovechas más el tiempo. Soy una persona que nunca aplazo, por ejemplo si pienso que quiero cantar a una coral, no digo «ya lo haré el año que viene»... lo hago. No sé el año que viene dónde estaré.

— Diría que la muerte es un tabú a nuestra sociedad?

— Vivimos a una sociedad que niega la muerte, que vive de espalda a la muerte.

— Recuerda aquella frase de Punset?: «No está demostrado que tenga que morir».

— Yo a este señor le diría que deje de soñar porque es morirá de todas todas. Si no supiéramos que nos tenemos que morir, la vida no tendría ningún sentido, porque lo aplazaríamos todo tanto pensando en la eternidad que al final no haríamos nada, ni evolucionaríamos, ni aprenderíamos cosas. Creo que la muerte es necesaria.

— Tenemos en Reus alguna singularidad con respecto a otros sitios?

— me sorprendió los casos de atropellos con el tren que se producían. Cada sitio tiene sus singularidades, por ejemplo, en Vitoria era difícil encontrar ahogados, pero en Mallorca estaba habitual y en cambio en la isla no hay trenes (excepto los pequeños, turísticos). Aquí no se registran muchos ahogados, a pesar de estar en una zona costera. Lo que sí que tiene estar en Reus es que trabajamos vinculados con las periciales psiquiátricas del Instituto Pere Mata.

—Cómo se puede abstraer cuando llega a casa de tanta tragedia?

—Se me olvidan las autopsias, se me olvida la cara de los muertos. Incluso he reconocido a un hombre y al cabo de pocos días ha muerto y al hacer la autopsia no lo he reconocido. Ya me va bien que sea así. Sólo recuerdo que me costaba mucho hacer autopsias de niños de la misma edad de los míos cuando eran pequeños. Eso sí que es muy duro. Ya el día antes temía ir y si hubiera podido decirle a otro que lo hiciera le habría dicho. Era un niño de tres años ahogado y yo tenía un hijo de tres años.

—Qué le da miedo de este mundo?

—Es muy curioso. Yo veo las consecuencias, pero no estoy en el momento de la violencia. Por eso, aunque parezca paradójico, no puedo ver una película violenta, incluso me tapo los ojos.

— I de las series como el CSI? Porque intuyo que por dentro le corre sangre de policía.

— Sí, reconozco que tenemos algo de policía. A menudo la gente piensa que somos policías o que trabajamos para ellos, como se ve a las series, pero no es así, trabajamos para los juzgados y para los fiscales. De hecho somos funcionarios públicos, pero no somos un servicio público... la gente no puede acceder a nosotros. Pelque hace a las series, como CSI, no las veo, en el fondo es más trabajo. En la televisión, todo es mucho «peliculero»: ni todo lo que sale al CSI es real ni, por ejemplo, se puede conseguir de uno por el sacar tantas cosas.

—Cómo lleva la familia el hecho de que se dedique a una profesión tan singular?

—Mis hijos lo han vivido siempre con mucha admiración y mucho orgullo. Mi familia lo ve como una cosa positiva. Tengo una anécdota de cuándo uno de los hijos era pequeño. Yo siempre acostumbraba a decir que me había llamado el «jefe»y que se tenía que marchar. Tanto oír el «jefe», mi hijo pequeño pensó que se trataba de uno«jefe»indio. Cuando lo conoció quedó decepcionado que no llevara plumas.

—Y el resto de gente que le dice?

— tengo que reconocer que algunos me han tratado a veces como una «bicho raro». Hace 25 años pensaban que éramos el médico de los muertos y ponían caras de asco. Ahora, después de la aparición de las series hemos pasado a ser admirados.

—El ADN es la revolución del mundo forense?

— El ADN no deja de ser un código de barras que, para poder ser identificativo, tiene que poder compararse con otro. No es una foto de una persona. Si no lo puedes comparar es como si no tuvieras nada. Sí que es verdad que ha cambiado muchas cosas. Ha ayudado mucho a las identificaciones de cadáveres, ya que si antes teníamos que tener una radiografía de antes de morir y compararla con una que hacíamos del cadáver, ahora podemos ir a su casa y coger el cepillo de dientes o del pelo y podemos extraer el ADN para identificarlo.

—Es difícil saber si alguien es imputable o no por razones psiquiátricas? ¿Existen los psicópatas inteligentes que os hacen bailar la cabeza?

—Las periciales psiquiátricas para determinar si un delincuente es consciente de sus actos o no tienen que detectar complicados mecanismos psicológicos. Tenemos que formarnos en estos conocimientos, yo he hecho dos años de preparación. El diagnóstico no sólo lo hacemos durante entrevistas, sino que ya tenemos informes previos e historial del acusado, lo que tenemos que hacer es interpretarlo para explicarle al juez.

—Me da la sensación del hecho de que las defensas juegan mucho a intentar demostrar que el procesado actuó sin voluntad...

—Nos basamos en tres pilares: la inteligencia, la conciencia y la voluntad para saber si quien ha cometido un crimen era consciente. Se trata de saber si alguien es imputable o no. Por ejemplo, lo que más se conoce popularmente: el psicópata, que no tiene empatía hacia el dolor de los otros, es malo... este sería imputable porque sabe en todo momento lo que estaba haciendo.

—Los violentos son mayoritariamente enfermos mentales?

Nooo. Ni mucho menos. Es importante saber que sólo un 1 por ciento de los que provocan actos violentos son enfermos mentales.

Las terrazas de la plaza de la Libertad cierran. Acompaño a Aina a casa suya y durante el trayecto, hablamos, pero pienso en su valentía y profesionalidad... y mi cobardía.

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