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La cabalgata de Carnaval se apunta al Año Gaudí

La cabalgata matinal vio desfilar disfraces originales como el dragón del Park Güell o erizos que pudieron interactuar con el público

La cabalgata matinal recorrió las calles del centro, empezando por el paseo de Prim.

La cabalgata matinal recorrió las calles del centro, empezando por el paseo de Prim.Gerard Marti Roig

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Antoni Gaudí es ya uno más de la familia. Su recuerdo y legado no solo están presentes en obras monumentales como la Sagrada Familia. Conmemorando los cien años de su fallecimiento, su nombre se vincula a estatuas, patinaje o musicales. Todo el mundo quiere rendir homenaje a un genio universal desde su ámbito de especialización. Y el Carnaval no es menos. Entre el rosa de los flamencos y el gris metálico de los guerreros medievales, una odisea de colores brillaba en la cabalgata matinal, deslumbrando como el mar en pleno verano. El dragón de trencadís del Park Güell se había personado en Reus y movía el esqueleto al ritmo de Pingu. Había tantos que procuraban no pisarse la cola. O, si ocurría, tampoco había que preocuparse: volvería a crecer.

HéroesLos indios fueron recibidos en las Peixateries Velles con una lluvia de confeti

Carnaval es una época en la que las imágenes más inesperadas se convierten en realidad. Fresas y peras bailaban juntas en las Peixateries Velles, y el Capitán América huía de Harry Potter. Procedentes de la estepa americana, cuando los indios llegaron a SoldeNit, haciendo resonar su grito de guerra, fueron recibidos por cientos y miles de cintas azules, rojas, rosas y púrpuras. Lejos de asustarse, saborearon cada instante: habían sido recibidos como héroes. Tantos fueron los streamers que volaron por el cielo que Sub-Zero, de Mortal Kombat, quedó inmovilizado, aunque, a diferencia de Mayu Iwatani, tuvo cuidado de no tropezar y, momificado, continuó su marcha.

Se pudieron ver disfraces muy distintos y otros que rivalizaban entre sí.

Se pudieron ver disfraces muy distintos y otros que rivalizaban entre sí.Gerard Marti Roig

Una tropa de Beetlejuice, adorables erizos y guacamayos pasearon por la ciudad, acompañados de auténticos viajeros en el tiempo como vikingos, faraones o bestias del Cretácico, encabezadas por los inconfundibles Tyrannosaurus rex y Triceratops. Hubo espacio para la crítica social: unas jirafas clamaban ser las únicas con permiso para acceder a la ZBE. Quien ya no pudo sumarse a la fiesta fue una botella de Volkoff que, vacía y solitaria, permanecía en la calle Vapor Vell, deshidratada por haberlo dado todo la noche anterior. Su velatorio, lejos de ser lúgubre, acabó con una pátina de color, envuelta en confeti brillante que la recordaba como la estrella que más había brillado.

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