Sant Pere
El hombre «más feliz del mundo» hace estallar la Tronada y enciende la Fiesta Mayor de Sant Pere
Josep Maria Casas, de la tienda El Barato, pronuncia el pregón

La primera jornada de la Fiesta Mayor de Sant Pere 2025 estuvo marcada por el pregón de Josep Maria Casas y la encendido de la primera Tronada.
Quedaba todavía una hora de reloj para que el pregonero apareciera tras el atril que un cordón humano ya rodeaba el bello centro de la plaza del Mercadal. Las entradas de primera fila estaban agotadas, con unos pocos y madrugadores privilegiados, pero la expectación iba más allá: los interiores de los locales de restauración sumaban gente y gente, que anhelaba presenciar el espectáculo lo más cerca posible, pero con protección y el cuerpo en reposo.
Los Gigantes y la Mulassa ofrecían sus mejores movimientos quince minutos antes del estallido de la fiesta. No tardaría en añadirse el Bou, que con su bailoteo bajaba la calle de Llovera. El resto del Séquito no sabía estar en casa: la Víbria deambulaba por la plaza de Prim, alertando con sus tambores que la fiesta estaba a punto de desatarse. Mientras tanto, caminar por la plaza consistorial era ya reto digno de Tom Cruise. Sólo los más hábiles de piernas —o en contorsionismo— esquivaban colisiones y avanzaban posiciones, bien sea para encontrar sitio para avistar a los mascles o para eludir la aglomeración.
La ovación fue atronadora en el momento que Josep Maria Casas, de El Barato, entró en el Salón de Plenos. Los gritos sólo pararon para escuchar sus palabras. «Habéis hecho de mí la persona más feliz del mundo», reconocía, con la emoción decorando su rostro. «Es increíble como la ilusión, adornada de inocencia, y el miedo, vestido de responsabilidad, conviven en una emoción que supera la presentación de un vestido de la Vitxeta», se sinceraba.
«Con el pecado de hacernos venir a hablar, encontraréis la penitencia», clamó. «No os asustéis: así empezaba el pregón del año 1969, el primer pregón de mi vida», calmó. El protagonista de la cita no lo descubrió hasta más adelante. Casas reconoció que «sin el esfuerzo de las generaciones que me preceden, yo no estaría aquí». Fue su tatarabuela, Francesca Prats i Grau, que empezó la actividad, en aquel lejano 1881.
Recordó su infancia, escalando y trepando por las estanterías del negocio. «Si mi trabajo hubiera sido captar clientes, la tienda no habría durado mucho», bromeó. Pero, al final, ser tendero «no es solamente un oficio: es un sentimiento, es una vocación y, por encima de todo, es un regalo». Y aquellas vivencias de pequeño hicieron crecer su estima por el trabajo y la ciudad. Artífice de los vestidos de incontables elementos, son los costaleros «que los dotáis de alma». Y compartió su amor por el Gegant Indi, su favorito, «hasta que un día me enamoré de la Vitxeta».
Al principio de todo, Casas había citado a Josep Iglésies Fort. Historiador, geógrafo y humanista, sin embargo, también, el hermano de su abuela. «A ver si, al fin y al cabo, será cierto que llevo sangre de pregonero», comentó. En el discurso de Iglésies, el tendero introdujo la coletilla que la Fiesta Mayor de Sant Pere, «excelente y grandiosa, nos llena de luz para mirarla con los ojos del niño que somos, y también observarla, atentos y satisfechos, como el fruto de las semillas plantadas por todas las generaciones que nos han precedido». «Si aprendemos a valorarla y trabajamos para fortalecerla, facilitaremos que esta luz ilumine para muchos años más nuestra tierra», concluyó. Y justo acabar, bajo una marea de aplausos, mostró el damaso confeccionado para la ocasión, con el mensaje «amb el cor, visca Sant Pere».
El pregonero no fue el único honrado en el Palau Municipal y es que el Tro de Fiesta fue a parar Màrius Nogués, uno de los impulsores de la creación del Carrasclet. «No sabía que me engañarían de esta manera», reconocía. «Me hace mucha ilusión, pero, como yo, hay mucha gente que se lo merece: lo comparto», pronunció.
Con el Llamamiento a la Fiesta declarada por Casas, era la hora de dar paso al momento más fuerte de la noche, nunca mejor decir. La Tronada ya hacían rato que estaba lista y a la espera de la llegada de su anfitrión mientras por los alrededores de la plaza del Mercadal casi no cabía ni una aguja. Después de la aparición estelar desde el balcón del pregonero, las autoridades lo escoltaron hasta el centro de la acción, superando la muralla humana. Al llegar, las indicaciones de rigor de los expertos en cómo encender la mecha y, al cabo de poco, todo empezó a temblar. Explosión tras explosión, los truenos arrancaban gritos de euforia del público que, ya que, por mucho que te lo esperes, nada te prepara para la potencia de este bombardeo. Uno detrás del otro, las explosiones llegaron hasta la traca final que deseaba una buena Fiesta Mayor a todos los ganxets, sacudiendo todo el Mercadal, que, al acabar, reventó en aplausos, tanto o más fuertes que los petardos.