Diari Més
Rafa Luna

Rafa Luna

Ex diputado y senador del PP

Rufián en la España que niega

El portaveu d'ERC a Madrid, Gabriel Rufián.

El portaveu d'ERC a Madrid, Gabriel Rufián.

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La política española vive momentos de recomposición, especialmente en el espacio de la izquierda alternativa, que atraviesa una crisis evidente tras los sucesivos retrocesos electorales de fuerzas como Podemos, los Comuns o diversas formaciones de tradición comunista. En ese contexto, resulta llamativo que Gabriel Rufián aspire ahora a erigirse como una figura capaz de reagrupar ese espacio político a nivel estatal, cuando su trayectoria se ha construido precisamente sobre la impugnación de la propia idea de España como proyecto común.

Rufián llegó al Congreso de los Diputados como portavoz de Esquerra Republicana con un mensaje claro: defender la independencia de Cataluña y cuestionar la legitimidad de las instituciones españolas. Su presencia en Madrid se entendía, en sus primeros discursos, como una etapa transitoria, casi instrumental, destinada a denunciar desde dentro lo que él mismo calificaba como un sistema agotado. Sin embargo, con el paso de los años, aquel supuesto tránsito breve se ha convertido en una permanencia consolidada en la política nacional.

Aquí surge una contradicción difícil de obviar. ¿Puede liderar un proyecto estatal alguien que sostiene abiertamente que el Estado al que se dirige debe dejar de existir en su forma actual? Para muchos votantes de izquierda fuera de Cataluña, la respuesta es negativa. Resulta complicado aceptar como referente común a un político que no solo no cree en la unidad territorial del país, sino que ha construido su carrera política combatiéndola.

A ello se suma un estilo parlamentario basado en la provocación y el impacto mediático. Rufián ha convertido muchas de sus intervenciones en escenas pensadas para circular por redes sociales más que para aportar profundidad al debate político. Objetos simbólicos, frases contundentes y mensajes diseñados para generar titulares han sido una constante. Esta estrategia puede resultar eficaz para movilizar a los convencidos, pero también contribuye a la sensación de que el Congreso se convierte a veces en un plató más que en un foro de deliberación seria.

Sus críticos señalan además una incoherencia difícil de ignorar: mientras denuncia reiteradamente al Estado español, no tiene reparos en formar parte de sus instituciones ni en percibir el sueldo correspondiente como diputado. En democracia, cualquier representante elegido legítimamente tiene derecho a ocupar su escaño y recibir su remuneración. Pero la paradoja persiste cuando ese mismo representante sostiene que la estructura que lo sostiene se debe cambiar.

Otro elemento que genera suspicacias es su aproximación estratégica a Pedro Sánchez cuando conviene a los intereses de su partido. El tono duro de ciertas intervenciones contrasta con acuerdos parlamentarios que han permitido sostener al Ejecutivo en momentos clave. Para algunos observadores, esto revela una adaptación pragmática que desdibuja la retórica inicial y deja en evidencia que, en política, la coherencia suele ceder ante la negociación.

La cuestión de fondo, sin embargo, no es personal, sino política. La izquierda alternativa española enfrenta un vacío de liderazgo y de proyecto. Tras años de fragmentación y desgaste, necesita redefinir su discurso y su estrategia. Pero confiar esa tarea a un dirigente cuyo objetivo declarado es la secesión de una parte España parece, cuanto menos, contradictorio.

España atraviesa desafíos económicos, sociales y territoriales que requieren propuestas sólidas y vocación integradora. Si el espacio progresista quiere reconstruirse, deberá hacerlo con figuras capaces de generar consensos amplios y no únicamente titulares virales. El liderazgo exige algo más que habilidad comunicativa: requiere coherencia, proyecto y capacidad para representar a una mayoría diversa.

El tiempo dirá si la apuesta de Rufián por ocupar ese espacio tiene recorrido o si, por el contrario, termina evidenciando los límites de una política basada en la confrontación permanente. Lo que parece claro es que, mientras persista la contradicción entre aspirar a liderar un proyecto español y negar la idea misma de una España unida, la propuesta seguirá generando más dudas que adhesiones.

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