Navidad y conciencia: Europa ante la persecución religiosa

Imatge d'un pessebre.
La Navidad abre una ventana desde la que reconocer y contemplar aquello que sostiene la vida en compañía cuando las certezas se ponen a prueba. Entre esos cimientos destaca la libertad religiosa, porque resguarda la vocación de trascendencia, la identidad irrepetible de cada persona y su apertura a los demás y al mundo. Allí donde esta libertad se lesiona, se altera lo más delicado de la naturaleza humana. De ahí que la persecución y el asesinato de cristianos en África, Asia y Oriente Medio interpelen también a Europa, que ha construido su cultura sobre la defensa de la conciencia como espacio inviolable.
La violencia contra estas comunidades cristianas responde a una estrategia deliberada. En amplias regiones de África, Asia y Oriente Medio, el terrorismo yihadista actúa con la intención de expulsar o exterminar a los cristianos, precisamente porque esos terroristas aborrecen el modo que los cristianos tenemos de estar en el mundo y de expresar nuestra fe. Esta violencia se propicia y se mantiene porque en esos países no existe un régimen democrático y, en consecuencia, ni el gobierno ni sus instituciones protegen la libertad religiosa, la seguridad ni los derechos fundamentales de los ciudadanos. El resultado es una situación de extrema fragilidad, en la que millones de familias viven expuestas a la vulneración constante de su integridad y comunidades enteras afrontan un riesgo cierto de aniquilación.
La magnitud de esta tragedia queda reflejada en los principales informes internacionales sobre la libertad religiosa. Más de 380 millones de cristianos viven hoy en países donde la violencia, la intimidación o la discriminación alcanzan niveles altos o extremos. La lista se repite año tras año: Corea del Norte, Somalia, Yemen, Libia, Sudán, Eritrea, Nigeria, Pakistán, Irán y Afganistán figuran de forma recurrente entre los lugares donde profesar la fe cristiana supone un riesgo extremo y sitúa a quienes la profesan en una situación de amenaza permanente. En amplias zonas del Sahel, la persecución forma parte de la vida cotidiana, mientras que en otros estados, como Irak, Siria, Arabia Saudí, India, Myanmar, Egipto, Etiopía, Camerún, Mozambique, la República Centroafricana o China, la ausencia de garantías jurídicas convierte la libertad de conciencia en una excepción tolerada, cuando no directamente prohibida. Este mapa no solo muestra la dureza de la persecución, sino también la necesidad de una respuesta internacional a la altura de la vulnerabilidad de estas comunidades.
Ante este ataque violento contra un derecho esencial, la acción exterior de Europa y, por supuesto, de España no pueden quedar reducidas a declaraciones ad hoc. La libertad religiosa constituye un indicador esencial de la vitalidad de cualquier sociedad y debe figurar entre las prioridades de nuestra política internacional. Esto exige una diplomacia capaz de denunciar los abusos con claridad, promover informes rigurosos y sostener resoluciones que interpelen a los estados responsables. Exige también vincular ayudas, acuerdos y programas de cooperación al respeto efectivo de la libertad de conciencia y de las minorías cristianas,
especialmente allí donde la ausencia de un régimen democrático convierte estas comunidades en un objetivo sistemáticamente desprotegido.
La defensa de la libertad religiosa fuera de nuestras fronteras no puede entenderse como una cuestión marginal ni como un gesto simbólico, sino como una responsabilidad ineludible que emana de nuestros valores culturales. Europa proclama la centralidad de los derechos fundamentales y la primacía de la persona en su acción exterior; por ello, no puede mirar hacia otro lado cuando esos mismos derechos se vulneran de forma sistemática. La credibilidad internacional de nuestras instituciones también se mide por su capacidad para reconocer estas persecuciones, nombrarlas con claridad y actuar con constancia allí donde la conciencia y la fe se convierten en motivo de violencia.
La Navidad sitúa esta reflexión en un plano más hondo, porque remite al origen cultural y moral de nuestra manera de entender la libertad. La defensa de las comunidades cristianas perseguidas no responde a una afirmación identitaria ni a una lógica de bloques, sino a la convicción de que la conciencia humana no puede ser sometida sin que se resienta la dignidad de la persona. Allí donde la fe se convierte en motivo de violencia, lo que está en juego no es solo una creencia, sino el espacio mismo de la libertad interior. Al asumir esta responsabilidad, Europa reafirma una herencia que ha dado forma a su historia y proyecta hacia fuera una idea de convivencia fundada en el respeto, la justicia, la libertad y la igual dignidad de cada ser humano, único e irrepetible.