Diari Més

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«Ánimo Alberto», dos palabras que resumen una legislatura, una forma de entender la política y, especialmente, un desprecio a la democracia y a todos los ciudadanos, voten lo que voten.

Tal vez el hecho de vivir cerca de la prostitución le ha llevado a no respetar los límites del fair play político, prostituyendo la política de este país.

Las democracias modernas se basan en el juego de poderes y sus equilibrios. La división de poderes no es solo un concepto abstracto, es la representación de ese juego de equilibrios que permite poner límites al poder del ejecutivo, por medio de dos ámbitos, por un lado, el poder judicial que controla la legalidad y el parlamento que controla la acción política.

Hablemos de este último, el parlamento, en este caso el Congreso de los Diputados, donde está representada la soberanía nacional, que tiene entre otras funciones el control de la actividad política del ejecutivo. Por ello, los miércoles se celebra dentro de los plenos ordinarios la conocida como sesión de control. El Congreso ejercita esa función de control principalmente de dos maneras, por un lado, las preguntas que efectúan los diputados al gobierno que pueden ser orales o escritas y las interpelaciones. Las primeras en su vertiente oral y las que corresponden al pleno son las que generan más atracción mediática. Son preguntas que formula la oposición sobre la acción de gobierno y deben contestarse por el miembro del gobierno a quien va dirigida.

Desde principios de esta legislatura el gobierno, y especialmente Pedro Sánchez, ha optado por no contestar a las preguntas, generalmente contesta con invectivas dirigidas al líder del partido más votado de España, con el único fin de evitar contestar y dar explicaciones a los escándalos y la corrupción que afectan a su familia y a sus compañeros de partido y, a su vez, crispar así la política nacional.

Ya lo dijo Zapatero en aquel micrófono abierto que le delató «Nos conviene la tensión y este fin de semana hay que dramatizar un poco». Al PSOE siempre le ha ido bien crispar la sociedad para movilizar a su electorado y no es cosa de ahora, ¿recuerdan los dóberman?, nunca les ha importado el peligro que representa tensionar a la sociedad si ello les favorece. La diferencia es que ahora lo hacen utilizando las instituciones como el Congreso de los Diputados, o la sala de prensa de la Moncloa, además, Pedro Sánchez lo ejecuta sin ruborizarse, sin disimulo, haciendo saltar por los aires esos equilibrios en los que se basa la democracia.

Sánchez ha convertido las sesiones de control en algo inútil a los fines que la definen: el control a la actividad política del gobierno. Sánchez las ha convertido en un instrumento más para sus fines, en definitiva, para ocultar la corrupción que le rodea a él, a su familia y a su partido, y sobre todo seguir tensionando a la sociedad.

Pero lo más triste de todo ello es que nadie en la izquierda de este país se da cuenta, o aun dándose cuenta callan o incluso lo alientan, del peligro que representa la pérdida de los principios de nuestra democracia, todos ríen las gracias al «puto amo», y algo peor, aceptan sus constantes mentiras. Nuestro presidente no solo no contesta las preguntas de la oposición, sino que miente constante y descaradamente, a menudo a cuestiones importantísimas, pero también a cuestiones menos trascendentales, quien miente, aunque sea solo para justificar no felicitar a un premio Nobel, podemos imaginar en cuantas cuestiones más nos miente a los españoles.

Y, además, lo hace con esa risa burlona, en ocasiones zafia, desde su escaño en el Congreso, jaleado por su vicepresidenta, pero no crean que se burla de la oposición, cuando lo hace en una sesión de control en donde se representa la soberanía nacional, se burla de todos los españoles, se ríe de todos nosotros.

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