Diari Més

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Ya sabéis que estoy estudiando Derecho en el templo del Saber y Ganar de Tarragona, que lleva el nombre de un alumno que tardó quince años en licenciarse. He estado a punto de llamar a Rappel y a la Bruja Lola para que me expliquen un fenómeno paranormal que me ocurre. Cuando estoy dentro de la facultad estudiando Derechos Fundamentales, en mi cerebro entra -con alegría y gozo- lo que ya tenían tan claro los franceses en su declaración del siglo aquel antiguo. Pero, por arte de birlibirloque, cuando mis pies pasan de la puerta del conserje y llegan a la calle, oigo que hablan de intervenciones telefónicas ilegales, de prohibiciones de la libertad de expresión, de detenciones extrañas, de terceros grados «Hacendado» o inversiones en la «nieve» que no se pueden explicar. Entonces, me doy cuenta de que deberían poner aulas, bancos y pizarras en la acera aquella ancha de la avenida Catalunya y dar clases para que los alumnos aprendamos que lo que ocurre ahora en nuestra sociedad no tiene nada que ver con lo que pone en los manuales. Creo que más bien es Manuel, y no el manual, quien interpreta la ley a su modo.

Haced algo: comprad un micro pequeñito en la tienda del espía y, aprovechando la visita de algún colegio al Parlamento, déjadlo olvidado en un despacho, así, pegado por casualidad bajo una mesa. Entonces grabad más que la Rosalia. Ahora, imaginaos que lo descubren y sospechan de aquel tipo con barba que iba escondido entre los niños. Sí, soy yo, ¿qué pasa? Me detendrían y cuando me llevasen ante el juez diría: «No sé nada». Seguramente el juez pediría a los Mossos que investigaran la compra del micrófono y quien lo pagó. La instrucción acabaría con una servidora haciendo ceniceros de barro en Mas Enric. ¿Verdad? Pues se ve que estos del Pegasus son más listos que yo y no los han descubierto porque, en los Colegios de Abogados, los «niños» ya tienen barba.

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