Diari Més

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Hace días que tengo en la cabeza a Hannibal Lecter, ya sabéis, aquel al que le gustaba comer personas, como Hacienda, pero aquel iba más al grano y no te comía un trozo de hígado cada año. No sabía por qué mi mente me repetía continuamente la imagen de la película gastronómica. Ayer, en una tertulia que hicimos sobre libros con Mónica Socias (la mujer más simpática del mundo después de Cayetana), lo descubrí: son las mascarillas. Si os fijáis bien, todos vamos por la calle como si fuésemos anónimos. Ahora, sólo nos vemos los ojos y tenemos que adivinar si la persona con la que hablamos está riendo o bostezando. El problema es que, si vas estreñido, tus ojos transmiten una sonrisa y no creo que nadie se ría de eso, excepto los fabricantes de lavativas. Me está saliendo un artículo un poco guarrillo hoy. Esperad que lo arreglo.

Otro tema que me preocupa es que, con el sol, en tres semanas parecerá que me han hecho un trasplante de morro. Pero, de todos los fenómenos que comporta llevar ese trozo de tela en la boca y la nariz, lo que más me sorprende es la gente que te reconoce. Me pasó el martes a las puertas de la papelería Carlin de Cambrils (pongo el sitio para que veáis que es verdad y que el protagonista salga en los papeles). Salía con la mascarilla y un hombre me preguntó si era el que hace este artículo. No sabía como me había podido reconocer, pero creo que va a ser porque entré y salí sin comprar nada, señal evidente de que no tengo un duro. ¡Qué hombre más observador! Hasta ahora, me habían reconocido mucho por Tarragona, pero así, en «el extranjero», no tanto. Yo siempre me quedo con cara de gilipollas y no sé que decir. Exactamente igual que cuando Hacienda me come un riñón cada trimestre.

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