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Profesionales del Clínic recuerdan el primer caso de covid-19: «Había incertidumbre pero teníamos una energía increíble»

Una enfermera y un médico dicen que estaban preparados por una enfermedad emergente pero no imaginaban lo que vendría después

La enfermera de críticos del Hospital Clínic vestida con un EPI en la zona de UCI.

Profesionales del Clínic recuerdan el primer caso de covid-19: «Había incertidumbre pero teníamos una energía increíble»

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La enfermera Raquel González Urria y el doctor Daniel Camprubí forman parte del 'grupo Ubuntu', un equipo multidisciplinar y especializado del Hospital Clínicque hace años que se preparaba por la llegada de una enfermedad altamente transmisible como la covid-19. Este grupo participó del primer diagnóstico en Cataluña, el 25 de febrero, e hizo el seguimiento de la paciente. Los dos profesionales coinciden en recordar aquellos días con la «incertidumbre» de afrontarse a una enfermedad desconocida, pero sin tener miedo, sobre todo por su formación, y con una «energía increíble» para encontrarse ante una gran responsabilidad. Pero no se imaginaban todo lo que vendría después y es ahora, dice González Urria, cuándo es más complicado: «Estamos más decaídos».

'Ubuntu' es una palabra africana que significa «Yo soy porque tú eres». Así se presenta el grupo con diferentes perfiles -médicos, enfermeras, encargadas de la limpieza, entre otros- y de varios servicios del hospital especializado en detectar alertas y montar protocolos para aislamientos de alto nivel. Precisamente, por este grado de especialización, se encontraban a primera línea cuando el tsunami de la pandemia llegó a Cataluña, donde el Hospital Clínico de Barcelona es el centro de referencia para estas situaciones.

«Estábamos esperando que tarde o temprano llegara el primer caso, era cuestión de tiempo», explica el doctor Daniel Camprubí, médico especialista del Servicio de Salud Internacional del Clínic, en una entrevista a la ACN sobre el primer caso de coronavirus en Cataluña, el 25 de febrero del 2020, cuándo 'covid-19' todavía sonaba extraño.

Las semanas previas, profesionales del Clínicya habían empezado a doblar turnos y hacían pruebas a las personas que presentaban síntomas y habían estado en zonas con transmisión comunitaria conocida. De aquellos días, recuerda un «cierto grado de frustración» por testar menos de lo que les habría gustado, si bien la capacidad para hacerlo era reducida y los criterios estaban estandarizados a nivel europeo. «Lo que hemos aprendido es que la velocidad para testar a nivel burocrático no es la que nos gustaría a nivel clínico», dice.

«Hace años que nos estamos entrenando para la próxima enfermedad que venga, sea un coronavirus, una Ébola o Lassa. En este sentido estábamos tranquilos; sabíamos como actuar. Obviamente la primera vez que entras a ver a un paciente y sabes que no es un simulacro genera un poco de nerviosismo, pero miedo, te diría que no», destaca Camprubí sobre el 'grupo Ubuntu'.

«Estaba en casa cuando me llamaron para activarme para la guardia del primer caso. Estaba tranquila y me sentía segura por esta formación extra en aislamiento», coincide Raquel González Urria, enfermera del Área de Vigilancia Intensiva (AVI). «Había incertidumbre. Nadie sabía qué venía, pero también notábamos una responsabilidad muy grande y lo encaramos con muchísimas ganas y una energía increíble», añade.

«Teníamos el punto de nerviosismo de estar afrontando una enfermedad que desconocemos. Seguimos teniendo muchos interrogantes, pero los de las primeras semanas eran grandiosos», reflexiona Camprubí. Por otra parte, en aquel primer diagnóstico, de una mujer italiana de 36 años residente en Barcelona, contaron con la «tranquilidad» que era una persona con poco riesgo de complicaciones de la enfermedad, como también lo fueron los siguientes pacientes.

Estos primeros pacientes ingresaron en unidades de cuidados intensivos, aunque su clínica era leve, pero por razones de bioseguridad. «No esperábamos que tendríamos el alud de casos que ha habido a posteriori. Pensábamos que quizás podríamos contenerlos con unas pocas unidades de UCI o de aislamiento», reconoce Camprubí. «Sabíamos que tarde o temprano nos tocaría pero nadie se imaginaba que sería así», subraya la enfermera de pacientes críticos.

De la incertidumbre al miedo

Pocos días después de aquellos primeros diagnósticos, la transmisión comunitaria del virus en Cataluña y en otros países impactó de forma virulenta los centros sanitarios. «Recuerdo mucho caos y entonces sí que pasamos de la incertidumbre a tener miedo, quizás. Pero el miedo no podía ir delante de lo que teníamos que hacer», señala González Urria, que recuerda como desde la dirección pidieron a su grupo escalar la formación especializada ante nuevas enfermedades en todo el hospital.

«Me sorprende todavía a día de hoy la plasticidad que tuvo el hospital; como se abrieron salas, como se montaron tomas de oxígeno donde no había. Las unidades se transformaron de la noche a la mañana para la atención directa de pacientes con covid-19. La parte reconfortante es ver que todos los compañeros íbamos a la una pero también está la parte de miedo, el momento en que parecía que no habría camas suficientes a las UCI, que el día siguiente el número de ingresos se podía ser mayor. Por suerte aquel momento límite no llegó nunca», dice Camprubí.

Un año después

González Urria reflexiona que la situación actual le es más difícil de gestionar: «Ahora es muy duro porque se nos ha acabado la energía del principio. Por mucho que los tratamientos sean mejores y haya llegado la vacuna, que eso da energía, el desastre sigue igual y la gente no lo acaba de ver. Eso pone triste. Necesitaremos ayuda psicológica seguro, yo como mínimo».

«Por mucho que la gente diga que estamos preparados y que estamos hechos de otra pasta, que este trabajo es una vocación, creo que nadie está preparado para ver gente morir, y morir sola. Y si alguien está preparado algún día, creo que se tiene que marchar y dejar el trabajo», expresa esta enfermera.

Camprubí destaca los aprendizajes de estos doce meses, como la velocidad de la investigación para intentar encontrar nuevos medicamentos y las vacunas, o ver como la sanidad es capaz de adaptarse a una situación «tan crítica». Nos queda mucho para aprender. La parte de desazón o por miedo a que tengo es que nos quedamos con el hecho de haberlo hecho tan bien como hemos podido pero no ser capaces de actuar mejor de cara a la próxima», sopesa.

«Las enfermedades no están cerradas en una región del mundo»

Para el médico especialista en Salud Internacional hay que asentar las bases para evitar que se repita uno pandemia de aqueta magnitud y que si se produce, «estar mejor preparados, con las herramientas necesarias». La clave, recalca, es la anticipación.

«Por primera vez nos hemos dado cuenta de que una enfermedad que empieza a un punto del mundo puede transformar el día a día de todo el planeta. Es lo que ha pasado ahora y es lo que seguirá pasando por muchos factores, como la movilidad internacional o el cambio climático. Lo que pasa en una punta del mundo puede afectar a la otra. Nos tenemos que acostumbrar, será así. Tenemos que cambiar la visión de las enfermedades: no están cerradas a una región del mundo», advierte al médico del Servicio de Salud Internacional.

La parte humana

«A muchos nos habrá cambiado para vivir con más vitalidad. Me gusta mucho el trabajo que estoy haciendo y he visto que tiene sentido y, a la vez, la pandemia ha tocado a todo el mundo a nivel personal. Nos ha puesto en su sitio y nos hace replantear nuestras prioridades», expresa Camprubí, sobre cómo la pandemia lo ha cambiado como profesional.

«Me quedo con la parte humana, de todo lo que hemos vivido entre nosotros y como nos hemos conocido. De cómo hemos trabajado en equipo», señala González Urria. Como un preludio, el grupo especializado en aislamientos ante enfermedades emergentes se llama 'Ubuntu'. Camprubí explica así el significado: «Es mensaje de cohesión, de reflejarse en los ojos de la otra».

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