La no necesidad de ‘resolver’ la historia para fines políticos
Diplomático

Imatge del Rei Felip IV.
El rey Felipe VI aseguró este lunes en Madrid que hubo “mucho abuso” en la conquista de América y aseguró que cuando se estudian y se conocen algunos hechos con el criterio y los valores de hoy en día, “obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos”, aunque indicó que deben ponerse en su justo contexto.
Como persona interesada en nuestro pasado y en las relaciones con los países de América me atrevo a proponer al amble lector una reflexión al respecto. Sin ser el de un historiador mi oficio, no obstante, creo que la historia, entendida como el estudio crítico del pasado humano, nunca ha sido un bloque cerrado ni un relato definitivo. Es un campo en permanente revisión, donde nuevas fuentes, nuevas metodologías y nuevas sensibilidades permiten reinterpretar hechos que creíamos ya fijados. Sin embargo, en muchos contextos contemporáneos se observa una tendencia a exigir que la historia sea “resuelta”, como si se tratara de un expediente pendiente cuya conclusión pudiera zanjar conflictos políticos actuales. Esta expectativa, aunque comprensible desde el deseo de claridad moral o de reparación simbólica, resulta problemática cuando se convierte en un instrumento para orientar la acción política presente.
Una de las razones fundamentales para cuestionar esta necesidad de resolución es que la historia no funciona como un tribunal definitivo. Los hechos del pasado son complejos, contradictorios y, en muchos casos, imposibles de reconstruir con absoluta certeza. Pretender que la política actual se base en una lectura unívoca del pasado implica forzar la naturaleza misma del conocimiento histórico. La política requiere decisiones prácticas, orientadas al futuro, mientras que la historia se dedica a comprender procesos, contextos y motivaciones que rara vez admiten conclusiones simples. Confundir ambos planos conduce a una instrumentalización del pasado que empobrece tanto el debate político como la investigación histórica.
Además, la idea de “resolver” la historia suele implicar la búsqueda de un relato oficial, una versión autorizada que sirva como fundamento identitario o moral. Pero las sociedades democráticas se caracterizan precisamente por la pluralidad de perspectivas, por la convivencia de memorias diversas y, a veces, contradictorias. Imponer una narrativa única, aunque sea con la intención de reparar injusticias o cerrar heridas, puede terminar silenciando voces legítimas y reduciendo la complejidad del pasado a un esquema simplificado. La historia, para ser fértil, necesita espacio para el desacuerdo, la revisión y la duda.
Otro aspecto relevante es que la política no debería depender de la resolución definitiva de debates históricos para avanzar. Las sociedades pueden —y deben— abordar problemas contemporáneos sin exigir que el pasado quede completamente aclarado. La justicia, la convivencia y la construcción de proyectos comunes no requieren unanimidad sobre lo ocurrido, sino acuerdos sobre lo que se quiere hacer ahora. La memoria histórica puede ser una herramienta valiosa para comprender el presente, pero no debería convertirse en una condición previa para la acción política. De lo contrario, se corre el riesgo de quedar atrapados en discusiones interminables que paralizan la toma de decisiones.
Por último, aceptar que la historia no necesita ser resuelta para fines políticos no implica renunciar a la memoria, ni a la reparación, ni al reconocimiento de víctimas. Significa, más bien, entender que estos procesos deben construirse desde el respeto a la complejidad histórica y desde la pluralidad democrática. La historia puede iluminar el presente, pero no debe ser utilizada como un arma arrojadiza ni como un manual de instrucciones para la política. Su función es ayudarnos a pensar, no dictar lo que debemos hacer.
En definitiva, la historia no es un problema que deba resolverse, sino un campo de reflexión que debe mantenerse abierto. La política, por su parte, debe asumir la responsabilidad de actuar en el presente sin exigir al pasado una claridad que nunca podrá ofrecer. Solo así es posible construir sociedades que miren hacia adelante sin dejar de aprender de lo que ya ha ocurrido.