Diari Més
Rafa Luna

Rafa Luna

Ex diputado y senador del PP

Autónomos: emprender es resistir

Un treballador d'un restaurant prepara cafès

Un treballador d'un restaurant prepara cafèsACN

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Existe una frase que se repite con frecuencia cuando alguien decide trabajar por cuenta propia: «Eres autónomo, ¡qué valiente!». Aunque a menudo se dice como un elogio, también refleja una realidad incómoda. Detrás de ese comentario se esconde la percepción general de que emprender no es solo una decisión profesional, sino, en muchos casos, un auténtico ejercicio de resistencia.

Actualmente, España cuenta con más de 3,4 millones de trabajadores autónomos afiliados a la Seguridad Social, una cifra que refleja el peso de este colectivo en el mercado laboral. En términos generales, el trabajo por cuenta propia representa alrededor del 16 % de la población ocupada, lo que demuestra hasta qué punto la actividad económica del país descansa en gran medida sobre pequeños negocios y proyectos individuales.

Sin embargo, la realidad cotidiana de muchos autónomos dista bastante de la imagen idealizada del emprendedor que triunfa gracias únicamente a su esfuerzo. Para una gran mayoría, ser autónomo significa convivir con una incertidumbre constante, asumir riesgos financieros personales y gestionar una carga administrativa que, en muchos casos, resulta desproporcionada para estructuras empresariales tan pequeñas.

La pandemia de 2020 evidenció con claridad esta fragilidad. Muchos pequeños negocios tuvieron que cerrar temporal o definitivamente. Otros lograron sobrevivir gracias a la resiliencia de sus propietarios, al apoyo de clientes fieles o a ayudas públicas que, aunque necesarias, no siempre llegaron con la rapidez o necesidad deseada. Aquella crisis sanitaria puso de manifiesto hasta qué punto el pequeño comercio puede ser vulnerable frente a situaciones extraordinarias.

Años después, aunque la emergencia sanitaria ha quedado atrás, muchos autónomos sienten que los problemas estructurales siguen presentes. Trámites complejos, normativas cambiantes y procesos administrativos largos pueden convertirse en un obstáculo difícil de gestionar para quienes, además de dirigir su negocio, deben asumir tareas de gestión, contabilidad, marketing o atención al cliente.

Junto a la burocracia, muchos trabajadores por cuenta propia señalan también la presión fiscal como uno de los principales condicionantes de su actividad. Impuestos, cotizaciones sociales y otras obligaciones tributarias forman parte del funcionamiento normal de cualquier economía moderna, pero para muchos autónomos suponen una carga considerable, especialmente en etapas de ingresos irregulares o de menor actividad.

A esta realidad se suma un aspecto que a menudo pasa desapercibido: la ausencia de las garantías laborales habituales en el trabajo asalariado. Para un autónomo, las vacaciones suelen significar cerrar el negocio y, por tanto, dejar de ingresar durante ese periodo. Del mismo modo, una baja por enfermedad o accidente pueden traducirse en días o semanas sin percibir ningún tipo de ingreso, los mismo ocurre estando en una situación de desempleo, todo ello con el consiguiente impacto directo en la economía personal y familiar.

Las cotizaciones sociales representan otro desafío recurrente. Muchos autónomos intentan equilibrar el esfuerzo económico de sus cuotas mensuales con la necesidad de mantener su negocio a flote. Sin embargo, cotizaciones bajas durante años pueden traducirse en pensiones futuras más reducidas, lo que genera preocupación sobre la posibilidad de alcanzar una jubilación digna tras décadas de trabajo.

Otro aspecto que rara vez se menciona es el impacto personal que tiene el trabajo autónomo. A diferencia de un empleo asalariado, el autónomo suele asumir una carga emocional considerable. Las decisiones empresariales afectan directamente a su economía familiar y la frontera entre vida personal y profesional suele ser difusa. Jornadas largas, preocupaciones constantes y la responsabilidad total sobre el negocio forman parte de una realidad que pocas veces se visibiliza.

Aun así, el espíritu emprendedor sigue presente. En muchos pueblos y ciudades continúan abriendo nuevos negocios impulsados por personas que creen en su proyecto. Jóvenes que deciden iniciar una actividad por primera vez, profesionales que reinventan su carrera o emprendedores que apuestan por dinamizar su comunidad local.

Este dinamismo es una señal positiva, pero también plantea una pregunta importante: ¿qué papel deberían desempeñar las administraciones públicas para facilitar el desarrollo de estos proyectos? Rebajar la presión fiscal y mejorar la eficiencia administrativa serían dos aciertos, teniendo en cuenta que el colectivo repercute en la economía local, en la creación de empleo y en la vitalidad social de los municipios.

Quizá entonces la frase «ser autónomo es ser valiente» dejará de sonar como una advertencia implícita y se convertirá simplemente en el reconocimiento de una elección profesional más dentro de una economía saludable.

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