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Tribuna

Vivencias sensibles del 18

  • Ramón Grau Gràcia
Ex-regidor de Cultura de Tarragona

Actualitzada 09/01/2019 a les 19:29

Ramon Grau Gracia

Ramon Grau Gracia

Ramón Grau Gràcia

Finalizando mi cómputo ponderado del 2018, dos noticias me causaron tristeza y decepción. La primera sobrecogedora: el Observatorio de Sostenibilidad designó Tarragona como peor capital de provincia en tema medioambiental. Febrilmente, rebusqué en nuestra historia y ¡eureka! Comienzos del siglo pasado –año 1900, parece extraordinario, un siglo más 18 años, de mayoría de edad– el Director General de Sanidad, don Ángel Pulido, aseguraba en su Memoria que Tarragona ocupaba el lugar 36 de las capitales más sanas del mundo y el tercero de las españolas. Tranquilicé mi conciencia recordando vivamente mi vida política en 1995. Durante la travesía como diputado del Parlament de Catalunya, tuve el honor de ser ponente del Plan de Seguridad de las Químicas de Tarragona, muy ligado al medio ambiente que, afortunadamente, fue aprobado. No pretendo exonerarme ni mejorar mi atuendo ciudadano, pero sí puntualizar aquella preocupación y temor por el porvenir del asunto medioambiental. Efectivamente, ahí lo tenemos, ahora es aquel futuro. Nos ha tocado el subidón, somos la peor capital. Mediante una figuración dura, posiblemente un experto me diría que nos lo han puesto todo para llegar a esta situación.

La segunda. Se cumplen 18 años –otra mayoría de edad– de la inclusión de Tarraco en la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad. Para comprender la relación esencial de mi frustración con este aniversario, retrocedo también al año 1995. Andaba la última edición política en el Parlament y, a la vez, concejal del Patrimonio Histórico del Ayuntamiento. En mi empeño y débito a la ciudadanía en ambas instituciones me impuse una quimera firme: consolidar al máximo la honorabilidad del patrimonio arqueológico de Tarragona. Comprobada la certeza que nadie lo había intentado y consciente de la dificultad e inseguridad del éxito, propondría ante la más alta institución de Cataluña, iniciar el camino hacia la consecución del Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Previa autorización de Joan Miquel Nadal, alcalde audaz y valeroso, que mediante una sólida gestión y decisiones brillantes abordó el cambio, devolviendo la vida y el paisaje a la ciudad con sus realizaciones y marcando una nueva época. Tal fue su política efectiva que, desde la transición, nadie ha conseguido superar su mayoría absoluta y votos –que probablemente valoró mi propuesta como la oportunidad de aura singular para Tarragona.

Invité a los diputados miembros de la Comisión de Política cultural a visitar in situ la valía de la Tarraco romana. Conjugando ambas cosas, el 23 de Mayo expuse en el Parlament nuestro preponderante patrimonio monumental, cualificado de los más importantes de la Mediterránea. Conocedor de sus necesidades, entre otras urgencias, por ejemplo, insistí en la apremiante adecuación del Teatro romano, que ya Lluis Pons d’Icart en el siglo XVI lo pedía y recomendaba realizarlo el siglo XX antes que en el XXI. Finalizadas las intervenciones de los portavoces, mi propuesta obtuvo la aprobación por unanimidad. Había cumplido aquel anhelo.

Avalado por el Parlament, el Ayuntamiento se implicó emprendiendo una larga tramitación. Finalmente, el 30 de noviembre del año 2000, la Unesco concedió a Tarraco el honor del Patrimonio Mundial. Apolítico y vapuleado por la brega profesional, percibí la noticia con emoción.

La ciudad celebró, con un fastuoso acto, la trascendental noticia. No pensaba asistir, tampoco fui invitado. Claro, había pasado un quinquenio. Pero mi atrevida ensoñación había fructificado. Esperanzado, a partir de entonces, confiaba que Tarragona, Catalunya y el gobierno central emprenderían una ofensiva de apoyo y lanzamiento de la ciudad. No ha sido así, durante estos 18 años todo ha seguido lánguido, como siempre. Exceptuando la excelente actividad promotora de Tarraco Viva, ejemplo de buen hacer y la impecable Sociedad Arqueológica, plena de conocimiento histórico y acertadas opiniones, a veces desoídas. Tarragona llena de verdad, está vacía, precisa respuestas a las mismas preguntas: ¿esperamos otro regalo misterioso de benefactor americano o el mecenazgo caído del cielo para rescatar, descubrir y promocionar hasta dónde merece nuestro patrimonio histórico y artístico? ¿Preferimos ser la ciudad dejada y conformista que, por ejemplo: Dio nombre del Emperador Adriano –estuvo aquí entre los años 122 y 123– a una calle desierta de todo?

Con el tranquilo aplomo que nos caracteriza, en 18 años, ninguna especial singularidad, la ciudad no se ha convertido en un actor entusiasmado. Sólo realizaciones sencillas y obligadas, sin ir más lejos de lo normal. He aquí mi frustración y tristeza. Precisamos un grupo o líder de altura, emblemático e influyente, que empuje esta Tarragona que lo tiene todo: idílico clima, situación clave, mar, balcón, rambla, puerto, etc. Y, por fortuna, ese inmenso patrimonio romano, medieval, renacentista y modernista. Debido a parte de eso la eligieron los romanos. Pongamos por caso que hubieran escogido Reus –no podía ser, porque fue fundada siglos después por Robert d’Aguiló– para instituir una sencilla capitalidad, seguro que ellos, unidos habrían creado el gran Parque Temático Romano, acompañado de un espléndido montaje cultural y turístico. Es de admirar con asombro, como fundaron su mundo Gaudí, fue bautizado en Reus, pero sin la seguridad de su nacimiento –Reus o Riudoms– y soportando el vacío de no tener ninguna obra del universal arquitecto que, pese a muchos intentos, no consiguió encargo alguno. Ante nuestros ojos, Tarragona tiene una obra de Gaudí, pequeña pero importante –no sé si todavía está cerrada–.

¿Es posible que hasta hace poco un denso silencio popular ignorara su existencia? Somos así, vivimos nuestro Patrimonio viendo a diario sencillos ejemplos de la situación:

1) El insuficiente y anticuado Museo Arqueológico, cerrado desde agosto, una reforma podría empezar en septiembre. Se anunció situar el nuevo en la abandonada Tabacalera, ni se sabe.

2) Para controlar y vigilar casi un kilómetro de la muralla –monumento romano más grande de la península– que precisa solucionar problemas de conservación y hacer visitable el paso de ronda, sólo hay una persona.

3) ¿Qué le pasa al Fórum de la Colonia, alternando cierres?

4) En la antigua Audiencia, una escalera romana de mármol del siglo I llevaba años tapiada. Calle Mayor, bajo el cristal de un comercio está invisible la escalinata de acceso al Templo.

5) ¿Cuándo expropiar edificios de la Baixada Peixatería para recobrar la cabecera del Circo?

6) Anfiteatro, precisa resolver los problemas de vibraciones de la gradería –complicado, existe el ferrocarril– y solucionar las grietas y humedades en morteros de zona reconstruida.

7) Necrópolis Paleocristiana, ¡al fin abierto! Inexplicable la afrenta de veinte años cerrado. La zona funeraria al aire libre debe resolverse en general. Proteger los sarcófagos sin tapa, sobre todo dotarla de nueva cubierta e intervención en zonas inéditas.

Ya no me atrevo a insinuar la creación del Complejo Cultural del Patrimonio pero, por lo menos, vista la vibración electoral y sustituida por lejanos derroteros la gratuidad del autobús, reclamaría una gratuidad cultural, reinstaurar a los tarraconenses la de los museos y monumentos, que son suyos.
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