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Tribuna

Los títulos

  • Ramon Grau Gràcia
Exregidor de Cultura de Tarragona

Actualitzada 06/06/2018 a les 19:21

Ramon Grau Gracia

Ramon Grau Gracia

Ramon Grau

Pasados ya los temas sobre másteres y títulos de Madrid, estaba preparando mi nuevo artículo sobre las actitudes negativas de los romanos, que no todo fue miel sobre hojuelas, cuando leí el atractivo Els manaments de Moisés de este diario. Como siempre pleno de humor, ingenio, chispa y gracejo –que ¡mira que es difícil parir algo interesante cada dia con lo deprisa que pasan!– que, de buena mañana, me zampo del periodista Peñalver.

Insinuaba de nuevo el tema de titulación, que, por no tenerla, el Ayuntamiento le negó la contratación. Me parece humillante la rigidez, típica imposición de nuestra época del oficialismo sobre la razón. Reconozco mis escasas luces en temas universitarios, sí comprendo que un título es el justificante oficial que un individuo obtiene por haber recibido la formación adecuada para ejercer una profesión. Pero también entiendo que hay ineludibles circunstancias que impiden a buenos profesionales obtenerlo. Pondré algunos ejemplos –de Urbanismo, que conozco bien– de arquitectos que, salvo error u omisión, no tenían el título: Miguel Angel Buonarroti, autor de la bóveda de la Capilla Sixtina; Miers Wan de Roe, considerado el mayor arquitecto del siglo XX, Pabellón de Alemania en la Exposición Internacional de Barcelona 1929; Yoseph Paxton, autodidacta, predecesor de la arquitectura moderna, Crystal Palace en la Exposición Universal de Londres 1851; Le Corvusier, de formación artesanal, junto a Walter Gropius, principal protagonista del renacimiento arquitectónico internacional del siglo XX, Plan urbanístico de Paris 1925; Oscar Niemeyer, ciudad y catedral de Brasilia. Y para acercarme a la actualidad, Ricardo Bofill, barrio Gaudí de Reus que, si no me equivoco, lo creó cuando estudiaba arquitectura expulsado de la Universidad, alguien firmó su proyecto, posteriormente ya licenciado creó obras maestras.

Verdaderamente, eran genios, pero tampoco lo son todos los titulados, que admiro y respeto, pertenecen a la clase de poseedores de la formación oficial adecuada en arquitectura.

Trataré el tema históricamente: en la remota época de construcción de nuestra Catedral, casi toda la vida se desarrollaba alrededor de esa capital edificación, durante la obra y hasta su finalización abrupta, representó esencial prioridad en el conjunto urbano de la ciudad.

Reconstruiré su normalidad ejecutiva. Una gran iglesia comenzaba por el pavimento y la cabecera, a fin de emplazar el altar cuanto antes para celebrar misa. La obra se inició de estilo románico, que requería gruesos muros macizos y pesados actuando como contrafuertes para sostener las acostumbradas bóvedas de cañón. Pero, a principios del siglo XIII, llegó de Europa el estilo gótico, mas ligero, novedoso y símbolo estrella de la época.

Nuestro templo se adaptó a la nueva forma. El diseñó constructivo consideraba ineludible la geometría en las catedrales, el triángulo simbolizaba la Trinidad, el cuadrado la sintonía entre Padre e Hijo–por ejemplo el claustro se definía de manera que la superficie del jardín equivaliera a la de la galería periférica– y el círculo la génesis de la unidad de Dios. No existía el modelo actual del arquitecto, la sólida y templada gestión del proyecto y su dirección era desarrollada por el Maestro de obras –para obtener esa categoría había que demostrar ante un tribunal compuesto de varios miembros, que estaba capacitado– que trazaba los planos, determinaba y gestionaba los materiales, coordinaba y dirigía a los artesanos, diseñaba los artilugios necesarios para elevación de materiales y andamiajes, –pero, si se producía un accidente, sobre el Maestro caería el castigo divino– por supuesto configuraba el presupuesto adaptado al sector a construir y años de intervención en la obra global. El carpintero era el artesano esencial de la obra, que debía resolver multitud de complejos problemas con responsabilidad semejante a la del Maestro. Los canteros y albañiles precisaban de su aportación, consistente en cimbras para sustentación de arcos y bóvedas. Construía y desarrollaba su trabajo en la propia obra –en otro tipo de construcción sencilla, desde un principio se convertía en trashumante, preparando viguetas, tableados, vigas y estructuras de pequeño espesor o grandes secciones soportantes de cargas–. La Catedral precisaba de elevados andamios que asemejaban obras de ingeniería en precisión y acoplamiento, desde los troncos sin desbastar para los soportes verticales hasta las pasarelas de tablas, todo debía ser firmemente sujeto mediante recias cuerdas o ensamblajes. Como el maestro de obras, había comenzado su aprendizaje a partir de los doce o trece años en talleres o en la propia obra. Durante los primeros cuatro, en pago del aprendizaje el maestro recibía una cantidad de dinero de sus padres, luego, de oficial, ya era remunerado.

Sin perder de vista la enseñanza y para dar a conocer y difundir la cultura, durante la Edad Media existía la universidad, a la que en otro orden social, los jóvenes acudían a partir de los quince años, estudiaban seis en las facultades de Arte, Derecho, Medicina y Teología, –en la primera, se daba retórica, lógica, aritmética, geometría, música y astronomía–, clases que eran impartidas en voz alta por un profesor, basándose en escritos y estudios de antiguos autores. Los alumnos –sin libros, caros y escasos, copiados a mano– tomaban apuntes. Cuando un estudiante aspiraba obtener un título, el primordial era de Bachiller, si pretendía algo superior, intentaba el Magister, que autorizaba a ser profesor, debiéndose someter a un examen. Caso de poseer capacidad brillante y ambicionaba un Doctorado, la duración oscilaba de cuatro a seis años, en Medicina diez, el de Derecho comportaba doce y quince el de Teología. Para más altura existía una especie de «Master» nominado Burócrata, que permitía intervenir en asuntos de alguna corte real. Los universitarios modestos pasaban dificultades y estrecheces económicas. Los de familias acomodadas a menudo dejaban sus estudios o los alargaban sin pretender obtener licenciatura. Sin duda, en la Edad Media mejorar la vida y el prestigio mediante un Título, comparado con la actualidad implicaba casi una eternidad.
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