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Tribuna

Barracas y Chabolas. Tarragona 1960

  • Javier Villamayor Caamaño
Tinent d’Alcalde de l’Ajuntament de Tarragona

Actualitzada 13/02/2017 a les 10:18

Desde el 6 al 27 de febrero se puede visitar en el Centre Cívic de Bonavista una muy interesante exposición organizada por el Arxiu Històric de la Ciutat de Tarragona:  El barraquisme a Tarragona, fa cinquanta anys. La ciutat no reconeguda i els seus habitants. Como introducción a la misma me gustaría hacer un poco de historia sobre lo que fue esta forma no reconocida de hacer ciudad.

Con la aprobación del Plan de Estabilización de 1959 y con la aplicación de los sucesivos Planes de Desarrollo de los años 60, la dictadura de Franco entró en una nueva fase marcada por el desarrollismo y una tímida apertura política. Así pues, transcurrida la dura y penosa posguerra, la miseria económica y social empujó a miles de andaluces, extremeños, gallegos, aragoneses..., a emigrar en masa hacia los grandes centros urbanos. Barcelona y Madrid fueron sus principales destinos, pero también lo fueron ciudades como Tarragona. Cataluña se consolidó como el gran centro industrial peninsular y recibió a un millón y medio de inmigrantes que decidieron abandonar sus deprimidos pueblos de origen y se instalaron aquí buscando nuevas oportunidades.

En el caso de Tarragona, que hasta entonces era una ciudad escasamente industrializada, se inicia en esa época la construcción de la Universidad Laboral, la «Ciudad Residencial», se crea el Polígono industrial de Entrevías y Francolí, se instalan importantes empresas como Ceratonia, Siata Española, Seidensticker y Acerbi , y a partir de los primeros años 60, se inicia la instalación de un importante complejo petroquímico (IQA, DOW, BASF,…), produciéndose además, un espectacular desarrollo en el sector turístico (La Pineda, Salou,…). Todo ello, hace que Tarragona pase de poco más de 38.000 habitantes en 1950 a más de 52.000 en 1964.
Mientras la creciente oferta de puestos de trabajo era cubierta rápidamente por la gran cantidad de personas que llegaban sin cesar a la ciudad, el acceso a la vivienda constituyó uno de los problemas sociales más graves. El enorme flujo migratorio agravó considerablemente el endémico problema de la vivienda existente en Tarragona, caracterizado por un parque de viviendas escaso y anticuado. Todo ello provocó que buena parte de los recién llegados se fueran hacinando, inicialmente, en barracas construidas por ellos mismos en eriales abandonados en las afueras, constituyéndose en poco tiempo auténticos poblados chabolistas. Las chabolas eran construcciones muy precarias levantadas con maderos, cañas, chapas y otros materiales de derribo.

El aumento del chabolismo en las afueras de las grandes ciudades alarmó a las autoridades de la época y el Diario Español del 12-3-1964 titulaba así una de sus informaciones: «Orden del Caudillo contra el chabolismo», en la cual se manifestaba que el Ministro de la Vivienda J.M. Martínez Sánchez «había recibido la orden tajante del Caudillo de acabar con el barraquismo.» El ministro declararía que esperaban que para finales de 1965 el chabolismo quedara totalmente abolido en España. Por su parte, el gobernador civil de la provincia, Rafael Fernández Martínez, reconocería las dificultades para erradicar este grave problema, y solicitó en abril de 1964 al Alcalde de Tarragona, Benigne Dalmau, la realización de una inspección y un censo de las barracas existentes en el término municipal. Toda la documentación generada (entre ellas una ficha y una fotografía de cada una de las barracas existentes) se conserva en el Arxiu Municipal de Tarragona y han sido la base para realizar esta exposición. Según el citado censo el número total de barracas era ese año de 404 y el número total de personas que vivían en ellas 1.894, de estas, 1.240 procedían Andalucía (la mayoría de Córdoba y Jaén). Los principales núcleos chabolistas se encontraban en los márgenes del rio Francolí, Polígono Entrevías, Parcelas Tuset, Parcelas Sardà,…

Algunos de los antiguos residentes del Francolí y de Entrevías, me contaban que, a pesar de todo, la vida allí tampoco era mucho peor de la que tenían en sus deprimidos pueblos de origen, y que al menos aquí tenían trabajo. Nadie se planteaba vivir en ellas mucho tiempo, pues además de las deplorables condiciones de vida, vivir en el margen del río o junto a las vías del tren era un peligro constante. Hace unos días, Dolores Rivera (una vecina y amiga de Bonavista de 85 años) me explicaba que cuando ella vivió en Entrevías a una amiga suya de Benamejí, a la que llamaban La Rubia, la arrolló el Talgo cuando cruzaba la vía para ir a hacerle una transferencia de 5 duros a su hijo que estaba haciendo la mili; y que poco después a otro vecino un tren lo pilló y le cortó los pies. También me comentó como anécdota que un día los visitó el cardenal Benjamín de Arriba y Castro y les regaló una gallina a cada una de las familias que allí vivían. Y que su hija Dolores nació en Entrevías y la bautizaron en la iglesia del Serrallo. La familia Pedrosa Rivera, al igual que la mayoría, en cuanto pudieron se compraron una parcela en la naciente Bonavista y construyeron allí, trabajando los domingos y festivos, su propia vivienda. Normalmente los residentes de las barracas, cuando se iban a trasladar a una nueva vivienda, solían avisar a familiares o paisanos del pueblo para que ocuparan su barraca. En muchos casos las traspasaban, como si de un piso se tratase, pagándose cantidades que oscilaban entre las 1.000 y las 9.000 pesetas. Hay que tener en cuenta que el sueldo de un peón en 1960 era de unas 500 pts. a la semana.

Podemos afirmar que el barraquismo desapareció prácticamente de nuestra ciudad después de producirse la riada del Francolí de 1970. Las inundaciones afectaron gravemente a las chabolas aún existentes y las autoridades de la época decidieron poner fin a este grave problema y trasladaron a las 73 familias que aún vivían en chabolas al Preventorio de la Savinosa, y unos años más tarde, al nuevo y hoy desaparecido barrio de la Esperanza, situado entre Bonavista y Campo Claro.

Para terminar, sólo me resta recomendar una visita a la exposición. Como tarraconenses no podemos ni debemos olvidar esta parte de la historia reciente de nuestra ciudad, y su difusión contribuye al mismo tiempo a rendir un merecido homenaje al pasado barraquista de Tarragona.
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