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Pla general d'un visitant a l'exposició del Museu de les Terres de l'Ebre d'Amposta

paludismo, malaria, Montsià, Amposta, Delta del Ebro

Plano general de un visitante en la exposición del Museu de les Terres de l'Ebre de Amposta

Muestras de pacientes palúdicos ebrenses ayudan a estudiar la resistencia a los antibióticos

Una exposición recuerda la lucha contra la malaria con el material del médico que ayudó a erradicarla en el Delta

Actualizada 20/08/2020 a las 13:32

En el Museu de les Terres de l'Ebre de Amposta se puede visitar hasta finales de octubre la exposición sobre la lucha antipalúdica en el Delta con el legado del doctor Ildefonso Canicio, el médico que la lideró desde su dispensario médico de Sant Jaume d'Enveja (Montsià). Entre gráficos y utensilios, el doctor Canicio conservó también todas las muestras de sangre de los pacientes durante 20 años. El CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) las ha utilizado para secuenciar el ARN y determinar el origen del paludismo en España y en Sudamérica pero estas muestras podrán servir, con una secuenciación del ADN, para que la investigación biomédica encuentre elementos genéticos que ayuden a superar la resistencia que se está produciendo en los antibióticos.
 
Con las muestras de sangre de los portaobjetos que han conseguido conservar la hija y los nietos del doctor Canicio, el CSIC secuenció el año 2016 las cepas locales del Plasmòdium vivax y el Plasmòdium falciparum, dos de las especies de parásitos que provocan la malaria en humanos. Estas muestras son los testimonios genéticos más antiguos de los microorganismos que provocaron el paludismo en Europa. «Con la secuenciación del ARN que ha hecho el CSIC se interpretó que el paludismo más maligno que se detectó aquí llegó desde el Oriente Medio pero tenía su origen en la India. También se determinó que el paludismo que llegó a Sudamérica lo llevaron los colonizadores españoles», ha detallado el director del Muse de les Terres de l'Ebre, Àlex Farnós.


Si la investigación biomédica continúa, a partir de la secuenciación del ADN nuclear de las dos especies, se puede descubrir cuáles son las mutaciones que tienen las cepas actuales de los dos patógenos que les permiten ser cada vez más resistentes a los tratamientos actuales. «Podrían encontrar elementos genéticos que ayuden a superar la resistencia que actualmente se está produciendo porque los antibióticos son posteriores a estas circunstancias y estas cepas del plasmódium no estaban en condiciones para tener resistencia en los antibióticos», ha señalado Farnós. «Guardar este material ha tenido un valor patrimonial pero también científico», ha añadido. La malaria todavía afecta a más de 200 millones de personas cada año en todo el mundo y unos 2 millones mueren a causa de la enfermedad, según datos de la OMS (Organización Mundial de la Salud).

La lucha antipalúdica
El doctor Ildefonso Canicio, natural de Sant Carles de la Ràpita (Montsià), ejerció de médico en Sant Jaume d'Enveja entre 1923 hasta que murió en 1961. Pasaba consulta médica a la vez que lideraba la investigación para erradicar el paludismo o malaria, una enfermedad que asoló el Delta del Ebro desde finales del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX. Cuando el cultivo del arroz se extendió en la zona y se hicieron los dos canales de riego del Ebro, se favoreció la presencia de mosquitos, en concreto el Anopheles que transmite, con las picaduras de la hembra, los protozoos Plasmòdium. La enfermedad provoca vómitos, anemia y fiebre alta y puede acabar provocando insuficiencia renal o la inflamación del bazo, entre otros.

Antes de la introducción del cultivo arroz, el paludismo era una enfermedad endémica en el Delta –con un millar de enfermos cada año- pero la situación se agravó con la llegada de gran número de trabajadores, venidos sobre todo de Valencia y Andalucía, a trabajar en la cosecha. En aquel momento se desconocía que la extensión de la parasitosis se produjo porque los temporeros provenían de zonas donde se encontraba el plasmodio. No se sabía que la enfermedad la provocaba el protozoo y las condiciones en que vivían estas personas y los habitantes del Delta hacían más fácil esta propagación.

Se generó la creencia que los arrozales provocaban más paludismo y en el Ebro hubo conflictos entre las poblaciones del Delta y las del interior, como ha explicado Farnós. Uno de los momentos más complicados se produjo en 1880 cuando se cerraron los desagües que vertían en la Encanyissada y se registraron casi 80 muertos.

A partir de 1915, la Mancomunidad de Cataluña mandó la lucha antipalúdica a los deltas del Ebro y del Llobregat. Aquel mismo año se hicieron los primeros tratamientos con quinina y en 1917 se creó un dispensario antipalúdico en l'Aldea. Ante el aumento de enfermos, muchos de los cuales eran bebés, la Dirección General de Sanidad se vio obligada a instalar varios dispensarios antipalúdicos en la zona, uno de los cuales estuvo el de Sant Jaume d'Enveja. En 1925 se inauguró con el doctor Ildefonso Canicio y el doctor Pablo Cartañà al frente. Cartañà se marchó a Barcelona dos años después y Canicio siguió investigando y tratando enfermos hasta que el paludismo acabó.

Artur Sánchez ayudaba al doctor Canicio a extraer sangre de los pacientes con la que se hacían unas preparaciones de gota grande y eran analizadas en microscopio. Todos los casos analizados eran recogidos en unas fichas proporcionadas por la Generalitat de Catalunya o por la Dirección General de Sanidad. Se recogían los resultados de los análisis, en función de sí eran positivos de paludismo o no, y en caso afirmativo, qué tipo de paludismo era. Del estudio de estas fichas se confeccionaron unas gráficas, hechas a mano por el mismo doctor, en las que consta qué tipos de paludismo había en el Delta y también el número y la procedencia de los enfermos.

El médico de Sant Jaume guardó todo el material y todas las muestras recogidas entre 1925 y 1949. Su hija lo conservó y hace unos años los nietos lo cedieron al Museu de les Terres de l'Ebre, que ahora lo expone hasta finales de octubre. Los paralelismos de aquella situación y la pandemia actual también se han puesto de relieve con el audiovisual Un mal petit, de Oriol Gracià, que forma parte además del ciclo Ebre, Art i Patrimoni.
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