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Un tractor amb animals morts de la granja més afectada per l'incendi de la Ribera d'Ebre.

«Salimos por piernas», relata un trabajador de granja afectada por el incendio de la Torre de l'Espanyol

Un tractor con animales muertos de la granja más afectada por el incendio de la Ribera d'Ebre.

Pla general dels animals morts dins de la granja de

«Salimos por piernas», relata un trabajador de granja afectada por el incendio de la Torre de l'Espanyol

Plano general de los animales muertos dentro de la granja de la Torre de l'Espanyol.

«Salimos por|para piernas», relata un trabajador de granja afectada por el incendio de la Torre de l'Espanyol

La lengua de fuego que arrasa desde este miércoles el norte de la Ribera d'Ebre deja un rastro de desolación

Actualizada 27/06/2019 a las 16:32

Robert Jornet lo ha perdido todo. 200 corderos, un caballo, un asno, tres máquinas agrícolas y toda la cosecha segada este año de su finca. La peor pérdida, sin embargo, puede ser el desánimo que acabe condenando al abandono su explotación agropecuaria de la Torre de l'Espanyol (Ribera d'Ebre) arrasada por una lengua de fuego que recorrió más de diez kilómetros en poco más de dos horas este durante este miércoles por la tarde. Uno de los incendios más veloces y voraces que se acuerda en las últimas décadas, animado por la insistente marinada y un territorio extremadamente seco, con un bosque escasamente gestionado. «Salimos por piernas», explica Abel, uno de los trabajadores de la explotación. Sus esfuerzos por salvar animales y maquinaria resultaron en vano. Por poco no pierden la vida también.

Abel se marchaba a comer al pueblo sin que ninguna señal de alarma aparente hiciera temer el desenlace posterior. «Llegando al pueblo vimos un humo pequeño y fuimos. Cuando vimos que subía la montaña en volver hacia aquí», relata. Robert, que este miércoles trabajaba en otra finca, recuerda los esfuerzos que tuvieron que hacer para salvar las máquinas y los animales del avance implacable del fuego. Sólo consiguieron salvar una cosechadora. «A cinco metros no víamos a una persona de otra. Nos marchamos. Que pase lo que quiera. Aquí no hay nada que hacer», recuerda con absoluto desencanto.

A partir del momento que lo vieron sacando la cabeza por el cuello próximo a la granja, todos comprendieron que el fuego se había hecho dueño y señor de la situación, que poco se podía apelar ante la virulencia de las llamas. «Se encendió todo. El tractor quemado. La cosechadora, los rulos y las pacas –de cereal- que tenían que entrar al almacén, todo quemado», precisa. Entre 200 y 300 balas, 200 corderos, un caballo, un asno, una máquina y dos tractores. Las instalaciones destrozadas: la luz, las cámaras, el tejado, los comedores de los animales. «No ha quedado nada. Todo desfigurado», sentencia. «Y lo que no se ve: cuando entremos dentro saldrán más cosas», añade.

Este jueves por la mañana, todavía intentando digerir aquello que nunca había podido imaginar. Robert y sus compañeros trabajan a destajo retirando los cadáveres de los animales y limpiando el espacio. Un hedor a calcinación y muerte invade el terreno donde se ubica la granja. Olores que se mezclan con otros restos quemados, el caucho y el combustible, por ejemplo. Las palas recogen por decenas los cuerpos de los corderos todos ennegrecidos y destripados. «Tienen que pasar todavía dos o tres días para que baje todo», reconoce Jornet.

No reprochan, en particular, la actuación de los bomberos pero lamentan que una actuación rápida por parte de las avionetas o los helicópteros los habría permitido salvar buena parte de lo que tenían. «Fue todo muy rápido, pero si hubieran podido tirar con una avioneta en dos o tres puntos dos o cuatro pasadas no habría pasado», reprocha Jornet. Abel dice que vio un helicóptero. Posteriormente, los bomberos, desde el terreno, les indicaron que abandonaran el lugar|sitio. Del que no tienen duda, los dos, es que la situación difícilmente habría llegado a estos extremos. La sequía, el viento y las fincas abandonadas espolearon un fuego que corrió a la velocidad de la luz, «un desastre».

Las tierras se dejan perder
«Si fuera como años atrás, si no hubiera ninguno de los impedimentos actuales no habría pasado. Habría entre 700 y 900 ovejas y cuando lloviera, las comerían todos los romeros. Estaba más limpio que ahora. Y ahora porque sembramos nosotros, si no... incluso las tierras buenas, al lado de los pueblos se pierden», cierra Jornet.

El ganadero ya conoce, de referencias externas, que se ha iniciado una campaña de solidaridad para que pueda continuar su actividad. Al escuchar la repercusión no reprime una cierta gesticulación que denota esperanza. Una veintena larga de propietarios de explotaciones de todos los Países Catalanes que han ofrecido animales a su colega ebrense. Si él acepta, se empezará una campaña de micro mecenazgo que sufragará el coste de la recogida y traslado de las cabezas de ganado.

De momento, a muy pocos kilómetros de su granja, los bomberos siguen luchando desesperadamente contra las llamas. La marinada de mediodía ha reavivado algunos focos dentro de la zona del perímetro que ya se daba en buena medida por apagado. Las tareas se multiplican y el ingente esfuerzo no encuentra todavía recompensa. El anuncio de un posible incendio en la Fatarella hace encender todas las alarmas en el Centro de Mando Avanzado. La lucha tendrá que continuar.
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