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Fotografia família dels nens del casal d'estiu amb els monitors de Creu Roja, ahir, a la platja del Miracle.

«En Ucrania, el agua era verde, aquí es transparente»

Fotografía familia de los niños del centro de verano con los monitores de Cruz Roja, ayer, en la playa del Miracle.

«En Ucrania, el agua era verde, aquí es transparente»

Cruz Roja Joventut organiza un casal para hijos de refugiados y niños en riesgo de exclusión
  • Guillem Andrés

Actualizada 18/07/2019 a las 09:34

En Ucrania hacía muy frío y la comida no les gustaba. «Muchos problemas», repiten varias veces a las dos hermanas. Arina tiene 9 años, es la grande. Sentada desde una roca del espigón de la playa del Miracle, observa cómo Polina juega con la arena. Los otros dos hermanos, más pequeños, no paran de rondar y de salir y entrar en el agua. Un quinto hermano todavía no anda y es demasiado pequeño para ir al centro de verano que organiza Cruz Roja Juventud Catalunya. Huyendo de la guerra, hace poco más de un año, los padres de esta familia de siete miembros pidieron asilo en España. Ahora, intentan empezar una nueva vida en Tarragona.

«El objetivo es que se lo pasen bien, que tengan un lugar donde ir en verano», explica Jessica Parra. Esta pedagoga es una de las monitoras de este casal dirigido a niños y niñas, hijos de refugiados y para niños tarraconenses en riesgo de exclusión social. Desde hace dos semanas, una veintena de niños pasan la mañana en el espacio de Cruz Roja ubicado en el Port. «Hacemos los deberes y jugamos al juego de la bomba», dice Valentina, de cuatro años, procedente de Venezuela y a quien le encanta bañarse en la piscina.

Hoy es un gran día, el segundo que los monitores llevan a los chiquillos a la playa. Algunos ya la conocían, como la Imán, de 9 años. Valentina, sin embargo, ha descubierto la playa en Tarragona. A Arina, la transparencia del agua del Miracle le gusta más que la playa de Berdanska (Ucrania), donde vivía. «Allí era mala, era de color verde», explica.

La Cruz Roja es una de las entidades que en España acoge a las personas refugiadas que, por motivos raciales, políticos o por la guerra, huyen de sus países y piden protección. El centro de verano que organiza a Cruz Roja Juventud de Tarragona se dirige a aquellas familias con pocos recursos, ya sea por la situación personal en casa, o bien porque el exilio y el proceso de asilo dificultan, al inicio, una estabilidad económica para los progenitores. Muchos de ellos se tienen que reinventar y buscar un futuro profesional totalmente diferente del trabajo que desarrollaban en sus países de origen.

«Sus padres no pueden cubrir sus necesidades porque no tienen permiso de trabajo. En este periodo, Cree Roja les da cobertura para las necesidades básicas como material escolar o este casal», describe a Anna Bota, del departamento de refugiados de Tarragona.

El proyecto de Cruz Roja Juventud de este año es nuevo. La entidad ha decidido prolongar durante el verano un servicio extraescolar que tiene lugar durante el año que está destinado a niños con riesgo de exclusión social y ampliarlo, también, a hijos de refugiados. Coordinados a través de la Escuela El Serrallo, educadores, trabajadores sociales y pedagógicos, organizan durante el invierno actividades y juegos para que los niños no dejen en ningún momento ser niños. El proyecto también tiene lugar en el Vendrell y en Vila-seca. En los hogares de estos niños hay pocos recursos económicos, uno de los padres está en otro país, o bien se trata de niños que tienen problemas para adaptarse a la sociedad. Una vez, una niña se le rompió el zapato y el día siguiente no asistió al casal porque no tenía otro. A veces, alguno de los niños no lleva el desayuno. «Quizás no tienen nada en la nevera, tenemos que tener en cuenta cuando preguntamos a los padres qué» ha «pasado», comenta Parra.

Hoy, un grupo de unos 12 niños y niñas aprenden el significado de las banderas de las playas con un divertido taller organizado por los socorristas de la playa Arrabassada. La pedagoga percibe como entre los niños refugiados, la alegría se dispara con más intensidad. «Son muy felices con cosas sencillas. Cuando les decimos que vamos a la playa te montan una fiesta impresionante», observa Parra.

Los niños provienen de Ucrania, Colombia, Venezuela, Siria, El Salvador y, recientemente, también de Georgia. «Se trata de que los niños puedan disfrutar. Para ellos es un cambio, han dejado atrás sus amigos, mucho de ellos quizás no saben qué ha pasado. Todo es nuevo y algunos todavía no han hecho nuevos amigos», comenta Bota. Algunos de estos padres realizan diferentes cursos para readaptarse y redirigir el rumbo de sus vidas y no pueden estar pendientes de los hijos como querrían. Arina y Polina han acabado 4º y 3º de Primària respectivamente. A la primera, los estudios no le cuestan nada. «Saco ochos y nueves», comenta orgullosa con un castellano más o menos fluido. Atrás queda la leche de mala calidad mezclada en agua que evitaban tomar en Ucrania, un país todavía dividido por una guerra iniciada en el 2014 sin un claro horizonte para la paz. «La comida comprada estaba mala, nos lo teníamos que hacer nosotros mismos», recuerda el Arina.

Bota trabaja en la llamada primera fase de acogida de los refugiados haciendo visitas a los pisos de acogida que a Cruz Roja les ofrece durante seis meses. El objetivo es que, con el tiempo, las familias sean cada vez más autónomas. «Les damos un empuje», explica. Así mismo, no todos los refugiados acceden a las ayudas. «El sistema está saturado», avisa.
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