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El comunista Marcelino Camacho, en el primer gran míting electoral a Tarragona, celebrat a Bonavista el 1976.

«Faltaba de todo, estaba el caldo de cultivo perfecto para que el boicot triunfara»

El comunista Marcelino Camacho, en el primer gran mitin electoral en Tarragona, celebrada en Bonavista en 1976.

JAVIER VILLAMAYOT
D'esq. a dreta: Quirós, Berzosa, Caamaño, Soria i Hornero, a la Llar de Jubilats de Bonavista.

«Faltaba de todo, estaba el caldo de cultivo perfecto para que el boicot triunfara»

De izq.. a derecha: Quirós, Berzosa, Caamaño, Soria y Hornero, en el Hogar de Jubilados de Bonavista.

«Faltaba de todo, había el caldo de cultivo perfecto para que el boicot triunfara»

Se cumplen 45 años de la huelga del autobús en Bonavista que movilizó unos 400 antidisturbios

Actualizada 08/04/2019 a las 11:01

El 28 de marzo de 1974 los antidisturbios, más conocidos como los grises, tomaron Bonavista. Días antes por el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), los vecinos se rebelaron contra la subida del 25% del precio del autobús. Durante más de 10 días, el barrio entero se movilizó mediante un boicot generalizado contra el autobús que obligó a la compañía Gasol a ceder, en parte, a las exigencias vecinales.

Entre los ladrillos de una casa a medio construir, como la de centenares de vecinos que entonces levantaban con sus manos sus viviendas, un pequeño grupo de comunistas se reunían por primera vez para decidir las acciones a tomar. Los piquetes informativos en la parada del bus de Bonavista, y después en el resto de Tarragona, desencadenó en pocas horas en una huelga de cariz ideológico contra un régimen que empezaba a agonizar.

Gonzalo Quirós, 74 años, recuerda bien el inicio de la protesta. «Cinco agentes llegaron a la calle veinte y algunos activistas empezaron a pelearse con ellos cuando intentaron llevarse a algunos de los jóvenes en los furgones policiales», explica. Al lado del PSUC, también tuvo un papel relevante Plataformas Anticapitalistas. Al segundo día, los primeros autobuses cargados de antidisturbios llegaban en Bonavista. Habría entre 150 y 200. La calle veintiuno era un desfile», relata Quirós, uno de los impulsores, junto con el comunista José Arjona, de aquella movilización histórica que movilizó antidisturbios de Tortosa, Logroño y Valladolid.

Los años 70 Bonavista era un barrio en construcción y las carencias eran absolutas entre los centenares de inmigrantes andaluces –muchos de Córdoba y Jaén– que venían a trabajar a la ciudad. «No teníamos consultorio médico, ni escuela y el alumbrado era muy malo y muchas calles estaban sin asfaltar», apunta Salvador Caamaño (63 años), también miembro del PSUC. Los vínculos familiares y un entorno «donde faltaba de todo» propiciaron el «caldo de cultivo» ideal para que triunfara el boicot, que denunciaba el aumento de 4,5 a 5,5 pesetas del precio del ticket.

Junto con la Asociación de Vecinos de Bonavista, una de las más activas de la ciudad, la protesta estuvo coordinada en todo momento por un PSUC que, en el barrio, tuvo 300 afiliados. Los comunistas querían utilizar el conflicto para reforzarse y «erosionar» un régimen «que ya estaba bastante tocado». Era una gran oportunidad, reconoce Caamaño, para hacer «propaganda política». En las primeras elecciones democráticas de 1977, el PSUC recogía en el barrio el 64% de los votos.

Mientras los autobuses circulaban vacíos de Tarragona a Bonavista, los vecinos se organizaban en coches particulares para trasladarse a la ciudad y seguir con las gestiones del día a día.

En su libro Bonavista, una biografía Social, Federico Bardají explica que la huelga de autobuses «fue todo un hito de la historia del movimiento ciudadano de Tarragona, Cataluña y España». La tensión de la protesta provocó que el gobernador civil permitiera una asamblea –en la que asistieron unas 3.000 personas– para intentar acabar con el boicot. «Unos 400 policías ocupaban literalmente el barrio, vigilaban las paradas e irrumpían en los bares, golpeando a diestro y siniestro,» escribe el historiador.

Apoyo de la iglesia
Quirós recuerda el papel activo de Faustiño Arnal, el mosén de la iglesia, y los dos mosenes jóvenes «muy comprometidos». La Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), presidida por Domingo Caamaño, «favoreció que la iglesia jugara aquel papel», explica el hijo de Caamaño. La policía, incluso, autorizó al sacerdote a hacer de mediador con el gobernador civil para que los vecinos salieran de la iglesia sin incidentes después de seis horas cerrados al interior.

En una última assamblea en el Hospital Joan XXIII, el PSUC desconvocó la huelga, después de conseguir que la subida del precio del bus se quedara en las 5 pesetas, el duro. En una Tarragona «donde prácticamente no se movía nada», Caamaño explica que acudieron jóvenes a la protesta «con la idea de hacer la revolución». Francisco Soria (74 años) señala que, a partir de aquella movilización, el número de paradas de autobús proliferó. Bardají escribe que de forma paralela surgieron otros boicots en los autobuses en Sabadell y Terrassa, «aunque no adquirieron el carácter de huelga general que revistió en Bonavista». Francisco Hornero, de 76 años, destaca el papel de los «compañeros que venían organizados desde Francia» y que vivían en el país vecino, para entender el éxito del boicot. Con su 600, Hornero, responsable de la capacidad financiera de 25 activistas comunistas que, como él, operaban en la clandestinidad que obligaba la lucha antifranquista, se dedicó a llevar a los vecinos de su puesto de trabajo a su casa.
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