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Anna (nombre ficticio) Víctima de violencia de género Violencia de género
L'Anna, ahir, en un moment de l'entrevista al Centre Cívic de Bonavista.

«Me dijo que me mataría y me tomaría a mi hijo»

Anna, ayer, en un momento de la entrevista en el Centro Cívico de Bonavista.

«Me dijo que me mataría y me quitaría a mi hijo»

Durante un año y medio Anna sufrió maltrato psicológico por parte de su pareja, quien ejercía un control sobre ella y la amenazó de muerte

Actualizada 27/03/2019 a las 09:31

Anna (nombre ficticio) convivió con su maltratador un año y medio. Al principio pensaba que sólo eran «celos». Los episodios del control que ejercía sobre ella se fueron sucediendo. «¿Con quién hablas? ¿Dónde vas?», le preguntaba su pareja. Cuando los «celos» se convirtieron en una amenaza, Anna, de 44 años, se decidió a denunciar su situación a la policía. Los Servicios Sociales municipales la acogieron en un piso para víctimas de violencia de género durante un año. Hoy, Anna, madre de dos niños (18 meses y 4 años) rehace su vida en una nueva vivienda, gracias a un nuevo trabajo como cuidadora, después de recibir la orientación formativa de los trabajadores sociales. Es un rostro más de la violencia de género, una de las 9.068 mujeres que en 2017 vivió en Cataluña una situación de violencia machista, según el Observatorio de Igualdad de Género (OIG).

—¿Cuándo empezó a notar cosas extrañas?
—Cuando estaba embarazada de ocho meses, él se marchó a Valencia para buscar trabajo. Desde allí me empieza a decir cosas que no vienen al caso. Me preguntaba si estaba con otro hombre, si había otra persona en mi vida. No pensaba en ningún otro hombre, pensaba en el futuro que tendríamos con un niño en el vientre. Yo no quería otro niño, pero lo tuvimos. Ahora tiene 19 meses. Tener hijos es lo mejor que hay en el mundo.

—¿Qué le decía?
—Me amenazó con qué vendría, me mataría y me quitaría el niño. No sé qué le pasó por la cabeza. Estaba enfermo de los celos que tenía. Nunca le gustó que me viera o parara con un hombre que no fuera él.

—¿Era consciente de la situación?
—Bien, veía que era un poco celoso, pero realmente estaba enfermo de celos. Nunca tuvimos una pelea fuerte ni me puso la mano encima. Un día no respondí a una llamada suya y me amenazó. Fue cuando lo denuncié.

—¿Todas las amenazas las hacía a través del teléfono?
—Sí, me enviaba mensajes. Cuando lo denuncié, vino aquí y se celebró el juicio rápido. El juez dictó una orden de alejamiento de 500 metros durante un año y cuatro meses y lo condenó a 36 días haciendo trabajo con la comunidad. Ya se ha acabado. Me decía que no tenía derecho a impedir que viera al niño. No se lo impedía, pero quería que se diera cuenta de lo que me estaba diciendo. Suerte que corroboró en los juzgados que se me había dicho todo eso.

—¿Habría querido que la orden de alejamiento se hubiera alargado más tiempo?
—No me molestó, tampoco ha hecho nada para conocer a su hijo. No me ha buscado ni nada.

—¿Cuánto duró el control a través del móvil?
—Siempre me preguntaba con quién hablaba. Fue poco a poco. No me dejaba ni hablar por teléfono. No entendía cómo podía ser tan celoso.

—¿Recuerda otros episodios de control?
—Una vez vinieron amigos a casa. Estábamos tomando café y un chico me tocó la pierna y él estaba mirando. Cuando se marcharon me preguntó qué pasaba y le dije que nada, que sólo se le había escapado la mano y me había tocado la pierna. Me montó un buen alboroto. Yo no lo entendía, estábamos entre amigos, no pasaba nada. Otro día se quejó porque fui a casa de una amiga a Constantí y me dijo que lo dejaba solo. «¿También estás celoso de mi amiga?», le dije. Yo también tengo derecho a verme con mis amigas, cómo hacía él.

—El maltrato que sufrió es psicológico.
—Sí, hay muchos maltratos. Quizás tenía miedo a acercarse a mí y que la policía se le lanzara encima. Pero mira lo que ha hecho. Se lo tiene que meter en la cabeza, no puede ir diciendo estas cosas. Si me ha pasado a mí, le puede pasar con cualquier mujer con la que esté.

—¿Lo explicó a sus amigos o a la familia?
—Se lo dije a una amiga que me ayudó muchísimo. Viví en su casa un tiempo en Bonavista hasta que la propietaria del piso le dijo que no quería a más personas. Cogí a mis hijos y me fui. De repente, me vi en la calle y fue cuando acudí a los Servicios Sociales de Reus. No sabía dónde ir y allí tenía amigas.

—¿Cuándo pasó todo eso?
—Hace dos años aproximadamente. No tengo recuerdos de él, ahora sólo pienso en el futuro. Si el padre hubiera buscado a su hijo, pero no lo ha hecho. Si algún día me pide la custodia, me negaré. He sido yo quién les ha criado.

—¿Cómo lo vivían tus hijos?
—El grande de cuatro años se me preguntaba si él se había marchado. No sabía qué decirle. Llegó un punto en que dejó de preguntar. A veces me veía llorar porque me venían recuerdos y me preguntaba por qué lloraba. Ahora he conocido a otra pareja. No he cerrado las puertas a nadie, pero espero que esta vez no me salga mal.

—¿Le costó reconocer que era víctima de violencia de género?
—Un poco, pero lo acepté. Hay casos mucho peores que el mío, mujeres que han matado.

—¿Qué le diría a una mujer que empieza a sufrir su situación?
—Si hay indicios de maltrato que denuncie para que, así, se acaben. Ahora tengo un trabajo nuevo, una casa nueva y soy muy feliz gracias a Diós.
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