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«Tenemos que transmitir a los niños y jóvenes que la vida es bonita y que vale la pena»

La autora del libro ‘Educar para amar la vida’ impartirá una conferencia el martes 27 de febrero, a las 18h, al Colegio de Farmacéuticos de Tarragona

Actualizada 26/02/2018 a las 09:50

—Qué tenemos que hacer para inculcar las ganas de amar la vida?
—Si lo que es deseable es encomendar a nuestros hijos y alumnos las ganas de hacer alguna cosa positiva con su vida y también alguna cosa positiva por aportar a la vida, los tenemos que transmitir que la vida es interesante, bonita, que vale la pena. Si les damos a entender que la vida es una fatalidad, y que estamos desencantados, los costará mucho. A menudo nos quejamos de que nuestros hijos y alumnos no están motivados. ¿Pero, y nosotros, lo estamos?


—Hacer esta tarea requiere de una educación emocional.
—Por supuesto. Este es el punto esencial. Quién quiera hacer alguna cosa buena con los niños y jóvenes, el primero que tiene que hacer es alguna cosa consigo mismo. Si quieres educar, te tienes que educar. Si quieres ayudar a crecer, tienes que crecer, revisar qué cosas estás transmitiendo. Si tienes cuestiones no resueltas, estas pueden ser un obstáculo. La responsabilidad como persona que educa es ver qué se está transfiriendo y si aquello que transferimos ayuda u obstaculiza los objetivos que nos planteamos. A veces estamos cargados de incongruencias que dificultan el crecimiento.

—Cómo son las personas que aman la vida?
—No son personas a quién todo les ha ido bien, sino el contrario. Han pasado dificultades pero las han sabido transitar y transmutar. De las situaciones difíciles han extraído sabiduría, humanidad, sensibilidad y fortaleza. No son ilusas ni pesimistas, sino realistas en el sentido de saber que hay una parte de la vida en que pasan cosas buenas y se quieren implicar en esta parte, para hacer que pasen más. Saben que también hay cosas negativas, pero no dramatizan ni victimizan.

—Este realismo, lo tenemos que transmitir a los hijos? ¿La verdad tiene que ir siempre por delante?
—Ser optimista realista implica ver la cara desagradable de la realidad. Los pesimistas sólo ven la desagradable y los ilusos sólo el agradable. Los optimistas realistas las ven las dos, pero se implican en la positiva. Con la educación pasa el mismo: nosotros mostramos lo que hay, no escondemos la realidad. Eso no quiere decir explicar todas las desgracias que pasan. Por ejemplo, no hay que decir a los niños que se morirán. Pero cuando la muerte nos visite de cerca, tenemos que saber afrontarlo con el máximo de tacto y serenidad. El hecho de que no escondemos la realidad no quiere decir que se pueda decir|llamar todo, de cualquier manera, en cualquier momento y en cualquier edad: nos tenemos que ajustar a lo que el niño puede entender. Además, tiene que ser dicho por un adulto que tenga este control emocional que decíamos.

—El caso contrario a esta manera de actuar es la sobreprotección. ¿Es mucho presente, a nuestra sociedad?
—Sí, está muy de moda mantener a los niños dentro de una burbuja. Creo que eso tiene mucho que ver con nuestras emociones. ¿Al final, por qué sobreprotegemos? Porque no queremos que sufran, porque queremos postergar al máximo que se den cuenta del terrible que es la vida, y porque su padecimiento nos hace sufrir más a nosotros, y eso no lo aguantamos. Eso, en el fondo, nos está diciendo que estamos desencantados de la vida. Sin embargo, no hay que sobreproteger. Con proteger, hay bastante. Proteger de aquello que podría poner en peligro su integridad física y psíquica. Si muestro la cara bonita de la vida y tengo serenidad para hacer un buen acompañamiento, sin alarmar, no tengo por qué excluir la cara no tan agradable, porque el hecho de tenerla presente hará que el niño o el joven tenga recursos para afrontarla y levantarse cuando caiga.

—En su libro hay una interesante reflexión sobre cómo tiene que ser la educación, y la compara con la gamba de Palamós.
—Estaba en la Bodega de Can Roca, y un camarero nos explicó que cada vez cuecen menos la gamba. Lo hacen, dijo, porque la naturaleza la ha hecho tan perfecta que no la quieren estropear. Me hizo pensar que en la educación, a menudo vulneramos la esencia del niño y estropeamos aquello que por naturaleza está destinado a brillar, desarrollarse y expandirse. La educación tendría que tener esta sensibilidad, y crear contextos que hagan salir las cualidades naturales del niño.
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