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Irene Marta Guinovart De Tarragona a Santiago de Chile Tarragonins pel món
Guinovart durant el seu viatge fora de la capital.

Me llevaría la cerveza 'michelada' y el 'sali merkén'»

Guinovart durante su viaje fuera de la capital.

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«Me llevaría la cerveza 'michelada' y el 'sali merkén'»

Irene Marta Guinovart está estudiando un semestre de su carrera de Biología Ambiental en la Universidad Andrés Bello, en Santiago de Chile
  • Redacció

Actualizada 30/08/2019 a las 15:02

Irene Marta Guinovart es una tarraconense de 21 años y hace poco más de un mes aterrizó en Santiago de Chile para continuar la carrera académica. Estudiando de Biología Ambiental en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), estará un semestre en la Universidad Andrés Bello.

—¿Cómo ha sido su trayectoria profesional hasta ahora?

—Hace tres años que me marché a estudiar Biología Ambiental a la UAB, un grado que conocí justo haciendo las preferencias para la solicitud a la universidad. He estado trabajando como educadora ambiental y haciendo talleres de ciencia para niños. También he hecho voluntariados de conservación ambiental.

— ¿Qué motivos la llevaron a ir a Santiago de Chile?
—Desde muy pequeña quería hacer Biología marina y aquí como tal no existe, así que cuando buscaba qué grado hacer ya me lo planteé. También para conocer mundo, gente nueva, otras maneras de hacer y crecer personalmente.

—¿Cuál fue su primera impresión al llegar?
—En un principio me decepcioné, no era lo que me esperaba. Después vi que era la hora (difícil jet lag), que no todo el café era malo y que había cosas fascinantes y muy interesantes, de esta manera me motivé para conocer el país y la ciudad, ya que nos dijeron que Chile no era sólo Santiago y, fuera de la gran metrópoli, las cosas cambiaban.

—¿Fue muy sorprendente el cambio o fue, más o menos, tal como se lo había imaginado?
—No me había imaginado nada, así que sí. La comida y la cocina me sorprendieron. También la vida en la calle que hay: venta de objetos de todo tipo, comida, la música, ensayos... Pero sobre todo el metro, que en hora punta tiene buena frecuencia y está muy saturado de gente, es muy silencioso y sin insultos, sólo sientes disculpe y permiso, cosa que es muy agradable dentro de lo que cabe cuando vas ambutida en un tren.

—¿Cuáles son los lugares más característicos de su nueva ciudad de acogida?
—Un lugar que descubrí fue la Quinta normal, que es un parque muy familiar, con espectáculos y museos. Está junto a Yungai y cerca de Brasil, que son dos barrios alternativos, con centros culturales, mercados de segunda mano y antigüedades, murales en las paredes, parques para los chiquillos... también el Museo de la Memoria de los Derechos Humanos, un museo situado en un edificio muy interesante que trata sobre la represión de la dictadura, las exiliadas y los presos políticos.

—¿Qué destacaría de la manera de trabajar de Chile?
—Como no trabajo aquí no tengo una opinión muy formada, pero hay dos cosas que, de momento, me han sorprendido: una sería la falta de puntualidad incluido para ir a trabajar y la otra es que hay mucha gente, sobre todo estudiante que trabaja los fines de semana como promotores de marcas en la calle o en centros comerciales y supermercados.

—¿Desde que llegó ha vivido o le ha pasado algo curioso que no se hubiera imaginado nunca?
—Siempre me pasan cosas extrañas y así todo es más entretenido. La lista es interesante, empezando por cuando estaba en el aeropuerto, esperando a que saliera mi maleta y oí que por los altavoces intentaban decir mi nombre y resultó que mi mochila se perdió cuando hacíamos escala en Madrid. También, que quedamos justo cuando llegábamos las seis compañeras de clase  que estábamos en Chile pero en diferentes partes del país, fuimos a subir una de las colinas urbanas (Cerro San Cristóbal) y después a comer. La cuestión es que descubrimos que aquí comen con zumo de frutas, el ketchup está en el tarro verde y el rojo es de salsa de ají (muy picante) y que, si te equivocas y te llenes las patatas con eso, te pones muy rojo de cabo a rabo y que cancelar aquí es pagar. También nos encontramos a dos compañeras de la universidad en la misma casa donde estoy viviendo que no sabíamos que era.

—¿Qué es lo que más echa de menos de casa?
—La cocina mediterránea sobre todo, con aceite de oliva, la hora de vermú y las fiestas mayores.

—¿Qué costumbre del país actual se llevaría a Cataluña?
—Creo que son cuatro. Lo primero sería la costumbre de saludar siempre y la amabilidad que tienen de preguntar siempre qué tal todo. El otro sería el amor por el deporte al aire libre y la concienciación hacia este. También la cerveza michelada, con zumo de limón y el contorno del vaso con sali merkén (especie picante). Y por último, los mercados de segunda mano, ya que aquí todas las cosas tienen más de una vida, incluidos los envases de refresco (o bebida como dicen aquí) que son retornables.

—¿Tiene intención de volver pronto o de momento no?
—En principio vuelvo en enero, sin embargo, si puedo, me quedaré más tiempo para aprovechar y conocer a fondo los parques naturales. Pero tengo muy claro que, en un futuro, volveré. América del Sur es muy interesante y ¡tiene muchos secretos por descubrir!
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