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Jordi Sánchez Pellicer Cura del Hospital Universitari Sant Joan de Reus Sociedad
Jordi Sánchez, aquest dilluns, a l'entrada de l'Hospital de Reus.

«Todo el personal del hospital ha tenido un espíritu de superación absoluto»

Jordi Sánchez, este lunes, en la entrada del Hospital de Reus.

«Todo el personal del hospital ha tenido un espíritu de superación absoluto»

El cura del Hospital de Reus relata el acompañamiento a enfermos y familiares durante los momentos más complicados de la pandemia

Actualizada 23/05/2021 a las 19:38

Jordi Sánchez trabaja en el Hospital de Reus desde que se inauguró la nueva sede, ahora hace casi once años. Además de asistir a los usuarios del centro, atiende las comunidades religiosas del Col·legi Mare Molas y del Monasterio de Santa Clara, así como las parroquias del Pla de Santa Maria, Cabra del Camp, Figuerola, Pont d'Armentera, Querol y Esblada. Sánchez es licenciado en Filosofía por la Universidad Ramon Llull, licenciado en Ciencias Eclesiásticas por la Facultad de Teología de Cataluña y máster en Bioética por la Universidad de Granada.

—¿Cuál es la función de un cura en un hospital como el Sant Joan de Reus?
—Por una parte, administrar los sacramentos. Después, también escuchar mucho a las personas, asesorar cuando los médicos hablan de medidas paliativas, acompañar a personas que están solas... Pero, sobre todo, escuchar.

—¿Cómo ha cambiado todo eso a raíz de la propagación de la covid?


—Mi tarea durante la pandemia ha sido la de acompañar, especialmente a las personas que no podían ver a sus familiares. Normalmente, veo a muchos enfermos, ahora he visto también a muchas familias que se sentían desamparadas, solas e impotentes por no poder estado al lado de las personas que amaban en sus últimos días. Pero también quiero subrayar que el personal de este centro tiene una calidad humana increíble, ha habido un espíritu de superación absoluto. Ideamos un sistema para que los enfermos covid pudieran recibir cada día la Comunión: yo la ponía dentro de bolsitas individuales, envueltas con una servilleta de papel y en un sobre con el nombre del paciente y la habitación. Las dejaba en recepción y, desde allí, lo subían a las habitaciones.

—Los familiares eran los grandes necesitados de consuelo.
—Sí, ha sido un trabajo de mucho acompañamiento y, sobre todo de escuchar mucho, que es algo que en nuestra sociedad es cada vez más difícil. También tengo que decir que la visión de la pérdida desde la fe, para una persona que es creyente, es muy diferente con respecto a la que puede tener alguien que no lo es.

—¿El personal del hospital también ha necesitado esta ayuda y consuelo?
—Sobre todo, he hablado mucho, porque llegó un momento que,  dentro de la casa, no veíamos el final. Hablábamos sobre como se acabaría y el personal que es creyente preguntaba cómo podía ser que, si Dios es amor, caridad y misericordia, permitiera estas cosas. Yo les decía que quizás era una prueba de superación y que nos llevaba a reconocer que somos débiles, a no creernos que somos superman. La sociedad pensaba que algo así no podría pasar. Y ahora veo lo que pasa en Barcelona el fin de semana y parece que hay gente que vuelve a pensar que no le pasará nada. Me sabe mal ver que, personas que aplaudían y cantaban el Resistiré ya no se acuerdan, se han quitado las mascarillas y van haciendo el gamerús por la calle.

—¿Para Usted, qué ha supuesto esta pandemia?
—También ha sido una prueba de superación que nunca me habría imaginado. Hubo un momento que tenía enfermos en el Hospital y también en la Clínica Fàbregas Centre MQ, y subía y bajaba. Si me hubieran dicho que podría atender los dos centros, que hablaría con tantísimas personas, que tendría que sentir como les faltaban respiraderos o que deseaban que los familiares tuvieran un objeto que me daban para cuando muriera, no me lo habría creído. Ha sido una prueba de superación, pero desde la humildad, sin protagonismo, porque los verdaderos protagonistas de esta pandemia han sido el personal de los hospitales. También me pasó que, cuando se acabó el estado de alarma e iba a las parroquias, había feligreses que no se me acercaban porque sabían que trabajaba aquí. Y eso los ha pasado también al resto de personal.

—Imagino que debe haber vivido historias muy difíciles, pero también alguna buena.
—Recuerdo el caso de una señora de 94 años. Estaba en el sociosanitario y me llamó la familia para que le llevara la Unción de los enfermos, ya que estaba muy mal. Lo hice y le fui siguiendo la pista, y cuál fue mi alegría cuando me dijeron que, desde que había ido, se había estado encontrando mejor y había podido volver a la residencia. O el caso de un chico de 57 años, que pasó un mes en la UCI y a quienes acompañé como buenamente pude y ahora se está recuperando, aunque con dificultad. Cuando una persona joven te llama «mosén, me estoy muriendo» yo les insisto que no pierdan la confianza Nuestro Señor. Sobre todo, ha sido un trabajo de acompañar a las familias y dejar que desembucharan, si conviene el mosén se iba con la bata llena de lágrimas. Pero la conclusión es que esta pandemia ha sido una gran lección que ha hecho salir al mejor de todos nosotros.

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