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El pallasso de Vilanova i la Geltrú en una imatge promocional de l'obra.

«Hoy día ir al teatro es un acto revolucionario, porque lo detienes todo durante una hora»

El payaso de Vilanova i la Geltrú en una imagen promocional de la obra.

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«Hoy día ir al teatro es un acto revolucionario, porque lo detienes todo durante una hora»

Este domingo, a las siete de la tarde, Guillem Albà presenta en el Teatro Bartrina de Reus su último espectáculo, ‘Calma!’

Actualizada 06/02/2020 a las 08:33

—¿Cuál es el punto de partida de este nuevo espectáculo?
—Una mezcla de cosas. Por una parte, en la parte más artística, quería probar cosas diferentes. De la otra, el tema. Con respecto a la forma, tenía ganas de mezclar los dos colores, la comedia y la risa, y la poética y la emoción. En mis anteriores espectáculos lo había presentado por separado: en Marabunta, donde hago de clown, hay sonrisas, alegría y celebración de la vida. Trau i Pluja eran más poéticos, del lado más vulnerable. Y como he dicho ahora tenía ganas de pasar por los dos colores en un mismo espectáculo, que hubiera momentos para reír, momentos para emocionarse y momentos en que no sabes si tienes que reír o no. Después, también me quería poner algunos retos, como no hablar nada, no utilizar la palabra. También quería hacerlo de manera sencilla, con muy poco material. Y finalmente una cosa que intento siempre, que es llegar al máximo de gente posible, por edades, por cultura... Que lo vean personas acostumbradas en el teatro y también personas que no lo están, que son la mayoría.

—¿Y con respecto al tema?


Hay un tema grande y, en medio, muchos otros pequeños. El grande es la prisa, este correr constante que todos tenemos. Después, por el medio, hay cuestiones como si estamos convencidos de lo que hacemos o es que la vida nos lleva en una dirección que, por prisa, no tenemos tiempo de plantearnos: tenemos que estudiar, trabajar, tener pareja, una casa, hijos... Nos podemos parar a pensar, pero el primero que nos sale es decir: Lo tengo que hacer. Después, también trato sobre esta hiperconexión con los móviles y las redes, que nos hacen estar todo el rato conectados, pero a la vez desconectados de otras cosas más humanas. Todo el estrés y esta prisa los llevo a la risa y la emoción, para que nos hagan pensar que quizás sí que tenemos que cambiar alguna cosa. O, quizás no, y estamos muy contentos.

—¿Qué espera, del público?
—Del público espero que venga sin prejuicios, que es una cosa muy difícil. El otro día, en una función, me explicaron que alguien del público, en los primeros minutos, iba diciendo Eso no se entiende. Al cabo de veinte minutos estaba riendo y salió explicando que se había emocionado. Pensé que, si en lugar de decir Eso no se entiende, te dejaras llevar, todo va mejor. En el teatro, la palabra ataca de manera muy directa y todo se entiende enseguida, pero en el teatro visual, hay que dar espacio en la parte más emocional. Y eso, aquí, es más difícil de conseguir que en otros sitios del mundo, porque somos mucho más cerebrales. Lo que intento durante el espectáculo es que el público deje atrás esta parte más cerebral y dé paso al emocional, que la tenemos, pero mucho más escondida. Cuando lo consigo, al público río, se emociona y viaja, y eso es lo bonito del teatro.

—¿Cree que la crisis con la gestión del tiempo y las prisas también afectan a la manera en que vamos en el teatro?
—Sí, afecta en todo. En el teatro, estás actuando y ves que hay gente que mira el móvil, no consiguen desconectar y hacer una sola cosa. Y, de hecho, una de las cuestiones de que habla el espectáculo es de vivir el presente, que quizás es una cosa mucho trillada, pero es que siempre estamos pensando en el pasado o en el futuro. En el teatro, estás viviendo el momento. Hoy día, ir al teatro es un acto revolucionario, porque entre los millones de cosas que puedes hacer a la vida, lo detienes todo durante una hora. Pensar: Estoy contento de estar aquí, ahora, haciendo eso y no podría estar en un lugar mejor . Para mí, eso es el paraíso.

—¿Quién puede venir, a ver ¡Calma! ?
—Cualquier persona. Recomendamos que los niños vengan a partir de los diez años, aunque a veces los niños lo entienden más que los adultos. Yo he visto niños de ocho años que explicaban a su madre lo que había pasado. Sobre todo jóvenes, a quien este tema les puede tocar muy de cerca y que a menudo es difícil que vaya al teatro. Y, en definitiva, gente de todas las edades. Sobre todo recomiendo que no se tenga miedo a venir, tanto si se está acostumbrado a ir al teatro, como si no.

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