Diari Més

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Cuando pongo la tele y veo a Trapero ante la magistrada Concepción Espejel, tengo un sentimiento extraño. Como cuando comes «cerdo agridulce» en un restaurante chino, que, si te gusta el dulce, te sobra la parte agria y si lo que te gusta es lo agrio, eliminarías lo dulce. Durante años tuve una relación profesional con Concha. Yo era redactor de sucesos y ella presidenta de la segunda sección de la Audiencia Provincial de Tarragona. Si añadimos que su marido era capitán de la Guardia Civil, el vínculo profesional todavía era más grande.

Concha fue siempre atenta conmigo y, alguna vez, hasta reímos juntos. Siempre pensé que era una profesional con mayúsculas y era una mujer que me causaba una cierta admiración. Pero el mundo da muchas vueltas, y ahora, cuando hablan de Concha lo entiendo más en la acepción argentina de esta palabra, como expresión de sorpresa, no la grosera. Como persona que me ayudó cuando el Palacio de Justicia era para mí una «Scape Room», creo que tiene un buen fondo. Pero la vida va pasando y, décadas después, veo su nombre relacionado con casos como el del Bar Chinaski, los chicos de Altsasu o Billy el Niño (el torturador que tendría que estar en un lugar que me callo), y no sé qué pensar. Ahora preside la obra teatral de un juicio contra un cargo policial catalán basada en una novela de ficción. Claramente se tendría que haber apartado de este caso, y no me vengan con el cuento de la abstracción, que ya tengo 59 años. Espero, como mínimo, una sentencia como la de Sandro Rosell, donde se reconozca el error de perseguir a los Mossos por una actuación correcta e inteligente, no como «Los Otros», una película premiada con un Goya al mejor montaje.,

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