Diari Més

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En la época de Bizancio yo acostumbraba a criticar que teníamos una ciudad con inviernos tristes y poco dinámicos. No me refería a que Montilla se hubiese mudado a Tarragona. Mis críticas iban destinadas a la gestión cultural. Había quien me decía que estaba equivocado, que era yo quien no movía el culo, que oferta había. No era el primer amigo que me decía que era un criticón, así que empecé a darle vueltas al asunto. ¿Criticón, yo? ¡Ja! Entonces hice un listado de los actos culturales de Tarragona y quedé parado. No es que perdiese el trabajo, es que se podía ir de exposición a concierto y de concierto a representación teatral cruzando la Península de escenario en escenario. El karma, que no es un modelo de coche, ha hecho que alguien haya pensado en mí para moderar coloquios en el Teatro de Tarragona. No me refiero a conversaciones sobre el Procés que se hacen en el bar, sino a la charla con los actores después de la obra. Mi barriga y yo nos encargamos de conducir el debate entre espectadores y actores, una especie de La Clave donde yo hago de José Luis Balbín. El próximo día me llevaré la pipa. Este ha sido un referente antiguo, pero ¿Qué queréis? Si pongo la tele ¡y sólo veo a Franco! Suerte que estamos en un país «supermegademocrático de la muerte».

Pobres de espíritu, pobres de bolsillo, tristes, gafes, deprimidos, pre-suicidados… aprended de mi error, coged el programa de la temporada de teatro e id. No sólo para que el Ayuntamiento haga caja, es porque conoceréis a un tío cojonudo: yo. Reiréis tanto como cuando Buch dice que todo ha ido bien. Por cierto, Miquel, ¿todavía no has echado a los agentes que ponen la rodilla en la cabeza de un detenido, la porra en el cuello o destrozan una terraza? Ah, que cuando dices que todo va bien estás haciendo teatro. ¡Coño! Ven a Tarragona, que haremos un coloquio.

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