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Tribuna

Pedro lo ha vuelto hacer, dejémosle trabajar

  • Carles Castillo
Diputat del PSC al Parlament de Catalunya

Actualizada 08/05/2019 a las 20:11

Carles CastilloCarles Castillo

Carles Castillo

Carles Castillo

Pedro lo ha vuelto hacer, dejémosle trabajar

En España a veces parece que carecemos de la cultura política suficiente como para entender que el Ejecutivo y el Legislativo son poderes independientes. No es infrecuente en países de nuestro entorno que ambos poderes sean de colores políticos distintos. Aquí, desde el 78, el legislativo ha funcionado como una suerte de correa de trasmisión del Ejecutivo y eso ha provocado que históricamente no haya habido negociaciones sino simples regateos entre el partido del gobierno y sus más cercanos con el único objetivo de que el Ejecutivo sacara adelante sus proyectos. Pedro ha demostrado que hay otras formas de hacer las cosas y si no se han sacado adelante los presupuestos más sociales de la democracia ha sido por el encerrilamiento suicida de nacionalistas catalanes y la esperable oposición de los representantes de la España negra, de la España del «a por ellos».

Pedro, además, en contra de lo que dijeron algunos sesudos asesores y comentaristas políticos, ha demostrado que con las ideas claras, cintura y capacidad de diálogo sí se puede gobernar con ochenta y cuatro escaños. Ahora tenemos ciento veintitrés.

Estos días repasaba algunos artículos escritos años atrás, desde aquel que titulaba «No es Pedro de nuevo, es un nuevo Pedro» hasta otro que quizá mis lectores y lectoras recuerden. Se describía una partida de póker en un tren. Jugaban los conocidos «tahúres del Misisipí» (Alfonso, dixit) Mariano, Pedro, Pablo y Alberto (Alberto Carlos, para ser exactos). Susana metía bulla desde atrás y Felipe, en penumbra, se fumaba un puro.

Si alguien piensa que dos años más tarde se repite la partida, quizá con un pistolero más sentado a la mesa (concretamente, uno vestido con un ridículo atuendo verde), se equivoca de plano.

La obligación de un dirigente es, como su propio nombre indica, dirigir, orientar, convencer. Si, además, el dirigente es demócrata, tiene otra obligación mayor incluso que todas las anteriores: escuchar.

Es más que evidente que el dirigente que mejor ha escuchado al pueblo español, a sus votantes y a la militancia de su partido es Pedro Sánchez.

Hay quien lo define como un «duro fajador», en términos pugilísticos. Otros analistas echan mano de los toros y dicen que «aumenta su bravura con el castigo». Quizá ambas cosas sean ciertas pero la que admite poca discusión es que él, más que nadie, ha sido capaz de captar el clamor de un país que exige más justicia social, menos corrupción, más feminismo, más democracia, más diálogo, más ecología, más diversidad (que es ni más ni menos que «más federalismo»), más respeto a la Constitución (pero a toda, también a los artículos que se quiere saltar la derecha española cuando se echa al monte, no solo a esa parte del articulado que algunos usan para atacar a quienes no encajan en su modelo de España)…

La inmensa mayoría de los medios de comunicación, especialmente en Madrid, han hecho lo impensable para que este estruendo de voces y corazones mayoritario en la sociedad no pudiera percibirse, ahogado por el ruido. Y no solo los medios de comunicación, también las grandes corporaciones y hasta altas magistraturas del Estado han contribuido a este estrépito. No debemos olvidar, de entre la poderosa pandilla de ruidosos, a algunos ahora «sanchistas de toda la vida» que, al calorcito de los buenos resultados electorales han ido apagando sus voces, otrora chillonas y conspirativas.

España, el pasado 28 de abril, ha sido capaz de demostrar que es mejor que la mayor parte de sus fuerzas vivas. Y, seamos claros, mejor que algunos y algunas dirigentes socialistas territoriales que vaticinaban las mayores catástrofes si nos acercábamos más a Portugal que a Hungría.

Y el clamor de voces y corazones sigue ahí. No me refiero solo al de la calle Ferraz la noche electoral –«¡con Rivera, no!»–, sino al de millones de españoles y españolas que, urna mediante, han lanzado un mensaje claro de «ya está bien».

España necesita de una vez por todas un gobierno de progresistas. Lo necesita y se lo merece. Desconozco cuál será el formato adecuado. Hay que dejar trabajar a quien ha recibido de las urnas el mensaje inequívoco de nombrar un consejo de ministras y ministros pero el mensaje de las urnas admite pocas componendas.

Desde las misma noche de las elecciones, toda la maquinaria de ese poder inmenso que nunca se presenta a las elecciones y al que los desahucios, la pobreza energética, los salarios de miseria, la violencia contra las mujeres o la degradación medioambiental les importan de poco a nada, se ha puesto en marcha para forzar a Pedro Sánchez Pérez-Castejón a mirar a su derecha y dar la espalda a la izquierda.

Dejémoslo trabajar pero o no lo conocen ellos o no lo conozco yo. El ave fénix vuela de nuevo.
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