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Acabaron los Juegos Mediterráneos

  • Ramón Grau Gràcia
Exconcejal de Cultura del Ayuntamiento de Tarragona

Actualizada 16/08/2018 a las 08:29

Ramon Grau Gracia

Ramon Grau Gracia

Acabaron los Juegos del Mediterráneo, actualmente silencio de la oposición, desde primeros de Julio esperan recibir los resultados de venta de entradas, económicos y el rendimiento de cuentas para constatar si también por ese lado han sido un fracaso. Es evidente que, en la ciudadanía, antes, durante y después de su realización, no ha habido interés ni ilusión, como si no fuera con ellos. La pírrica asistencia a los estadios fue el primer detonante de las burlas en los medios –me dolieron más en nuestra TV3–demostrando la indiferencia general. Ahora ya no se comentan ni recuerdan, excepto el alcalde que, visiblemente satisfecho, en su discurso del mes pasado aseguró que están amortizados, añadiendo que para conocer la venta de entradas deberemos esperar a septiembre y manteniendo igual mesura de optimismo el 16 de junio intentó generar ilusión afirmando, supongo que dando verosimilitud a su imaginación, «la gente empieza a animarse, la prueba está en la venta de entradas». Yo reconozco que, en un principio, ni un segundo dudé que los Juegos representarian una oportunidad única para la ciudad. Es más, públicamente en mis artículos y en el de octubre de 2015 defendí a nuestro alcalde cuando, en Madrid, aquel Cardenal, Secretario de Estado lo acusaba de no saber esperar, porque se marchó de su antedespacho, claramente opiné «todo es posible, pero ¿de Ballesteros? ¡Uf, debía tener muchísima razón!».

Mi convicción de que esos Juegos suponían la ocasión de conseguir el objetivo colectivo que precisaba la ciudad para sacudirse la lasitud que algunos personajes nos otorgan desde hace años, se desvaneció en la inauguración. Exceptuando el apropiado desfile de los deportistas, lamenté cualificar el espectáculo como inadecuado. Me pareció un símil tipo A de un supuesto catálogo para eventos utilizable para Palencia u otras dignas ciudades españolas, no para nuestra Tarragona, merecedora de un espectáculo inaugural que la ensalzara y diera a conocer a Europa nuestra historia y patrimonio espectacular, añadiendo el Seguici, pleno de tradición desde la Edad ;edia, ejemplo de arte, color y participación ciudadana. Consideré injustificable la omisión de nuestros imperecederos castells, característica demostración de orgullo, unión, fuerza, equilibrio, serenidad y dignidad, representación nuestra, única en el mundo.

Lamentando la pasividad municipal que no auscultó el pulso de la calle, me sentí inclinado a aceptar parte de aquella triste herencia: Tarragona ciudad de curas, militares y funcionarios. Pero no, sé que no es cierto, aunque verdaderamente estamos faltos de algo o alguien que inyecte el resorte de disparo hacia arriba y nos convenza de que la ciudad, a pesar de tenerlo todo –Adriano nos lo dijo «Tarraco es la primavera eterna» o algo así, y nos convertimos en el orgullo del imperio– debe potenciar su ambición.

Precisamos expulsar la neurosis de que siempre hemos salido escaldados, ciertamente hace años que topamos con un muro infranqueable, soportando la pesada mochila de inferioridades. No se trata de que perdíamos fuerza, es que no empujamos. Hagamos un desolador vistazo: El Ave, en Lérida y Gerona en pleno centro, aquí, remoto y desconectado de transporte público. La estación Renfe de siempre ha pasado del siglo IXX al XXI casi intacta. Sin el prometido Palacio de Justicia, en Lérida y Gerona espléndidos desde el 2013. Biblioteca pública, seguimos en el convento, en Lérida y Gerona modernizadas y de 7.ooo m2. Nuevo Museo Arqueológico, a financiar por el Ministerio de Cultura, tenía que estar acabado en 1993, era inminente, puro humo, suma y sigue. Ciudad Residencial, soledad absurda. Tabacalera en espera, camino de su ancianidad. Banco de España, hoja de ruta hacia nada. Los barrios continúan desconectados del centro, me dolería que esos tarraconenses siguieran diciendo «vamos a Tarragona».

Puedo continuar, pero repetiría el listado. Hay quien con puñetera sorna argumenta que no tenemos derecho a quejarnos. «Gozamos» de un mamotreto inútil en el Milagro, de una Refinería que, vete a saber qué nos manda. De centrales nucleares cerca. De la inmensa industria química, a nivel europeo. Del Puerto, obsequiándonos una rutilante pasarela, como azucarado conformismo de renuncia a la fachada marítima y además convertirá la autovía en un verdadero paseo marítimo. Actual analgésica y esperanzadora realidad, aseguran que debemos confiar que la ciudad ejerce una actividad en auge. Por ejemplo, la esperada inversión en el Joan XXIII, que de cuando en cuando Ballesteros reclama –con razón– su cumplimiento. Resueltos los Juegos la exigió por escrito, al día siguiente sorpresa: el delegado de la Generalitat declaraba que se cumplen los plazos previstos ¿En qué quedamos?

Tras soportar once eternos años de obras, tenemos el nuevo Mercado Central y sus plazas duras. No cabe la menor duda que se arrancarán los dos grandes postes de principios del siglo XX, demolerán la barraca, añadirán pérgola, bancos, jardineras con miniárboles y juegos infantiles. Todo se hará. ¿Cuándo? Confiemos, hay que darles tiempo. Aleluya, será un paisaje inspirador la conversión de las calles adyacentes en la peatonal «illa Corsini» . Tranquilos, el pleno municipal lo aprobó hace dos años. ¿Qué hay de eso? Sólo una reunión que no decidió nada. Se consolidan avances. Está previsto que el proyecto –no las obras– se realice el 2019. ¿Se ha traspasado la línea roja económica y aparecen brumosas ciénagas? Aliviaré el presumible ambiente oscuro y anubarrado referente al dinero, ofreciendo históricamente una visión peculiar: ¿Sabe que el origen de la peseta es catalán? Antes de que España la adoptara como unidad monetaria, en Cataluña hacía años que circulaba una moneda denominada Peseta. Durante la ocupación francesa en 1808 la Junta de Cataluña presidida por el Capitán General decidió acuñarla. Hubo emisiones de pesetas de plata con divisiones de cobre y el duro a cinco pesetas entre los años 1808 y 1814 y, después, entre 1836 y 1837, fecha en que apareció la moneda con la inscripción Isabel Segunda Reyna Constitucional de las Españas, del mismo tamaño y metal de cuatro reales, ya desde 1867 se propagó como moneda nacional hasta la implantación del euro, cuya ausencia ahora produce inquietud en la ciudad.
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