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Tribuna

Si yo hubiese sido alcalde

  • Ramon Grau Gracia
Exregidor de Cultura de l’Ajuntament de Tarragona

Actualizada 28/11/2017 a las 19:20

Ramon Grau Gracia

Ramon Grau Gracia

Nunca me había pasado por la mente ser político, el recuerdo de los años de angustia de mi juventud, temiendo que cualquier día la persona que escamoteaba a mi padre de la lista de búsqueda y captutra franquista, se cansara o no pudiera hacerlo, era razón suficiente –finalmente fué detenido en 1956– para no pensar en ello. Pero por motivos que no podia rechazar –estando bien situado profesional y económicamente– me pusieron en una lista de las primeras elecciones democráticas municipales de 1979 y fuí concejal. Situado en esa tesitura –tras declaración municipal de mis bienes– mi única aspiración era intentar mejorar la ciudad. Durante quince años que duró ese periplo, mis prioridades políticas fueron Tarragona y Cataluña ante todo, el partido era importante, pero otra cosa. Evitaré relatar mis logros o intentos fallidos como concejal y también como diputado.

No deseé ser Alcalde, esa transcendental figura nunca estuvo presente en mis sueños, que fueron muchos, ni me consideré capacitado para ello, sabiendo que mis errores se reflejarían en la historia de mi querida ciudad. Pero, si por circunstancias, probablemente ajenas a mi voluntat, –en política puede ocurrir de todo– me hubiera tocado cumplir ese designio coincidiendo con esta pasada dècada, tal vez se habría complicado mi mandato o quizá me habria visto obligado a dimitir.

Obviamente hubiera sido, ante todo, fiel a mis ciudadanos, actuando hasta las últimas concecuencias, sin temor de enfrentarme con quien fuera, incluso al presidente de mi partido. En situación de dificultad econòmica general nunca habría aumentado los impuestos ni un 19 % el IBI. Conocedor que un alcalde recibe lo que ha sembrado, hubiera desconfiado de los aduladores, que tras una legislatura algo decepcionante, me animaran a presentarme nuevamente para intentar ganar, aunque con resultados ajustados, pensando que los adversarios no ofrecían sujerentes opciones. Vencer con minoria, a la larga, es cargar con una losa muy pesada y pactar con partidos de las antípodas provoca chispas con los tuyos.

Como un juego, sigo con la situación ficticia –sin urdir deconstruir a nuestro alcalde Ballesteros, compañero de consistorio durante años, conozco su capacidad, integridad, amor a la ciudad e intenciones honestas– enfundado en mi edad y experiència municipal. Con actitud cordial no pretendo que mis hipotéticas opiniones a toro pasado pretendan estar en posesión de la verdad, puedo equivocarme, porque ignoro las presiones, rarezas y complicaciones de una alcaldía, solo tres veces llegué a teniente de alcalde y las tuve, aunque seguro que de menor cuantía.

Necesitaría varios artículos como éste para opinar sobre lo que yo hubiera hecho en tan múltiples asuntos. Me limitaré a un pequeño paseo recordatorio de algunas situaciones. Totalmente de acuerdo en la defensa de la capitalidad a rajatabla en el Pla de la Seu, fuerza y poesia moral que aplaudí satisfecho.

Mas cercano, habría hecho mías, las declaraciones sobre «la defensa de los intereses de la ciudad y sus ciudadanos, que están por encima de todo y por encima de los intereses partidistas». Coincidiría en el destino del Plan Zapatero, millones bien empleados en las Cent Escales y Camí de la Coma, salvo el procedimiento incorrecto de adjudicar las obras antes de aprobar el expediente. Elogié el «ja és nostre» en la fachada lateral del espléndido y señorial Banco de España, –ya describí mi opinión sobre su destino– pero, cuando utilicé mi inédito «ja és nostre» del Metropol, siguió de inmediato la reforma. Acerca de grandes proyectos, en 2007 me sorprendió la crítica al de la Fachada Marítima de Nadal, argumentando que ya no había dinero, pero añadir que entonces se iniciaba el proyecto. No hubiera dicho en el 2008 que ya estaba desbloqueado. Menos aún arriesgarme asegurando que se iniciaría sólidamente la Fachada Marítima y como cerecita, en 2014, afirmar que pondría sus cimientos. No se puede prometer tanto, uno se expone a que ya no le crean. Con la que está cayendo y sufriendo el ahogante 155, estando cada vez mas lejana la solución de trasladar el trazado, yo no hubiera dicho el pasado marzo que «la pasarela es uno de mis grandes sueños» y abandonar, iniciando el camino del Gólgota fatal de fachada marítima por el obsequio de una pasarela. Decididamente y superando el complejo de mundo provinciano, con tranquilidad, yo hubiera sondeado a un personaje jerárquico de las alturas, con potencia y capacidad de gestión para conminar a Renfe, proponiéndole un pacto consistente en soterrar la via parcialmente, a partir del puente del Serrallo, mediante la pendiente máxima permitida, liberando progresivamente parte del terreno en primera línea de puerto y mar, para llegar casi en túnel frente al balcón.

Salvada la barrera, emplearía un proyecto, por ejemplo el de Nadal o el interesante y económico del arquitecto Casanovas. Y si no, simplemente rehacer la ladera primitiva natural, descendiendo mediante escaleras mecánicas a una ordenación de terrazas, formando zonas verdes y espacios comerciales hasta el nuevo paseo –el Puerto ya puede regalarlo, puesto que se construyó para que los camiones transportaran cómodamente la piedra– que ahora dejará de ser como una carretera. Eso sí sería pasar a la historia como el alcalde que logró unir Tarragona al mar. Hasta los tarraconenses obviarían promesas incumplidas, retrasos y períodos de supervivencia que no quiero reseñar.

Cambiando de tercio, no hubiera permitido que mi portavoz asegurara que «éstos diez años han sido la mejor etapa que ha tenido Tarragona» ¿Sería que, con turbación, se confundió con la década 1989-1999 del alcalde Nadal?
Terminando con este juego ficticio, los tarraconenses –si yo hubiera sido alcalde– nunca me olvidarían, recordando mi solidario y mínimo esfuerzo, porque el día uno de octubre me habría plantado ante los imponentes policias, con sólo un argumento: impedir que se aporreara a mis ciudadanos.
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