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Josep Martí: Consultor de comunicación y analista político
Josep Martí va ser Secretari de comunicació del Govern  de la Generalitat entre el 2010 i el 2016.

«El espacio político que representaba Convergencia ha dejado de existir»

Josep Martí fue Secretario de comunicación del Govern de la Generalitat entre el 2010 y el 2016.

Cedida

«El espacio político que representaba Convergencia ha dejado de existir»

Martí es el autor del libro ‘Cómo gamanos el proceso y perdimos la República’ (EDLibros), que ya ha llegado a la segunda edición

Actualizada 26/07/2018 a las 20:07

—Estamos en un punto de impasse después de un episodio en que las discrepancias entre ERC y PDeCAT se han hecho más evidentes y públicas que nunca. ¿En su opinión, hasta qué punto estas discrepancias han sido uno de los principales defectos del proceso?
—Hemos tenido muchos defectos. La política tiene, naturalmente, una parte romántica, basculante sobre unos ideales y la visión de lo que se puede aportar a la sociedad y de qué manera esta se puede transformar. Pero no es sólo eso, también hay una parte de lucha por el poder, y es una lucha encarnizada. Tenemos dos formaciones políticas que, a pesar de tener diferencias programáticas, en el eje ideológico tienen muchos puntos de coincidencia y, por lo tanto, van a pescar a los mismos caladeros . Esta coincidencia ha producido un efecto de aceleración del proceso, se le dio la velocidad de un cohete porque las dos formaciones centrales del soberanismo estaban compitiendo y al mismo tiempo querían evitar quedarse con la pegatina que las señalaba como los débiles, los tibios, los de la puta y la Ramoneta . Uno por el otro, generaron este efecto de aceleración, cuando a puerta cerrada tanto los unos como los otros sabían que la maduración tenía que ser a más largo plazo. Si, a eso, sumas un tercer elemento político, que es la CUP, que tomó un especial protagonismo a partir del 2015, tiene como resultado la ecuación de la aceleración. Y eso fue ligado al hecho de que la toma de decisiones no obedeciera tanto en lo que se tenía que hacer, como a evitar que cuando el relato llegara a la opinión publicada, no situara el partido en la lógica de recibir ataques que pudieran hacer dudar al soberanismo ciudadano.


—Usted señala que el peor escenario para el Madrid político sería una reconversión del mapa soberanista hacia un equivalente en el Scothish National Party.
—Al final el proceso es una lucha por el poder. De quién lo tiene, para mantenerlo, y de quién no lo tiene, para poder asumir una parte, o todo. Eso se puede enfocar de dos maneras. Una es fiarlo todo a los errores de los otros. Eso te relaja, crees que puedes equivocarte tanto como quieras, porque el otro se equivocará más. En los últimos tiempos, desde la parte final del proceso hasta ahora, el soberanismo ha intentado convertir en victorias los errores de los otros. Pero eso no cambia lo que es sustancial, y es que tú te estás equivocando en aquello que es fundamental. Por ejemplo, no convocar elecciones en octubre y declarar una república de chichinabo es un error político, porque tiras por la borda el capital político alcanzado el 1 de octubre. Sin embargo, como van pasando cositas, como que Europa niega las extradiciones, estas victorias tapan los errores principales. La segunda manera de enfocarlo es hacer bien las cosas con independencia de lo que hagan los otros. Eso pasa por dejar de lado la lucha y la competencia entre formaciones políticas que tienen a su programa una aspiración tan ambiciosa que, a la fuerza, obliga a dejar todo lo demás por el camino. Esta es una diferencia sustancial con los escoceses: ellos no compiten con nadie y, por lo tanto, las decisiones las toman atendiendo exclusivamente a lo que piensan que es mejor. Después, aunque la institución no tiene poder para poner en marcha reformas estructurales sobre cuestiones básicas, sí que tiene un espacio competencial grande, y el acceso al poder da bastantes prebendas y capilaridades para que esté justificada una lucha entre formaciones políticas. Dicho de otra manera: el botín es demasiado grande.

—En el reciente congreso del PDeCAT, Puigdemont se ha reafirmado como líder del partido. ¿Qué opinión le merece, este hecho?
—El proceso se hubiera podido hacer sin renegar de las bases ideológicas y de legado político de la formación que ha liderado el catalanismo los últimos treinta años. Por otra parte, los últimos años el partido han tenido uno complejo discursivo con el tema del independentismo, para decir que son iguales que los otros. Eso les ha llevado a no defender nada desde el punto de vista ideológico y a tener como única agenda todo aquello que iba ligado al proceso. Esta es una gran diferencia con respecto a Izquierda, que sigue teniendo un pilar ideológico solvente al lado de la cuestión del proceso. Por lo tanto, hace tiempo que Convergencia ha quedado muy debilitada desde el punto de vista del auto convencimiento de la formación y también de sus cuadros. Ahora, eso queda en manos de Carles Puigdemont, y, por lo tanto, ya pueden llamar al enterrador. A partir de octubre habrá un nuevo espacio político que se llama Crida Nacional per la República que, desde el punto de vista ideológico, más allá del proceso, no sabemos de qué pie calzará. El riesgo que tendremos que asumir es que haya gente que, sin abandonar el soberanismo, entienda que esta oferta no lo satisface. Por eso no nos tendría que sorprender que se acabe articulando un partido equivalente al ítem soberanista. Su aspiración no será sacar a 60 diputados, ni 20, sino 7 o 8, pero con la posibilidad de influir en las políticas que se hagan al Parlamento. A estas alturas, el espacio político que representaba Convergencia ha dejado de existir desde el punto de vista de la articulación política, pero no desde el punto de vista de la gente.

—¿Qué cree que nos espera este otoño?
—Creo que la gran pregunta ha sido contestada. No vayamos a un escenario de una independencia de hoy para mañana. Pero la ambición de un estado propio, más concretamente, de decidir el futuro político de Cataluña, ha venido para quedarse en la agenda política. Desde el punto de vista de la gestión política, iremos viendo una degradación de las relaciones entre los dos socios de gobierno. Pienso que vamos a una legislatura corta, en qué, de la misma manera que Esquerra estuvo cinco años esperando que los convergentes retrocedieran para poder decirles que eran tibios y recoger los frutos de su labor (y eso no pasó), ahora creo que el espacio puigdemontista intentará enfrentar a izquierda y su actual pragmatismo contra sus propias contradicciones, hasta que Puigdemont entienda que es un buen momento para las elecciones.
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