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La Lina, el Gio i la Janina, a l'esquerra, somriuen junt amb un grup de refugiats a l'interior d'un edifici abandonat.

Lina, Gio y Janina, a la izquierda, sonríen junto a un grupo de refugiados en el interior de un edificio abandonado.

Shah Shinwari somriu a un carrer de Salònica.

Shah Shinwari sonríe en una calle de Salónica.

Detall del vehicle carregat amb el menjar per l'esmorzar.

Detalle del vehículo cargado con la comida para el desayuno.

La distribución de la comida: una aventura para llegar allí donde no llega nadie

Con el objetivo de cubrir dos necesidades básicas, desayuno y cena, los voluntarios realizan cada día dos rutas por las calles de Salónica

Actualizada 05/07/2017 a las 20:19

El sol ilumina y calienta Salónica desde hace dos horas. Son las siete y media de la mañana, y centenares de personas acaban de levantarse en las calles de la ciudad, a un edificio abandonado o a una chabola, sin ningún alimento que llevarse a la boca. El desayuno es la comida más importante del día, pero en situaciones de extrema necesidad, parece que eso importa muy poco a las instituciones. Por suerte, la tarea de las ONG's es efectiva. Cargados de yogur griego con cereales y fruta, de un gran tanque de chai y de una caja llena de bananas, Janina, Gio y Lina, voluntarios, suben al vehículo para llegar allí donde no llega nadie.

Forman parte del Breakfast Team –el equipo del desayuno–, un proyecto enmarcado dentro de la ONG FoodKind. La distribución de la comida se realiza los siete días de la semana, y los encargados de llevarla a cabo son los cooperantes que van llegando a Salónica.

Las personas que van a recoger los alimentos conocen la rutina a la perfección. Durante el trayecto, que tiene lugar entre las nueve y las doce del mediodía, los voluntarios se detienen en siete rincones de Salónica. Chabolas, bajo un puente, cerca de un semáforo... Los emplazamientos son varios, pero el denominador es común: la necesidad radica en exceso.

La cuarta parada es la más multitudinaria. Se realiza detrás de un edificio abandonado, y en un espacio de tiempo de una hora, llegan cerca de unas cincuenta personas. El perfil es más o menos similar: hombres de entre 25 y 40 años, la mayoría delgaduchos, vestidos con chándal, con unas chancletas o sandalias y con síntomas de dormir en las calles. La nacionalidad, sin embargo, cambia. Afganos y pakistaníes hay muchos, pero también un puñado de griegos se acerca a buscar comida. A medida que llegan, cogen su desayuno y se lo comen en la sombra, juntos. Algunos se acercan a hablar con los voluntarios. Les gusta saber de dónde son, qué los ha llevado hasta Grecia. También les gusta sentirse escuchados.

Uno de ellos, el más joven, es El Shah Shinwari. Tiene 22 años y lleva 14 meses viajando. Salió de Afganistán, consiguió cruzar hasta Irán, pasó por Turquía y llegó a Bulgaria, desde donde se dirigió a Serbia. Cuando creía que lo tenía todo hecho, tuvo que recular. No consiguió atravesar la frontera, y volvió a Bulgaria para, finalmente, llegar a Grecia. Su objetivo, sin embargo, todavía lo tiene a miles de kilómetros de distancia: Francia. Allí quiere llegar para construir una nueva vida, y para aplicar sus conocimientos de Tecnologías de la Información y la Comunicación, estudios que cursó hasta el 2014.

Después de entregar unas cincuenta raciones, los voluntarios vuelven al vehículo y se dirigen a realizar las últimas tres paradas. Después de hacer la última entrega, vuelven al almacén principal a preparar la comida para el día siguiente. La sonrisa de Janina, Tina y Gio es de satisfacción. Han conseguido, otra mañana, que decenas de personas hayan desayunado.

El papel de la policía
Cuando empieza a caer el sol, Gema Carrasco sabe que ha llegado la hora de salir. Nacida en Madrid, coopera en Grecia desde hace un año y ocho meses. En las calles de Salónica la llaman amorosamente a Mama Food. Ella dirige, con la ayuda de otros voluntarios, la distribución de la cena. Con más de un centenar de raciones de lentejas con verduras, un gran tanque de chai y centenares de panes, Gema sube a la furgoneta que conduce Tino, alemán que se ha dedicado durante gran parte de su vida al voluntariado. Alba y Gisela, tarraconense y montbuienca, completan el equipo para cumplir la misión. «Cada noche es una aventura diferente», asegura Gema cuando arranca el motor.

En la primera parada, cerca de un parque, ya esperan una cuarentena de personas. El perfil cambia respeto por la mañana. Ahora, se suman niños y niñas, madres y ancianos. Se acercan a la furgoneta, su rostro manifiesta que tienen hambre, y los voluntarios hacen de tripas corazón para negar una segunda ración de lentejas o pan, porque tal como dicen, «si damos a todo el mundo que pide dos veces, no habrá comida para todo el mundo». Están más alterados, son un grupo más numeroso y los nervios de pasar la noche en el raso hacen acto de presencia.

El segundo paro vuelve a ser multitudinario. Una cincuentena de personas espera su cena. De repente, sin embargo, aparecen en escena cuatro policías griegos en moto. Se llevan a dos refugiados porque presuntamente no tienen el permiso de movilidad. En tono amenazante, el policía más fornido se sitúa delante de los voluntarios y, mientras se coge con las manos el chaleco antibalas, dice en inglés: «Eso que estáis haciendo es ilegal. Estas personas están durmiendo en un edificio que tiene un propietario, por lo tanto, son ilegales. Y vosotros, les estáis dando comida».

Los voluntarios, que habían entregado también su documentación, esperan inmóviles sin decir mucha cosa. Si suben la voz o responden enfadados, saben que pueden acabar detenidos y pasar la noche en comisaría. El policía sigue su discurso con una suposición que no da fuerza a sus argumentos, al contrario, hace reír a los voluntarios: «¿Y si ponéis veneno en la comida y esta noche matáis a 200 personas? Si queréis dar comida, llevaos a las personas ilegales a vuestro apartamento y haced allí la cena».

Después de un rato, los policías echan a los voluntarios, que suben a la furgoneta. Los agentes arrancan el motor de las motos y la furgoneta los sigue. Cuando tumban la esquina, Tino hace un cambio de sentido rapidísimo. Se detiene delante de el numeroso grupo de refugiados, Gema mira el resto del equipo y, convencida, abre la puerta de la furgoneta. «¿Lo hacemos?» pregunta. No le hacía falta la respuesta. A toda velocidad, Alba, Gisela y Gema empiezan a repartir toda la comida. Los refugiados lo cogen y salen de la escena. Segundos más tarde, el equipo vuelve al vehículo y marcha.

La felicidad es absoluta. Acaban de ganar una pequeña batalla. Desobedeciendo, han dado cena a una cincuentena de personas.
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