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RADIOGRAFÍA DE LA SITUACIÓn ACTUAL EN SALÓNICA. Capítulo 1
L'Abdulnahab Afridi, de 17 anys, somriu a l'entrada de l'edifici, on viu des de fa uns mesos.

Refugiados de calle: mafia, edificios abandonados y esperanzas truncadas

Abdulnahab Afridi, de 17 años, sonríe en la entrada del edificio, donde vive desde hace unos meses.

Detall d'un matalàs a terra amb mantes i un coixí.

Refugiados de calle: mafia, edificios abandonados y esperanzas truncadas

Detalle de un colchón en el suelo con mantas y una almohada.

Refugiados de calle: mafia, edificios abandonados y esperanzas truncadas

El horror de los campos se ha extendido al centro de Salónica, donde centenares de pakistaníes y afganos permanecen en las calles a la espera de una respuesta de Europa

Actualizada 03/07/2017 a las 20:18

Centro de Salónica. El viento sopla con fuerza y alivia la sensación de calor. Son las cuatro de la tarde de un 17 de junio. Una decena de hombres descansa en la primera planta de un edificio abandonado. Son de origen afgano y pakistaní. La mayoría no superan la treintena. Sus pertenencias se limitan a un saco de dormir, un colchón de tres dedos de ancho y una mochila con cuatro prendas de ropa. Algunos llegaron a Grecia hace cerca de un año. Otros, antes de la crisis de los refugiados. Disputas familiares, amenazas de muerte por parte de los talibanes, la persecución de ISIS o la pobreza extrema. Estos fueron los motivos que los hicieron huir de su país. Y ahora, esperan. Sólo eso.

El mes de marzo, se cumplió un año del cierre de las fronteras. También del pacto entre la Unión Europea y Turquía, creado con el objetivo de deportar en el país otomano a todos aquellos inmigrantes ilegales que entran a la Unión. Desde entonces, sin embargo, los refugiados siguen llegando. Aunque ahora sean más invisibles, y no se hable en los medios de comunicación. El grupo de afganos y pakistaníes que habita en el edificio abandonado de Salónica forma parte de los 63.000 refugiados que se encuentran atrapados en Grecia, según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Su situación es deplorable. El horror de los campos, que consternó durante unos días a la sociedad europea ahora hace un año y medio, se ha extendido a las ciudades. A la calle. Y estas personas no tienen nada que hacer, porque no pueden hacer nada. Sólo esperar un permiso de residencia en Grecia, una reunificación familiar o el traslado a otro país de la Unión. Pero eso, para los pakistaníes y los afganos, es casi una misión imposible. Ellos no tienen derecho, a estas alturas, a pedirlo. Sólo lo pueden hacer los sirios, los eritreos y los iraquíes. Así lo decidió Europa.

«Quiero llegar a Francia, a trabajar. Nací hace 17 años en el distrito de Khyber, en el norte del Pakistán. Llevo dos años viajando hasta que he llegado aquí, a Salónica. Necesito 1.200 euros para poder viajar a mi destino». Abdulnahab Afridi es el más joven de este tipo de comunidad. Los talibanes mataron a su padre y él, el más pequeño de una familia de cinco miembros, tuvo que huir. Tiene fuerza y esperanza, pero nadie es capaz de saber cuánto tiempo tendrá que permanecer en Salónica. Las experiencias vividas durante su corta vida lo han trastocado psicológicamente. Así lo asegura Shah Shinwari, de 22 años y de origen afgano. Él intenta ayudarlo. También vive en la calle, y también quiere llegar a Francia. «Algunas ONG's han intentado hacerse cargo de su educación, pero Abdulnahab siempre acaba huyendo de los centros. Me dice que no quiere seguir sus normas, que no se siente libre,» explica. Shah lo tiene claro: «Necesita urgentemente atención psicológica, porque es muy joven, y está perdido completamente».

Abdulnahab quiere reanudar los estudios que tuvo que abandonar con 15 años. «Lo primero que quiero hacer es aprender inglés», asegura. Su sueño es encontrar un trabajo estable, construir una nueva vida. «En Francia me esperan algunos amigos», confiesa. Aunque aparentemente parece feliz, porque su sonrisa no se desdibuja, su manera de actuar manifiesta que realmente sufre psicológicamente. Está alterado, es incapaz de mirar a los ojos cuando habla y no quiere alargar mucho más su testigo. Sonríe para la fotografía y vuelve a entrar al edificio. Allí lo esperan sus compañeros.

La primera planta, espacio donde viven, es la parte menos castigada por la suciedad. Abajo, la basura se amontona cerca de las columnas, donde se ven pintadas anarquistas. La peste, en agua estancada y en excrementos, se impregna en la nariz y en la ropa. La zona está infestada de mosquitos. Aparte de botellas y bolsas, en el suelo también se pueden encontrar camisetas, peluches, zapatos, una pelota y recipientes de puré para niños. El ambiente se carga en la zona más próxima a las escaleras que conducen al sótano. La oscuridad es casi total. De repente, la peste a cerrado y a húmedo se transforma en peste a quemado. Efectivamente, en el suelo, se ven restos de ropa y tiendas de acampada calcinadas.

Las represalias de la mafia
El incendio tuvo lugar hace un mes y medio, y tiene unos culpables y unos motivos. Este edificio es el punto de encuentro de la mafia. Así lo asegura Gema Carrasco, cooperante nacida en Madrid y que conoce, como la palma de su mano, todos los edificios abandonados de Salónica. También lo corrobora Zaheer Zaheer, joven pakistaní de 25 años que vivió durante un mes y medio en el edificio. Según indica, cuando llegaron, inmediatamente les ofrecieron pasaportes falsos. «Ir a Italia o Alemania cuesta 2.500 euros. Tienen contactos con la frontera de Macedonia», detalla. Aparte de esta oferta, los miembros de la mafia, formada por afganos y pakistaníes, reclamaron a Zaheer y el resto de compañeros 150 euros mensuales para poder vivir en el edificio.

«No éramos bienvenidos, ellos nos decían que aquello era su territorio», asegura. Los conflictos entre ambos grupos llegaron al límite de la agresión. Una tarde, cuando Zaheer y el resto habían salido a intentar encontrar trabajo y a arreglar papeles, los miembros de la mafia quemaron todas sus pertenencias. «Nos robaron el poco dinero que teníamos, unos 50 euros, y nos quemó las tiendas de acampada y toda la ropa», relata. No les quedó otra remedio que marcharse.

Zaheer y el resto de compañeros consiguieron trasladarse a otro edificio. Su vida ha cambiado sustancialmente desde que se encuentran en el nuevo emplazamiento. En el reportaje que se publicará mañana, se detallará dónde duermen, cómo comen, cómo se duchan, quien los ayuda o cómo pasan el rato. La mafia, por su parte, sigue en el mismo edificio abandonado. Intentando encontrar clientes que cedan, o que tengan el dinero suficiente para arriesgarse a cruzar la frontera con documentación falsa. Mientras tanto, centenares de personas permanecen en las calles de Salónica sin saber qué hacer. Esperando una respuesta de Europa. Alguien que les diga si pueden volver a hacer vida. Porque, a pesar de tener más o menos cubiertas las necesidades básicas, todavía no tienen derecho a sentirse realizados.
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