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La trampa del 'Yo soy' y del 'Jo sóc'

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Técnicamente la nacionalidad es un formalismo administrativo que deriva de un sistema histórico-cultural más o menos dinámico y con el poder de distribuir derechos y deberes. En este sentido, no sería posible adquirir una nacionalidad si esta no posee el poder de inspirar, de sancionar y sobre todo, de proteger esos derechos y deberes. En definitiva, la nacionalidad está fundamentada en el poder para hacerla posible. Sumisos voluntariamente a ese poder, los ciudadanos adquieren el estatus correspondiente que los diferencia respeto a otros, y en definitiva les permite decir Yo soy español, Yo soy francés, o Yo soy polaco. Y es en este único sentido que coinciden todas las nacionalidades formales. En cambio, otra coincidencia más difícil de evidenciar son los sentimientos nacionales que cada individuo tiene incorporados en su subjetividad.

La herencia cultural y política, el idioma, el interés económico, la historia compartida y el linaje representativo son sentimientos, o razones, que pueden diferir, juntos o por separados, del sistema histórico- cultural oficial que sustenta el poder.

Pero estos sentimientos, y por diversos motivos, pueden no tener ningún poder para garantizar unos derechos y deberes a los individuos que los incorporan. En este caso estaríamos hablando de una nacionalidad sin estado, una nacionalidad sin poder. Muchos de estos casos suelen disponer de regímenes políticos diferenciados dentro de la nacionalidad con poder, pero en otros, han sido totalmente diluidos por el sistema hegemónico. Tanto en un caso como en el otro, a veces surge una necesidad objetivada de reivindicar una igualdad entre sentimientos o hechos nacionales, apareciendo movimientos o agrupaciones que defienden el derecho a tener el poder que les confiera la capacidad de gestionar su nacionalidad de igual a igual. Claro está que para que unos sentimientos puedan significar una nacionalidad deben aportar un discurso histórico y cultural científicamente contrastado, un legado que legitime las aspiraciones y la necesidad objetivada de su población.

Por todo ello, resulta fascinante como algunos se auto-apoderan de dos o más nacionalidades sin tener en cuenta que solo una de ellas es técnicamente válida y por tanto hegemónica i excluyente de las otras.

Cuando alguien dice: yo soy español i catalán, está incurriendo en una falacia que implica la relegación de la nacionalidad sin estado, en este caso la catalana, a una posición de sumisión i/o de complementariedad inexacta. Hasta resulta simpático, pero lo cierto es que lo que ocurre es el deseo, puede que sin malicia, de igualar dos nacionalidades cuando sólo una concede derechos, y solo una es hegemónica. Así pues, solamente podríamos hablar de doble nacionalidad en el caso de ser titular de dos nacionalidades con idéntico poder, todo lo demás, implica someter a unas al poder que posee la otra. Y entre el sometimiento y la opresión casi no se percibe la fina línea que lo separa.

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