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Imatge aèria del trencament de la barra de la platja de Buda amb el canal que comunica el mar i un dels calaixos. Imatge publicada el 9 de maig de 2017

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Imatge aèria del trencament de la barra de la platja de Buda amb el canal que comunica el mar i un dels calaixos. Imatge publicada el 9 de maig de 2017

Los Cajones de Buda quedan comunicados con el mar por la falta crónica de sedimentos en el delta del Ebro

El parque natural del delta del Ebro actúa de urgencia para incomunicar la laguna después de que el temporal de enero rompiera por primera vez la barra de arena creando un canal

Actualizada 09/05/2017 a las 10:40

El temporal del pasado enero ha dejado una nueva señal de alarma sobre la creciente vulnerabilidad de la costa del delta del Ebro ante la regresión causada por la falta de aportaciones sedimentarias del río. El parque natural ha tenido que actuar de urgencia durante las últimas semanas para evitar que el agua de mar acabe invadiendo de forma permanente los Cajones de la isla de Buda. El temporal consiguió romper la barra de arena que separa del mar estas lagunas preeminentemente de agua dulce, abriendo un canal de unos 100 metros de anchura y unos 80 centímetros de profundidad. La entrada puntual del mar en casos de fuerte llevantada es un fenómeno conocido. Pero mientras, habitualmente, un golpe pasado el mal tiempo, el agua salada retrocedía y abandonaba la laguna, en esta ocasión, y por primera vez, ha quedado comunicada con el mar durante más de cuatro meses. El parque ha hecho construir un cordón de unos cuatro metros de ancho para ayudar a cerrar el canal de forma natural. Una solución provisional que no oculta el alcance del problema.
La rotura tuvo lugar en el extremo norte de la barra de entre 100 y 120 metros de profundidad que forma las playas de la isla de Buda y separa de la costa el llamado Cajón de Mar –el Cajón Grande es el situado más en el interior. No es extraño, en casos de temporales fuertes, que el agua salada cubra este espacio y acabe penetrando temporalmente en la laguna: una situación que acaba remitiendo por ella misma con el retorno de la calma. Pero, para sorpresa de muchos y de forma insólita hasta la actualidad, esta vez no fue así: la situación se ha acabado alargando inusualmente durante más de cuatro meses, hasta que el parque decidió actuar. «Pensábamos que se trataba del proceso natural, que era difícil que se mantuviera abierto. Pero hemos visto que no, que va muy poco a poco», ha reconocido el director del parque, Francesc Vidal.

El cierre provisional que ha construido el parque, actuación que abordó –no sin un debate apasionado- la Junta Rectora en su última reunión, se ha ejecutado las últimas semanas utilizando arena procedente de la misma zona. Las obras, que ya se encuentran finalizadas, no han requerido la Declaración de Impacto ambiental dado que forman parte de la tarea de mantenimiento de los ecosistemas. El cordón, apunta a Vidal, corta la circulación del agua salada en el interior del cajón y tiene que ayudar a facilitar la sedimentación natural de la barra de arena. La circulación de agua del mar había limpiado de arena el interior del canal. «Es sólo una actuación de ayuda a la dinámica litoral, para evitar la circulación de agua y que se pueda cerrar con más facilidad. Veremos cómo evoluciona la dinámica en una zona que es delicada y muy frágil», añade.

Los Cajones, unas lagunas litorales de gran valor ambiental, son hábitats principalmente de agua dulce por las aportaciones que reciben del río directamente. Habitan allí plantas como el senill y la anea, macròfits sumergidos, así como especies piscícolas como la carpa y la liza, mayoritariamente de agua dulce. Aves como los charcos y los patos son también habituales en el espacio, por la presencia importante de alimento. La reposición de la barra, con el nuevo cordón, tendría que evitar, precisamente, que la entrada temporal de agua salada a partir de esta primavera pueda acabar generando cambios en los hábitats y provocando la muerte de fauna y vegetación. Estas especies pueden volver a recuperarse, según Vidal, pero no sin un largo periodo de recuperación y padecimiento. Este periodo de transitoriedad es el que realmente preocupa en el parque natural.

«No tenemos aportaciones de arena»
Pero más allá de la preocupación por el mantenimiento y las consecuencias sobre el actual ecosistema, la señal de alarma que envía claramente la rotura de la barra litoral de Buda es la del avance imparable de la regresión asociada a la abrumadora reducción de aportaciones sedimentarias del río Ebro. Un fenómeno que, hasta estos momentos, sólo se había focalizado en el hemidelta norte, en zonas como Riumar y la playa de la Marquesa. Vidal reconoce que este espacio es un «punto débil» donde casi no queda arena para que se pueda ir regenerando con los embates del mar. «No hará falta un gran temporal para que se vuelva a romper», razona. El geólogo tortosino Àlvar Arasa, ha estudiado el fenómeno y no tiene dudas sobre sus causas que lo han producido. «No tenemos fuentes de aportación de arena», sintetiza. La llamada deriva litoral, la dinámica costera que redistribuye la arena a lo largo de la costa deltaica empujando perpendicularmente desde el norte y el este, ya no encuentra bastante espacio material ni espacio entre la isla de Sant Antoni, en la desembocadura, y la balsa del Encierro.

El temporal de enero ha permitido comprobar una vez más, que mucho de este material, con la rotura de la barra ha llegado a penetrar y redistribuirse en el interior de la balsa. Arasa apunta que el grosor de arena sobre el barro inferior del Delta es sólo de un metro y cada vez que el mar pasa por encima se va reduciendo. La rotura pues, un fenómeno «recurrente» con uno o dos temporales con efectos de consideración a lo largo de cada década, es el síntoma de una enfermedad mucho más grave a medio y largo plazo. «Indica que hay poco sedimento y que se está marchando. El problema es que no llegan nada de partículas», insiste. Es trata pues, de un daño que «no tiene solución sin la aportación de sedimentos como es debido». La construcción de los embalses marca el punto a partir del cual la llegada de los materiales empieza a decrecer. De los 25 millones de toneladas anuales al principio del siglo XX, se pasó a los diecisiete millones de medios siglo pasado y se ha llegado los 0,15 actuales. El geólogo insiste en que hay que hacer sentarse en la mesa a las hidroeléctricas, propietarias de las concesiones de agua de los embalses, y hacerlas participar en las medidas necesarias para que el río pueda a vuelva a arrastrar sedimentos.

¿Adaptación o soluciones duras?
El escenario actual hace prefigurar a los expertos un Delta con una morfología muy diferente al actual: en paralelo en la posible inundación marina de las zonas más bajas –más del 50% de la superficie actual a finales de siglo, según algunos estudios-, la misma deriva litoral redistribuye, por falta de espacio, los pocos sedimentos que llegan a sur y a norte, a las barras del Fangar y el Trabucador y a las entradas de las bahías, que con el tiempo se podrían acabar transformando en lagunas. El problema ya es conocido y plantea problemas para la navegación y la circulación de agua, tal como denuncian desde hace años los musclaires. Entre sectores productivos, organizaciones conservacionistas y representantes políticos del territorio revive con fuerza el debate sobre la necesidad de aplicar medidas blandas para adaptarse a los cambios que supone el nuevo escenario, agravado por el cambio climático y la crecida del nivel del mar, o la necesidad de hacer frente con obras duras, con piedra y hormigón para intentar parar este fenómeno. La última reunión de la Junta Rectora del parque natural, según varias fuentes, fue una muestra de las divergencias casi pasionales con las cuales, especialmente algunos propietarios, sectores productivos y políticos, defienden la visión dura.

Un planteamiento, este último, que los científicos y expertos siguen poniendo abiertamente en duda. «No son soluciones. Al contrario, hacen más daño: si ponemos una piedra de medio metro cúbico sobre la arena y tiramos cubo de agua, la piedra no es mueve y se marcha la arena. La erosión la sufre arena. No creo que polderitzar –los pólderes son espacios ganados al mar, por debajo de su nivel, y a menudo protegidos por estructuras de diques o equipados con sistemas de bombeo de agua- el delta del Ebro sea la solución. Bajo mi punto de vista tiene» que «evolucionar», subraya Arasa. Recuerda que se han puesto sobre la mesa soluciones, como hacer una carretera de circunvalación y abandonar zonas afectadas por la regresión. «Eso sí, los propietarios y la gente del delta del Ebro tiene que saber que han cotizado muchos años por la explotación del Delta y no se puede malvender este territorio: la administración se tiene que hacer cargo de pagar lo que toca a cada uno», concluye.
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