Diari Més

Jordi Tiñena Amorós, escritor

«Los vikingos no son los bárbaros del norte que se nos ha vendido»

Su última novela, 'El somriure del viking', está ambientada a la ciudad de Tortosa del siglo X

Jordi Tiñena.

«Los vikingos no son los bárbaros del norte que se nos ha vendido»Cristina Aguilar

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El somriure del viking detalla el desembarque y asentamiento de un grupo de vikingos cerca de Turtuxa (Tortosa) el 948. Como explica al inicio de la novela, la historia tiene como punto de partida una información documentada, en el cual se da noticia de un asentamiento viking en el Delta del Ebro. ¿Cómo le llega esta información y por qué decide construir un relato a su alrededor?

Surge a partir de una leyenda que recoge a Arturo Gaya en su libro, L’Ebre, un riu que fa pujada . Él habla de un hecho, a caballo entre la historia y la leyenda, que es que los vikings remontaron el Ebro hasta llegar a Navarra y la saquearon. Esta expedición es un hecho histórico conocido y aceptado, pero es más controvertido si llegaron a través del Ebro. A partir de esta información empecé a buscar cosas de los vikingos para averiguar si efectivamente podían haber sido así. Saquearon toda Europa y también el Mediterráneo, es obvio que, si remontaron el Guadalquivir, también podrían haber remontado el Ebro. Buscando anotaciones que testimoniaran su presencia en el Ebro, encontré la que encabeza el libro, que es de un historiador árabe del siglo XIV, y por lo tanto posterior a los hechos que explico, que transcurren en el siglo X, pero que habla de un asentamiento a la zona, y que se supone que podría haber estado en la desembocadura del Ebro. Por la zona apuntan que habría estado en Alcanar. Todo eso provocó que me interesara por el tema y estirara el hilo.

—En qué fuentes se ha documentado para escribir la historia?

La documentación ha sido fundamental y proviene sobre todo de fuentes historicistas. Con respecto a los vikingos, hay mucha documentación, porque en los países nórdicos les han estudiado mucho y tienen muchos restos arqueológicos, y en Cataluña se había hecho una exposición en el Museo Marítim de Barcelona muy bien documentada que también fui a ver. La Tortosa del siglo X forma parte de Al-Andalus, del califato de Córdoba, y de eso también hay mucha documentación. Pero este no es un libro de historia, es un libro de ficción. Me invento la historia y también el hecho de que los vikingos avancen, entren y salgan. Y con los musulmanes de Tortosa hago más o menos lo mismo. Lo que sí que puedo decir es que todo lo que hay en el libro está documentado históricamente, aunque no necesariamente en Tortosa, hay cosas que he documentado en Córdoba, porque pasan en el mismo momento y en el mismo califato.

—Cómo es el proceso de construcción de una novela como esta, donde se mezclan realidad y ficción?

Novelas de vikingos hay muchas, y me he leído algunas para no caer en las mismas historias de conquista, batalla y saqueo. A mí eso me interesa muy poco. Partí de otro hecho histórico, que es la hibernación en la Camarga de una de las grandes expediciones de saqueo vikinguo que se movieron por el Mediterráneo durante muchos años y con muchas embarcaciones. Me pareció buena idea que viniera en el Delta no a saquear sino a hibernar. Y por otra parte, me interesaba en que la novela fuera el encuentro de dos mundos diferentes y hacerlos convivir y fundir en uno. Con respecto a la construcción, una novela es historia, personajes, tema, tiempo... un montón de factores, pero siempre hay uno que la sostiene. En mi caso, quien lo hace es el narrador, un personaje que recuerda los hechos desde la senectud, y que es un testigo vivo de lo que va explicando. Eso tiene una ventaja muy clara, y es que me permite jugar con la memoria del personaje. El inconveniente es que sólo sabe aquello que ha visto o le han dicho, no puedo jugar como con la novela clásica, en la que tienes un narrador impersonal y dices lo que te da la gana. Él no puede explicar lo que piensan los personajes, tiene que hablar de lo que han hecho o de lo que le han confiado. Encontrar esta voz, que enganche al lector y lo arrastre a través de la historia, era mi reto.

—En su relato conocemos unos vikingos alejados de los tópicos. No son los bárbaros sanguinarios y ladrones que nos han explicado, sino personajes que se vuelven comerciantes, campesinos, y que son capaces de convivir con un mundo tan ‘civilizado’ como es el musulmán. ¿Por qué quiso presentarlos así?

Cuando empiezas a remover documentación sobre los vikingos la primera cosa que encuentras, avalada científicamente, es que no son los bárbaros del norte que se nos ha vendido. Son gente tan bárbara como lo era la gente de la Edad Media. En invierno se quedavan en casa trabajando el poco campo que tenían, viviendo o malviviendo, y cuando llegaba el verano se embarcaban para comerciar, saquear y reunir fortuna. Y como no quería convertir la novela en una historia de batallas, hago que los vikingos no vengan de conquista. De aquí que no les haga llegar por el Mediterráneo. Había otra vía de penetración en Europa menos conocida, a través del Báltico. Esta gente fueron capaces de desembarcar en el Báltico y, yendo de río en río, y llevando las embarcaciones a hombros, llegar hasta el Mar Negro. Estuvieron en el Imperio de Constantinopla e incluso se establecieron, parece que incluso una guardia personal del emperador era de origen nórdico. Yo hago que sean estos vikings, que hace tiempos que han salido de casa y que están al servicio del emperador, los que vienen aquí de retorno, porque llegan tarde a la Camarga, donde esperaban encontrar los otros. Sí que son guerreros, pero no vienen en una expedición de guerra ni de saqueo.

—El título va tomando sentido a medida que se avanza en la lectura de la novela, y describe muy bien el final de la historia. ¿Cuándo lo decidió, y por qué?

El somriure del viking es una sonrisa un poco astuta. El jefe de los vikingos, Aslak, juega a conseguir que su pueblo se arraigue y tenga ventajas sin que se note, sin crear conflictos. El título salió bastante al final. A mí los títulos me cuestan mucho, pero este salió con facilidad.

El somriure del viking nos retrata la lucha de poderes en la ciudad de Tortosa. Hay el poder administrativo, el judicial y el ejército, y Aslak, el efe de los vikingos, consigue desmenuzar su equilibrio. ¿Esta lucha de poderes es, al final, uno de los ejes de la civilización, pasada y actual?

Las sociedades avanzan sobre todo cuando el poder se vuelve hegemónico. En el momento en que eso pasa, este poder es capaz de construir una sociedad. ¿Y cuándo pasa? Cuando nadie lo disputa. Cuando mis vikingos llegan a Tortosa, aunque son bastantes, son una minoría ínfima, suficiente para saquear y hacer una batalla, pero no para hacerse con el territorio. Entienden que si se quieren quedar y prosperar, necesariamente se tienen que fundir. El somriure del viking se llama así porque Aslak juega las cartas para que eso pase sin que les decapiten la cabeza. Este es gran riesgo: si pavoneas y estás en minoría, no llegarás a ningún sitio. Los vikingos, sin abandonar del todo su personalidad colectiva, intentan penetrar en la hegemonía de la sociedad, pero sin disputarla.

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