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Fort visitant a una pacient de la sisena planta aquesta darrera setmana.

Fort visitante a una paciente de la sexta planta esta última semana.

Pendiente de los enfermos las 24h durante 25 años

El mosén del hospital Joan XXIII, Xavier Fort, cumple hoy 80 años y de momento no quiere ni pensar en jubilarse

Actualizada 24/09/2017 a las 18:53

Bata blanca del ICS con un pin del Nàstic en una solapa y una pequeña cruz plateada en el otro; en el bolsillo el móvil, para cuando lo buscan. El mosén Xavier Fort avanza poco a poco por los pasillos del hospital Joan XXIII, no por falta de agilidad, más bien porque muchos pacientes y familiares que salen para estirar las piernas, lo paran en cada instante para saludarlo y explicarle los últimos avances en su salud. En el centro hospitalario tanto profesionales como usuarios tienen auténtica devoción por él. Siempre alegre, bromista, divertido y próximo; asevera, para tranquilizar a algunos enfermos, que él tiene las llaves de Sant Pere y «vigilo para que no me las robe... ¡Es capaz de abrir la puerta, que es pescador y me lo conozco bien!», dice risueño, rememorando los años en qué fue rector en la iglesia del Serrallo.

Fort está enamorado de su trabajo en Joan XXIII: «Aquí hay una cierta predisposición a amar. Pequeñas acciones que en la calle no tienen importancia, en el hospital tienen un valor enorme. Como un paciente que te busca la mano para que le des fuerzas... Cuando ves que una persona que se ha pasado meses aquí, se cuida, no tiene precio lo que sientes», apunta. Este mes de diciembre se cumplirán 25 años –desde 1992– de su llegada al centro, que fue bastante casual: «El mosén que había en aquellos momentos en el hospital cayó enfermo y el Obispado nos puso en algunos para suplirlo. El que se enganchó más a este trabajo fui yo, y ya me quedé», recuerda.

La mitad de las cinco décadas de historia del Joan XXIII –y de forma inherente, la de Tarragona- han pasado por delante de sus ojos. El sacerdote las ha visto de todos colores, y también ha derramado muchas lágrimas consolando a familiares. De los millares de pacientes en los cuales ha apoyado, recuerda con mucha tristeza los años en qué en el hospital, se trataban todas las etapas de la leucemia infantil –ahora parte se deriva en Barcelona: «Era horroroso cuando alguno moría. Un niño con el cual te pasabas las horas jugando y que después lo tuvieras que enterrar... No se podía aguantar», expone. Fort todavía lleva a algunos de ellos bien presentes en la memoria: «Con una niña jugábamos a médicos y ella me hacía de doctora a mí. Me pinchaba en el pecho, como le hacían con ella. Siempre me decía: ¡“Pórtate bien y no rías”!». El mosén enmudece unos momentos al recordarla. El sacerdote y los sanitarios lo pasan especialmente mal, a nivel emocional, cuando les llegan casos de accidentes donde se han visto involucrados niños pequeños y jóvenes. «Cuando lees la noticia al diario de un accidente no te haces en la idea, nosotros aquí, lo vivimos. Ves y estás con los familiares y oyes los gritos y llantos de una madre... No hay consuelo, no se puede aguantar. Al final lloramos todos», expone. Para poder asimilar algunos de estos momentos desgarradores, el sacerdote se apoya en el resto de trabajadores de Juan XXIII: «Hemos llegado a hacer a una familia y eso no tiene precio», explica.

Fort cumple en el día de hoy, 25 de septiembre, 80 años, vividos con mucha intensidad: al ordenarse mosén en 1963, trabajó de profesor en varias localidades tarraconenses, tiempo después viajaría por el mundo llevando los valores del Evangelio y de la fe cristiana, primero en los Estados Unidos, después a Brasil y finalmente a las minas de carbón de Bélgica. Vale a decir sin embargo, que mosén Fort no basa su tarea a Joan XXIII al catequizar. ¿«Serán católicos, no lo serán? Es igual eso, lo importante es que son personas y encima enfermas. Tienes que ofrecer mucho afecto y amor», resume. Esta entrega afectiva la realiza esté la hora que sea, 24 horas al día, 365 días el año, ya que vive en el mismo hospital. Si es de madrugada y está durmiendo, pero algún paciente o familiar reclama su compañía, se enfunda la bata blanca y baja. Un vínculo tan fuerte con los enfermos lo ha llevado a vivir situaciones verdaderamente rocambolescas y divertidas. Ha oficiado bodas de todo tipo, en habitaciones, en despachos y a la misma capilla. Sin ir más lejos, hace dos semanas, una mujer que había roto aguas y que ya estaba ingresada para parir, le pidió casarse antes de tener el hijo. Eso fue por la tarde y por la noche acabó dando a luz.

Fort cumple hoy los 80 pero todavía le queda mucha cuerda. La jubilación, ni se la plantea de momento: «Mientras pueda andar, no moleste y no se me vaya el terrado del todo, seguiré», desvela. Pues que sea por muchos años más, mosén.
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