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Parados mayores de 45 años ven con impotencia un futuro negro y temen por sus hijos

Mucha gente vive desesperada
  • Efe

Actualizada 30/03/2017 a las 13:48

Personas más mayores de 45 años sin trabajo y con el subsidio agotado, la mayoría mujeres con hijos, ven cronificada su pobreza porque nadie las contrata. Su salud se resiente y se revelan, impotents, por un futuro sin pensión y sin salida, con el temor que sus hijos, que viven en precario, hereden la situación.

La Cruz Roja de Cataluña ha denunciado hoy la cronificación de la pobreza en muchas familias con hijos que no pueden salir del pozo en el cual los metió la crisis y la invisibilització de su situación porque parece que, después del remonte económico, ha dejado de ser noticia que haya personas en situación de pobreza severa.

Algunos de los testimonios que el Observatorio de la organización humanitaria recoge en su décimo estudio revelan la desesperación de personas que sólo pueden salir adelante con las ayudas sociales.

Purificación S., Puri, tiene 61 años, es madre y abuela de familia numerosa y se desvive por sus 5 hijos y sus 5 nietos.

Durante muchos años trabajó en empresas de limpieza y vive en un barrio obrero de Tarragona. Cuando cumplió los 55, su empresa cerró y se quedó sin trabajo. A los dos años se le acabó la prestación de desempleo. Nadie quería contratarla por su edad.

«No entiendo por qué la sociedad nos excluye. No tenemos hijos pequeños a cargo y tenemos experiencia en el mundo laboral», afirma la mujer que, gracias a la Cruz Roja, trabaja ahora en una empresa de limpieza haciendo tareas puntuales y cubriendo sustituciones.

José C. tiene 54 años y va enviudar hace seis, los mismos que hace que perdió su empleo. Su vida es cuidar de sus 3 hijos, una chica de 15 años y unos gemelos de 10.

«Para mí no quiero nada, sólo miro para mis hijos cada día, para que no les falte de nada», dice este hombre que sobrevive con las prestaciones de viudedad y orfandad que recibe la familia, aunque no le llega para llegar a final de mes.

Cuida a sus tres hijos y no tiene tiempo de trabajar, pero tampoco le dan trabajo a causa de su edad y a pesar de su experiencia.

En invierno no puede encender la calefacción ni comprar ropa y esta semana se le ha estropeado el coche y tendrá que volver a pedir un favor al mecánico, en el cual ya le debe dinero.

«Tengo insomnio por no poder dar nada a mis hijos y por miedo de perder el poco que les estoy dando. Voy al supermercado cuando ellos están en la escuela porque así no me piden las galletas de chocolate. No me puedo gastar 5 euros en unas galletas», se lamenta el padre, de que recibe alimentos de la Cruz Roja de Sabadell.

«Siempre tendré los mismos ingresos hasta que mis hijos sean mayores de edad y me saquen la prestación por orfandad. Entonces, seguramente pasaré a depender de ellos. Veo el futuro mal y el de mis hijos, peor. Siento rabia e impotencia. No hay nada que hacer», continúa.

Anabel E. tiene 46 años, vive en Lérida (Segrià) y es madre soltera con 3 hijos a su cargo. Tiene un trabajo a tiempo parcial y recibe una renta mínima de inserción, por lo cual, técnicamente, ha salido del circuito de la pobreza, pero no es cierto.

«Dependo de las ayudas y vivo con la incómoda sensación de no llegar a cubrir todas las necesidades de mis hijos», explica Anabel, que trabaja de ayudante de cocina durante 15 horas semanales.

Con los 900 euros mensuales que ingresa tiene que pagar 420 de alquiler y mantener a sus tres hijos de 16, 11 y 9 años. «Se considera que he salido de la pobreza porque tengo un trabajo y cobro una prestación, pero sigo siendo pobre», argumenta.

Confiesa que en invierno pasan frío porque no pueden permitirse pagar la calefacción y en verano no pueden ir un solo día a la playa porque no pueden costearse el tren y no comer fuera.

Teme que se estropee el ordenador de su hijo o la lavadora porque no podría comprar otra, y muchos meses, revela, llega a la última semana del mes con sólo dos euros en su monedero.

«Me hago mayor, cada vez me siento más cansada. Mis niños también crecen y sé que no les podré pagar una carrera ni una formación profesional de grado superior», dice resignada.

«Llegada a una determinada edad, ya a nadie te hace un contrato», asegura la mujer, que vive con el temor constante que la hagan fuera del trabajo, «porque|para que en paro hay mucha gente como tú dispuesta a trabajar por menos».

«Aunque me cueste aceptarlo, sé que yo siempre seré una persona con necesidad de ayuda, hasta que mis hijos crezcan y puedan hacerse cargo de la situación».

Margarita R. de 46 años, vive en Santa Coloma de Farners (Selva) y había trabajado toda su vida, pero la llegada de la crisis, que coincidió con su separación matrimonial, la dejó en paro y enferma. «Estoy estancada y no salgo de esta situación».

Le quedan ocho meses de prestación de desocupación|desempleo, pero con su salud y su edad no confía encontrar otro trabajo. Dos de sus hijos se han independizado hace poco, pero uno de 15 años todavía vive con ella y no puede pagarle ni una entrada de cine ni que vaya de excursión ni el material escolar, y eso le provoca insomnio.
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