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Víctor López, construint el ninot amb la figura de Neptú que va formar part d'una falla de la Comissió Cuba Literato Arozín el 2015.

Víctor López, construyendo el muñeco con la figura de Neptuno que formó parte de una falla de la Comisión Cuba Literato Arozín en el 2015.

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L'artista tarragoní, amb una de les seves falles a la platja Llarga.

El artista tarraconense, con una de sus fallas en la playa Larga.

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Un joven artista tarraconense propone que la ciudad recupere las fallas de los años treinta

El trabajo de final de curso de segundo Bachillerato que hizo fue un muñeco con la figura de Neptuno, que una de las principales comisiones de Valencia quemó en el 2015
  • Carles Gosálbez

Actualizada 31/01/2017 a las 07:53

Víctor López es un joven tarraconense entusiasta de las fallas que estudia Bellas Artes en Valencia. Su sueño es convertirse en maestro fallero. Hace dos años, construyó uno de los muñecos que formaron parte de la falla de la Comissió Cuba Literato Azorín, del barrio de Ruzafa, que en el 2016 consiguió el primero de la Sección Especial. El pasado 12 de enero leyó un reportaje publicado en Diari Més que hacía referencia a las fallas que durante cuatro años se hicieron en las calles de Tarragona, una iniciativa popular que se vio truncada por la Guerra Civil.

Como amante de esta actividad etnográfica festiva de primer orden, Víctor López se muestra partidario de que «la ciudad dé pasos para recuperar las fallas que se hicieron por Sant Joan» en los años treinta del siglo pasado. «Me he documentado y he visto fotografías, y puedo decir que quedé alucinado con el gran nivel de las fallas en que hicieron en Tarragona y que nada tenían a envidiar a las valencianas».

Este joven estudiante de Bellas Artes cree que «sería importante que en Tarragona surgiera un movimiento para recuperar las fallas, una fiesta que es muy abierta.» «Estoy convencido que si un año se hiciera una como las que se montaron en los años treinta en espacios como la Rambla, plaza Corsini y la Mitja Lluna, al año siguiente se volvería a hacer porque la gente se lo pasaría bien», dijo López, quién añadió que, «además, a la larga sería una inversión en turismo, como lo puede ser el Concurs de Focs, y la ciudad sacaría un rendimiento económico importante porque detrás de una falla hay mucha logística y, seguro, serían muchas las personas que vendrían a Tarragona». Víctor López propone «empezar por una, pero estoy seguro de que pronto serían más y se crearía afición».

«Quiero ir a Valencia»
Víctor López descubrió el mundo de las fallas de bien pequeño. «Insistía mucho a mi padre en que quería ir a Valencia por fallas y lo conseguí cuando tenía nueve años. Fue la primera vez que fui». Después, estudió Bachillerato Artístico en el Martí Franquès y siendo adolescente hizo su primera falla, que quemó en la playa. «Tenemos un apartamento en la Playa Larga y un año decidí construir una falla con papeles, cartones y maderas. La primera la hice en el 2012 y la cuarta y última se me fue de las manos porque hacía cuatro metros de altura». «Las montaba el mismo día de Sant Joan, haciendo un agujero en la arena para no perjudicar la playa», comentó.

El siguiente paso que dio fue irse a vivir a Valencia a estudiar Bellas Artes y estar más en contacto con el mundo de las fallas. Una vez instalado, «me puse en contacto con la Comissió Cuba Literato Azorín y en el 2015 me dieron permiso para participar en la falla. Hice uno de los muñecos; la figura de Neptuno». Fue el resultado del trabajo de final de curso de segundo de Bachillerato. Primero hizo el esbozo y una maqueta que escaneó y, como paso siguiente, la transformó en 3D en la medida que quería. Después, la pulió, modeló, y la pintó.

La felicidad de ver su muñeco en una falla fue máxima. La alegría se multiplicó el año pasado. La falla de Cuba Literato Azorín fue la ganadora del premio de la Sección de Especial por primera vez, la máxima categoría de los monumentos falleros. Antes de obtener este galardón, había plantado 60 fallas desde que quemó la primera el año 1942. La falla medía diecisiete metros de altura y su construcción requirió la inversión de 105.000 euros.

«Me gustaría mover este tema y que alguien se interesara. Yo que quiero ser artista fallero y estaría dispuesto a poner la parte artística. Me imagino qué se puede sentir cuando plantas una falla en la Rambla Nueva o en Corsini como cuando se hizo en los años treinta. Tarragona tendría que probarlo al menos una vez». «El problema –remarcó–, es que no sé a a quién dirigirme ni quién podría hacerse cargo de esta propuesta para conseguir que Tarragona vuelva a tener fallas».
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