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Òscar, Aysha i Evelyn posen feliços després d'haver passat per una odissea d'hospitals i pors.

«Lo siento, su hija tiene cáncer»

Óscar, Aysha y Evelyn posan felices después de haber pasado por una odisea de hospitales y miedos.

«Lo siento, su hija tiene cáncer»

La pesadilla de un matrimonio tarraconense, que luchó por Aysha, acabó bien
  • Moisés Peñalver

Actualizada 01/12/2016 a las 20:49

Evelyn Font y Óscar Verge no utilizan eufemismos. Ya saben, aquellas sudaderas frases de «una larga enfermedad» o «una grave enfermetat» cuando hablan de la pesadilla que pasaron con su hija. Dicen, claramente valientes, «cáncer». Todavía se preguntan por qué su hija Aysha, tuvo que superar un castigo del destino, Dios, o quien sea, y porque la quiso castigar injustamente.

Mirando a la niña, uno se pregunta indignado por qué pasan estas cosas. Un periodista no tiene que llorar, ni siquiera emocionarse. La sociedad genera hechos buenos y malos, este tendría que ser uno más, pero no es así. Es difícil aguantar la emoción, como cuándo visité Sant Joan de Déu. Los que no lloran son los padres, ya lo han hecho lo suficiente.

«El Aysha empezó a tener un pequeño bulto en la cara, al lado de la nariz. Tenía movimiento de dentición y la llevamos al dentista. Nos hizo una carta para el pediatra, y este para el otorrino. Mientras tanto, su carita se iba deformando». Al Aysha se le diagnosticó un linfoma. Se tenía que correr. Y mucho.

«Cuando nos dijeron que tenía cáncer lo primero que tu cerebro hace es intentar borrar lo que te han dicho. Pensar que no es verdad, que no has sentido eso, que se han equivocado. En resumen: reniegas de la verdad. Te quieres autoconvencer de qué no es o, mejor dicho, que no quieres que sea», dice Óscar. Había que correr. Cada 24 horas el cáncer de su hija de Evelyn se duplicaba. Primer ingreso de 27 días, seis sesiones de quimio. Aysha miraba a su alrededor, en el hospital y veía a los niños sin cabello. Ella decía «yo, no mama», pero tenía que ser que sí. Aquí empezaba la imaginación: te saldrá pelo de color lila o rosa, «que bonito». El Óscar, peluquero con un negocio en la calle Francesc Bastos, trajo la máquina de cortar al hospital. Le temblaba la mano y no sabía como enfrentar aquello, pero fue la misma Aysha, una niña de cinco años, la que cogió la maquinilla.

La vida habitual de este matrimonio se había destrozado con la enfermedad de la niña. Vivían al día –dicen– porque el cerebro es alevoso: si pensaban en el futuro, se encontraban con la más negra de las posibilidades. En Sant Joan de Déu convivían con familias que perdían a su hijo. Aquello era un mazazo. Pero también había que salían adelante, aquello era un aliento fresco. «Hay una cosa que no sabe la gente: el cáncer infantil no tiene nada que ver con el cáncer de un adulto. Tampoco que las farmacéuticas desarrollan investigaciones para los niños porque no es rentable para ellos. Todo es un negocio». Aysha ha entrado en la peluquería. ¡Nos mira a todos y la madre le dice «le estamos explicando a este señor el cáncer que pasaste», la niña hace un gesto como diciendo «ah, vale»! y se queda tan ancha. El Aysha salió adelante gracias a un tratamiento inmunológico combinado con «quimio», pero también gracias a los médicos, en todos los del hospital Sant Joan de Dios –su segunda familia–, la mutua, los familiares... pero principalmente la lucha, el valor y el amor de unos padres. Aysha dice que quiere ser doctora. Si afronta la vocación como lo ha hecho con el cáncer, ganará el premio Nobel. Seguro.
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