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La jove al centre, amb la família de la seva parella, vivint en tendes després del terratrèmol.

«Cierro los ojos cada día y revivo el momento del terremoto. No se olvida»

La joven en el centro, con la familia de su pareja, viviendo en tiendas después del terremoto.

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«Cierro los ojos cada día y revivo el momento del terremoto. No se olvida»

La tarraconense hacía nueve meses que vivía en Canoa, a un pueblo situado a sólo 90 kilómetros del primer epicentro, Pedralnes, y sobrevivió al lado de su pareja

Actualizada 22/05/2016 a las 21:57

Agradecida y con una sonrisa de oreja en oreja. Así es como la tarraconense Alicia Granadero se muestra después de retornar de Ecuador, y ser uno de los millares de testimonios que presenciaron el terremoto de 7,8 grados el abril pasado y sobrevivir. Fuentes oficiales hablaban de más de 700 muertos. Hace poco más de una semana que ha vuelto a pisar Tarragona, procedente del pueblo costero de Canoa.

—Por qué decidió viajar hasta el Ecuador?
—Me marché con la idea de trabajar, después de haber viajado dos veces por placer. Llegaba a Quito el julio pasado, donde estuve un mes y, en agosto, fui en Canoa. Encontré un trabajo de voluntaria a través de la página workaway.

—Fue muy sorprendente el cambio?
—Fue muy bueno porque venía de trabajar en Barcelona en un hotel de 263 habitaciones y pasé en un hostal de sólo 8 cámaras, el Amalur. Soy licenciada en Turismo y me marché porque necesitaba un cambio. Y lo encontré. El ambiente era totalmente diferente: un pueblo pequeño sin calles asfaltadas, ni alcantarillado, ni agua corriente. Sus vecinos son muy agradables y el estilo de vida es totalmente diferente. De hecho, no me faltaba nada. Empecé a hacer surf y conocí mi actual pareja, Miguel. Si no hubiera estado el terremoto, continuaría allí.

—Cómo vivió la catástrofe?
—Sucedió el sábado 16 de abril. Aquel día nos habíamos levantado y bajamos a la playa a desayunar. Las olas estaban muy extrañas, pero Miguel fue a casa a buscar la mesa y decidimos alquilar una carpa, como un toldo para pasar el día. Me quedé leyendo y, al final, nos quedamos hasta las cinco cuando vino un amigo. Le habían regalado un pez bastante grande y fuimos a cocinarlo en un restaurante próximo de su familia. Suerte que lo comimos en aquel momento. Después, nuestro amigo nos invitó a su casa, situada en una loma, en una colina que da a la calle principal. Desde allí se ve todo Canoa. Hacia las seis y media de la noche, los tres estábamos admirando aquel magnífico paisaje. De repente, Miguel vio una estrella fugaz y me incorporé buscándola. Me fijé rápidamente y al ver cómo se escapaba entre las nubes, empecé a notar uno ligero temblor. Los movimientos se hicieron más intensos y ellos dos empezaron a llamar «temblor». Sabían como reaccionar, aunque el terremoto que habían vivido tuvo lugar hace 18 años.

—Qué hizo?
—Gritaban para que me lanzara a tierra, pero me quedé sentada, no podía reaccionar. Suerte que me estiraron hacia tierra. El movimiento era como el de una lavadora. Al primer momento, me pensaba que era el fin del mundo. Tengo que confesar que tenía miedo de olvidar los detalles de los hechos por el paso de los días, pero no ha sido así. Cada día cierro los ojos y revivo este momento. No se olvida. Diría que la sacudida duró menos de un minuto, pero se hizo eterno.

—Todo se detuvo.
—Nos cayeron algunos objetos, pero no nos hicimos daños importantes. Nos levantamos y pasamos de admirar el fantástico pueblo de Canoa y el mar, a ver cómo se hacía polvo. Entonces, ellos sólo querían encontrar a su familia. Salimos corriendo en direcciones diferentes. Bien, intenté seguir a Miguel, pero no pude porque me temblaba todo. Finalmente, encontramos a su madre viva. Para llegar a nuestra casa tuvimos que pasar por un parque, que fue el punto más trágico, en el cual sólo podías oír gritos. En aquellos momentos casi no veías nada, sólo pensabas en correr y huir. Creo que vi a una madre y una niña, sangrante. Yo sólo pensaba en recuperar mi perra, pero al llegar a casa, sólo había la fachada de empeus, el resto había caído. El siguiente paso era encontrar a la familia de su hermano. Para conseguirlo, teníamos que cruzar un puente que se había resquebrajado. Cerré los ojos y pasamos. La casa de ellos estaba destruida, pero por suerte, encontramos a toda su familia encima de una montaña. De hecho, había alerta de tsunami, pero no lo sabíamos. Como ya era tarde, todo era oscuro, pero ente trobavem a encima de la montaña viendo cómo se incendiaba Canoa. Varias bombonas de gas explotaron.

—Hubo réplicas?
—Sí, y el epicentro todavía era más próximo. Nos quedamos tres días en aquella montaña, pero Miguel y su hermano bajaron a buscar agua, alimentos y ropa. Cuando bajamos al pueblo nos avisaron de la alerta de tsunami, a la vez que se repetían los terremotos. La gente, sin embargo, se resignaba a morir. No querían correr más. Subimos en una colina y estuvimos dos semanas, mirando al mar y esperando la ola. Esta, sin embargo, no llegó.

—Llegaban ayudas?
—Acto seguido, nos establecimos en otra colina, en un campamento donde empezaron a llegar ayudas. Desde entonces, la familia de Miguel vive allí, entre entoldados y plásticos.

—Cuándo tomó la decisión de volver?
—Yo no quería volver porque allí había mucho trabajo por hacer. Pero cada vez que hablaba con mi madre, se me rompía el corazón. Llegué el jueves de hace dos semanas y estamos agilizando los trámites para que pueda venir Miguel. De momento, varias familias hemos iniciado la recogida de material para los afectados del terremoto.
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