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Imatge d'ahir al matí al pis, tots els mobles han estat recollits de la brossa pel marit.

«Hemos ocupado por pura necesidad, no podemos vivir con 200 euros en el mes»

Imatge d'ahir al matí al pis, tots els mobles han estat recollits de la brossa pel marit.

«Hemos ocupado por pura necesidad, no podemos vivir con 200 euros en el mes»

Una pareja con un hijo de 17 años y un bebé de 3 meses, al no poder pagar el alquiler y verse en la calle, entra en el piso de un banco

Actualizada 13/07/2017 a las 20:54

«No somos delincuentes, no somos unos muertos de hambre, ni queremos vivir de gorronear. Hemos ocupado este piso por pura necesidad, era el último recurso. Ya nos lo habíamos llegado a plantear antes, pero intentábamos seguir viviendo como todo el mundo: pagando un alquiler y todas nuestras necesidades, de la forma más correcta posible». Quien habla es Ester, de 38 años, madre de un chico de 17, José, y de una niña de 3 meses, Agar. Su marido, Ibrahim de 28 años es, en estos momentos, el único que lleva dinero a casa. «Al mes, entran, como máximo, 600 euros y nuestro alquiler era de 400. Nos quedaban unos 200 euros. Con eso teníamos que pagar la luz, el agua, la comida, los pañales...», relata la reusense.

Por si fuera poco, el arrendatario del piso de la calle Eugeni Mata donde vivían, como no disponía Ibrahim de una nómina fija, pedía a los inquilinos que le efectuaran el pago de las seis mensualidades del contrato –2.400 euros– por adelantado y de golpe. En un principio, lo pudieron cumplir, pero para no perder el techo empezaron a dejar de pagar el agua y la luz, hasta acumular una deuda de cerca de 900 euros. Por suerte, se pudieron acoger al protocolo de la pobreza energética y en ningún momento se los le cortó. «El contrato de alquiler se nos acababa el día 1 de este mes, hablamos con el propietario para explicarle que no habíamos sido capaces de juntar el dinero para los siguientes seis meses y le preguntamos si lo podíamos ir pagando mas a mes», explica Ester. El arrendatario lo desestimó, así que tuvieron que hacer las maletas.

«Hasta el día 1, éramos una familia normal y corriente, yo hacía de ama de casa, cuidaba y amamantaba al bebé y él trabajaba», recuerda la joven. Sin embargo, desde entonces el panorama ha cambiado radicalmente: el miércoles de la semana pasada, cuatro días después del fin del contrato de alquiler, entraban de madrugada en un piso del Banco Sabadell gestionado por la filial inmobiliaria Solvia, de una calle del barrio de Horts de Miró.

«Todos los muebles y cosas que tenemos en esta casa los hemos sacado de la basura, incluso el televisor,» refiere Ester. Ibrahim, que se dedica a trabajar de lo que le va surgiendo, recorre diariamente los contenedores de Reus en busca de chatarra para vender al peso.

La furgoneta y la internet, claves 
La joya más preciada de la familia es la furgoneta, en la cual consiguen pedidos para hacer pequeñas mudanzas. Precisamente, para poder darle salida al ofrecimiento del servicio, han instalado Internet en el hogar que han ocupado. No se trata de un capricho, asevera la mujer: «Vivimos de eso, es la única forma que tenemos que le lleguen encargos, poniendo anuncios gratuitos en páginas webs». El submnistrament eléctrico lo tienen pinchado, pero el agua no. Es el marido quien cada dos días tiene que bajar a una fuente de un parque público de la zona con varios bidones de 20 litros para abastecer el hogar.

Ibrahim es un hombre de pocas palabras, pero su mirada lo dice todo. El hecho de verse ocupando un piso y, en estas condiciones, también le ha acabado afectando emocionalmente.

Cada quince días, tiene que ir a buscar el paquete de alimentos de emergencia social y su mujer le pide que esté fuera de casa el menor tiempo posible, ya que ella lo pasa mal cuando se queda sola con los niños: «Cada vez que suena el timbre, me asusto. No sabes quién llamará a la puerta, pienso que igual vienen a echarnos. Tengo miedo de vernos en la calle y teniendo que dormir en la furgoneta. ¿El niño, con casi 18 años ya es mayor y se puede adaptar a las circunstancias, pero y con el bebé cómo me lo haría?», reflexiona la chica.

Con respecto a los vecinos de la escalera donde ahora viven, hay disparidad de posturas. Algunos se han interesado en ayudarlos y otros intentan que se marchen. «Una vecina me dijo que se tenía que marchar porque este piso no está en condiciones y que no se puede vivir allí. Yo le respondí que en todo caso, eso es una cosa que tendríamos que decidir nosotros. Lo primero que hice al llegar, fue ponerme a limpiarlo», garantiza Ester.

El matrimonio asegura que no quiere causar ningún tipo de molestia a ninguno de los residentes del bloque, lo único que han buscado en este lugar es un techo donde seguir haciendo una vida familiar lo más normal posible.

«Lo único que nos pasa es que no tenemos bastante dinero para poder acceder a un alquiler. Son caros y te piden sueldos fijos. Sólo queremos tener una vivienda digna que podamos pagar, nada más», dice la chica.

Pendientes de un alquiler social
En los ocho días que llevan en el piso, sorprendentemente, quien mejor se ha portado con ellos ha sido el agente de la entidad bancaria que los visitó al recibir la alerta de la ocupación.

«Nos dijo que haría un informe de la situación y que intentarían negociarnos un alquiler social, aunque no sabemos si en este piso o en otro y sin poner una fecha. El hombre nos trató muy bien, algunos vecinos se le fueron a quejarse de nosotros y te puedo decir que incluso nos defendió» agradece Ester, quien aprovecha esta entrevista con Diari Més para pedir a quien sea, un trabajo fijo para su hombre, Ibrahim, para volver a levantar el vuelo de nuevo.
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